Alfredo Scalisi


Mi padre, un santo

06/11/2020

Fue hace mucho tiempo, quizá demasiado. Cada año por estas fechas toda la familia nos levantábamos temprano, nos abrigábamos bien y portando nuestros ramos de flores nos dirigíamos al cementerio  dispuestos a realizar la ofrenda a nuestros familiares difuntos. Era impresionante recorrer aquella carretera central del camposanto de San José repleta de personas que llevaban en sus manos flores de diferentes colores que, más que evocar la tristeza que provocan estos lugares tan lúgubres, lo reconvertían en un espacio de celebración. Y buscábamos la tumba de mis abuelos y, con un fervor que no volvíamos a vivir a lo largo del año, rezábamos un Padrenuestro. El tiempo fue borrando estas visitas de los primeros días de noviembre hasta que llegaron a desaparecer y apenas volvimos a tener contacto con la fugacidad de la vida. Pero este año, desde el verano, gentileza del párkinson, hay una tumba más en el cementerio de Burgos procedente de nuestra familia: mi padre. Esta profunda puñalada que nos ha dado la vida será difícil que cicatrice. Escenas de su existencia aparecen como proyectadas en mi corazón. Su amor paterno, su sacrificio, su disposición… su cara cansada después de toda una jornada de trabajo mientras sacaba dos entradas en el Rex haciéndome pasar una tarde llena de alegría, su sonrisa plena de satisfacción cuando me llevaba al fútbol para ver jugar al gran Juanito, sus desvelos por mi salud, que tanto le hicieron sufrir… Trabajo y familia, a eso dedicó toda su vida, superando momentos difíciles y duros, ya fuera en las nieves suizas o en las madrugadas burgalesas, en las que demostró su gran corazón y entrega. Ni siquiera los ojos negros de su mujer que un día le hicieron cambiar de país pudieron retenerle en este mundo más tiempo. Ya, para nosotros, siempre estará a nuestro lado, sonriendo mientras degusta un plato enorme de espagueti acompañado de vino de la Ribera, cortesía de mis suegros.



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