En este punto de la historia que no está tocando vivir, los expertos no paran de dar consejos sobre cómo se debe afrontar esa nueva etapa que llaman nueva normalidad. La que nadie sabe qué es ni en qué consiste exactamente, pero que todos intuimos que dejará mucho que desear respecto a lo que antes eran nuestras rutinas sociales. 
A mí, personalmente, me cuesta mucho imaginarme todavía en esa fase privilegiada cuando aquí aún estamos a la cola. Cuando todavía organizamos nuestros días en función de a qué hora puedo salir a hacer deporte o pasear, porque a esta otra estoy trabajando, y fin de las alegrías de la jornada. Y claro que, a priori, se me antoja triste, aunque luego un simple rayo de sol te de toda la energía que necesitas para afrontar el día.
Lo que tengo muy claro es que, ya que somos los rezagados, ya que nos ha tocado mirar desde la barrera mientras otros disfrutan de alivios que nosotros anhelamos, solo espero que seamos más listos que ellos. Porque, precisamente ese hecho, que hayamos vivido más de cerca y con más fuerza la pandemia, debería quitarnos la tontuna que se ve en las televisiones y redes sociales, con aglomeraciones en terrazas y gente en las playas haciendo lo que le viene en gana. Imágenes así solo pueden deberse a dos cosas: ignorancia y despreocupación. Bueno, en realidad a tres: también estupidez.
Y si esa es la nueva normalidad, o más bien nueva subnormalidad, ríanse de esa frase tan publicitaria de que esta crisis va a sacar lo mejor de las personas. Imagínense las ansias en el chiringuito, el bar, el restaurante...¡pobres camareros! Me conformo con salir a la calle cuando me apetezca y me venga bien, ver a las personas que quiero y viajar a esos lugares que llevo en el corazón, aunque me toque seguir mirando desde la barrera.



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