RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


En torno al Rey de la Constitución (y final)

01/11/2020

El Rey nuevo quería reinar en 1975, pero sabía que España era una sociedad europea, muy distinta de la autárquica de los años treinta. A nadie interesaba restaurar la República, ni tampoco restaurar la Monarquía del principio monárquico, y menos aún la monarquía del 18 de Julio, sino que el Rey solo podría reinar siendo un rey democrático. Y el Rey optó por eso, incluso prescindiendo de la tradición. Unos días antes de las primeras elecciones democráticas de junio de 1977 hubo una ceremonia discreta en la que D. Juan de Borbón, el heredero según la tradición, renunciaba a la Corona en favor de Don Juan Carlos. El único representante del Estado presente fue el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, uno de los arquitectos de las novedades de la Transición. 
El Rey de la Constitución es un Jefe de Estado neutral, que representa el pluralismo democrático, y que no depende de los partidos políticos. Es un Jefe de Estado neutral, pero que no está neutralizado. Todas sus acciones son políticas, y por eso están sometidas al refrendo de sus actos, de los artículos 56, 64 y 65 de la CE. 
Si la política en democracia es lo que domestica y controla al poder, el Rey hace política, pero una política que se sitúa por encima del poder, que flota como una gota brillante de aceite en la corriente agitada, a veces turbia, de la política partidaria. Ésta es la respuesta a: ¿Para qué sirve el Rey? Pero hay más. El Rey sin poder, pero con auctoritas, el rey neutral, puede hacer cosas que un Jefe de Estado republicano no alcanzará jamás a hacerlas. 
El Rey representa a la nación en una época posnacional, y en la Unión Europea eso significa que la unión necesitará, cada vez más, para progresar, de una conexión con la historia nacional que los reyes simbolizan. El Rey de las monarquías parlamentarias posee la auctoritas, y la auctoritas solo funciona a través de símbolos, que es lo opuesto al poder efectivo, pero la carga simbólica del Rey, en una época que se comunica con símbolos, hace del rey parlamentario más funcional que un Jefe de Estado republicano. 
¿Ejemplos concretos de lo que hablo? Los discursos del Rey al abrir las diferentes legislaturas. Manuel Aragón hace tiempo que señaló que el Rey es el actor más brillante del sistema parlamentario, pero también el menos relevante. Sin embargo, si Felipe VI no hubiera resuelto de manera perfecta las dificultadas inmensas de las últimas legislaturas y las investiduras subsecuentes, nuestros problemas institucionales hubieran sido mayores. Recordemos, por comparación, la actuación de Alcalá Zamora y de Azaña ejerciendo la Jefatura del Estado en situaciones parecidas. 
Pero hay otros ejemplos más significativos de lo que vengo señalando. El Rey nuevo de la Constitución decíamos que era distinto a los reyes europeos. Esto nos ayuda a entender la diferencia con los demás reyes parlamentarios, si reflexionamos lo que ha significado el discurso de Juan Carlos la noche del 23 al 24 de febrero de 1981, deteniendo el golpe de Estado, o el discurso, también televisado, de Felipe VI, del 3 de octubre de 2017, defendiendo la Constitución en Cataluña frente a los intentos separatistas. 
El sentimiento de pertenencia a la nación española brota de la conciencia de pertenecer a un Estado democrático avanzado, y como señaló hace tiempo el filósofo alemán Habermas, cualquier sentimiento nacional que no sea democrático nos enajena de Europa. Y la Monarquía parlamentaria expresa el patriotismo de nuestro tiempo. Habermas habló de patriotismo constitucional para el caso de Alemania, pero nosotros tenemos una historia, con todo, sin las vergüenzas de la alemana. 
En mi opinión, el Rey de la Monarquía parlamentaria es moralmente incompatible con el populismo y es una garantía para que éste no crezca. Aquí nunca habrá un Jefe del Estado extremista como puede suceder en repúblicas hasta ahora ejemplares. 
Las consecuencias de que el Rey democrático de España sea resultado de la Constitución y no de la evolución histórica de las monarquías, me lleva a preguntarme: ¿esa es la causa por la que el Rey español está obligado a la acción institucional permanentemente? El Rey siempre está activo, sabe que es observado, y parece estar respondiendo constantemente a la pregunta: ¿para que sirve el rey? 
Esto nos vuelve a relacionar con el refrendo gubernamental de los actos del Rey, y también dirige la pregunta al Gobierno y demás órganos de la democracia: ¿el Estado de la Monarquía parlamentaria puede dejar solo al Rey, o como mera solución de circunstancias?
Y para terminar, como en El Príncipe de Maquiavelo, hago una propuesta de futuro: la Monarquía, como la Constitución, está en discusión, pero no está en crisis. El Rey Felipe VI está haciendo discretamente una tarea necesaria de adaptación de la Monarquía a estos tiempos difíciles e inciertos. La Reina Doña Leticia es muy importante en esa tarea, pues el futuro de la Monarquía parlamentaria está vinculado a la persona de Leonor, princesa de Asturias.