Habas Contadas

Roberto Peral


Irse de puente

12/10/2020

Pocas cosas tienen el corazón de los españoles tan preso de amores como la carpetovetónica costumbre de irse de puente, práctica que consiste, como todo el mundo sabe, en aprovechar esos fines de semana a los que queda adherido un día feriado (como este que hoy festejamos, dedicado a dar lustre a la hispanidad) para meter a la familia en el coche y huir de la ciudad en la que se reside, a la que se volverá al cabo de tres días estresado, exhausto y ligero de bolsa. Irse de puente nos vuelve locos de contentos, tanto da que nos dirijamos a apretarnos un cochinillo en un asador de Pedraza, a contemplar los campos de lavanda de Brihuega o simplemente a jugar al tute subastado en el pueblo de la suegra. Hasta tal punto nos privan esas vacaciones en miniatura que ni siquiera, tal y como los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto, nos importa en exceso despertar a nuestro paso comentarios no precisamente corteses entre unos lugareños a quienes a lo peor no les apetece que unos forasteros vengan a contagiarles el coronavirus.
Pero, por partidarios que nos mostremos de los puentes, no alcanzaremos nunca la devoción que les profesan los magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, que se cargó el jueves las medidas confinatorias impuestas por el Gobierno en el rompeolas de todas las Españas y ha propiciado la salida en masa de los vecinos de la corte antes de que entrase en vigor el estado de alarma. En esto de disfrutar del puente del Pilar en las calles de Benidorm o en las tabernas de Salamanca aprecian los señores togados de Madrid, acaso atentos a que la ley no degenere en justicia ni llegue a coadyuvar al bienestar común, un derecho que ha de imponerse a las razones de la salud pública, y aun al riesgo de enfermar y perder la vida que se cierne sobre nuestras cabezas. Por eso se apresuraron a echar por tierra unas medidas que sus homólogos de Castilla y León han bendecido para los casos de León y Palencia, y abrieron en el momento justo las vías de salida de la capital a fin de que el virus pudiese propagarse a otros territorios con un mayor desenfado. Qué verán esos señores cuando se miran al espejo cada mañana, es una sensación que a uno no le gustaría experimentar nunca. Aunque a cambio no vuelva a irse de puente en toda su vida.