Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


Miradas

12/10/2020

Ahora que andamos todos enmascarados, hemos perdido la excusa para no mirarnos a los ojos. No hay excusa ni lugar alternativo donde hacerlo. Son los ojos lo único que uno puede ver de las personas con las que se cruza por la calle. Y es curioso porque, solo con esa franja del rostro, es difícil reconocer a alguien, saber quién es una persona en concreto; por eso, en otras circunstancias, la gente ha usado máscaras para ocultar su identidad. Pero, paradójicamente, sucede que, al mismo tiempo, los ojos hablan más que ninguna otra parte del cuerpo de cómo es alguien. Y ahora son la única voz que nos introduce en el alma ajena. 
Así, caminar las calles en estos tiempos inciertos es, por ejemplo, encontrarse con unos ojos negros de mirada penetrante, enmarcados por unas pestañas con rímel del mismo color. Y uno se imagina que su dueña es de esos seres que andan por la vida con paso firme. Después llegan unos ojos azules, de los que parecen no tener fondo, y uno piensa que su propietaria aborda con calma cada circunstancia que se le presenta.
Tal vez esperando un semáforo, la mirada se cruza con otra de tonos marrones y aires inquietos, movimientos rápidos y búsqueda constante; o puede que con unos ojos abiertos como lunas llenas, nacidos para devorar con alegría lo que sea que se ponga delante.
No es descubrir nada hablar de la expresividad de los ojos y el poder de la mirada. La historia del arte está repleta de miradas convertidas en obras maestras y autores rendidos a dos ojos irresistibles. Recuerde, por ejemplo, La joven de la perla, de Vermeer; plantada sobre fondo negro, levemente girada y clavando sus pupilas en el espectador de hace trescientos años y de dentro de cien. Lo mismo se puede decir del cine, especialmente del clásico. Todo lo que se puede ser, soñar, imaginar o desear está en la mirada desafiante de Lauren Bacall, la puramente bella de Ava Gardner, la animal de Marlon Brando o Anna Magnani, la triste de James Dean, la arrebatadora de Sofía Loren o la cristalina de Paul Newman.
Eche una mirada a las miradas, aunque solo sea porque no hay un lugar alternativo donde posarla o porque, como decía Miguel Hernández en esos versos que conocimos en el instituto: «Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,/que son dos hormigueros solitarios».
Salud y alegría.