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María Albilla

María Albilla


La belleza

02/07/2021

En mi cabeza suena ahora mismo el estribillo de la canción homónima de Luis Eduardo Aute: La belleza, la belleza, laaaa bellezaaaaa... Pueden pensar que me voy a poner romántica... Quizá. Lo que les voy a contar es una historia, una biutiful news que he leído esta semana, pero con cierto toque personal. 

Su protagonista es un trabajador griego al que vamos a llamar señor Papadopoulos (nombre ficticio que responde al García de los helenos) y que urdió el que podría haber sido el robo perfecto. El caso es que este hombre sustrajo hace nueve años de la Galería Nacional de Atenas el cuadro de Picasso titulado Cabeza de Mujer.  ¿Por qué? Por pasión, por amor, por  bello, para el deleite, solo por el placer de ver, de mirar, de observar, de paladear cada pincelada en su hogar con un vaso de ouzo fresco en la mano. «Lo hice por pasión al arte», reconoció nuestro hombre cuando fue detenido por la Policía.

Durante meses, Papadopoulos ocultó la pieza en un almacén de su propiedad. Puede que esto ponga sobre la pista de que no fuera para tanto deleite como presumía... pero en mi cabeza queda precioso pensar que cada noche visitaba a esa mujer de singular belleza de la que se enamoró y que se llevó de la galería con guantes de seda, sin dejar rastro y en pocos minutos tras más de seis meses trazando el plan perfecto. Observó y estudió cada rincón del museo en busca de ese rostro apolíneo para él, y desde aquella madrugada del 9 de enero de 2012, no se separarón jamás.

La Policía suponía que la pieza estaba en el país porque no había noticia de ella en el mercado negro, así que empezaron a tirar del hilo. Nuestro Papadopoulos tuvo que huir con aquel amor prohibido, que escondió en un barranco entre arbustos y maleza a unos 50 kilómetros de la capital... Y ahí se terminó su idilio con la mujer, con Picasso y con el arte. Pero para que luego digan que ya no quedan románticos...