Plaza Mayor

Guillermo Arce


El bulevar

23/02/2021

Qué quieren que les diga. Pónganle glorietas, giros o norias de feria que, ay, mi opinión sobre el bulevar ferroviario no va a cambiar y lo siento, por mucho apellido de arquitectos suizos que lo distinga. Sobre plano -hace ya unos cuantos años- todos esperábamos que la salida del tren del casco urbano acabase con las muertes bajo las locomotoras (así fue) y rediseñase la ciudad, uniese su norte y su sur en una avenida llena de vida, integradora, ordenada, ciudadana y como muy chic, de gran capital europea (cosas de los tiempos del boom inmobiliario). No sé, piensen si les sugiere algo de eso ahora, una década después, o más bien ven una circunvalación fría, solitaria y exenta de cualquier pompa arquitectónica.

Burgos ha crecido por donde no les dio la gana a Herzog y De Meuron, afortunadamente, sus bulevares naturales han sido y son los cauces del Arlanzón y del Vena y los burgaleses, como hormigas bien ordenadas, no han dejado de hacer vida en torno al curso del agua y sus parques (La Quinta, La Isla, el Lineal del Vena...). El bulevar ferroviario sigue siendo un atajo de diseño, una vulgar circunvalación interior, que ha dejado vacía la vieja estación de trenes (bueno, la hemos ido llenando de ideas) y también la nueva (hoy por hoy con más goteras que pasajeros). El ferrocarril ha salido de la ciudad y también de las vidas de sus vecinos y va a tener que volar mucho el AVE -si llega un buen día- para que la última parada del bulevar, la estación Rosa Manzano, llegue tan solo a los pies de la vieja terminal a la que sustituye y deje de ser la nada en medio de los campos de cereal. 

En definitiva, póngale glorietas y giros a todas partes y el viejo trazado de la vía se convertirá en una nueva avenida de Castilla y León, de Islas Baleares o de Islas Canarias, por poner algún ejemplo, o una carretera del Cementerio también, donde el mejor negocio que se puede instalar y el único que dará pasta a raudales es un radar de tráfico.



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