LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Mi pantera negra

22/09/2020

Era un leopardo, mi sueño dorado. Cuando recibía en palacio, bajo las sedas del barroco trono, él bostezaba y dejaba a mis invitados maravillados. Mis sueños perversos y morados eran más tiernos: salir por la calle de la capital a pasearlo sin haber desayunado. Los perros chiquitos, esos que manchan la acera y ladran con histérico denuedo eran su bocado preferido, y cómo chillaban sus dueños, más que enfurecidos, espantados, pues luego salían huyendo cuando mi gatito, una vez devorada la ladradora criatura, los miraba y gruñía al ver cómo me increpaban sin respeto.
Nada extraño en este mundo demente de sensatez tantas veces ausente. Basta leer en Blasco Ibáñez lo que fuera moda en su tiempo, cuando relata en «Los nuevos compañeros» su diálogo con un director hotelero de la Costa Azul:
«Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las personas.
Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.
Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda (...)».
El escritor valenciano no vio, como quien esto escribe, pasear un cerdo vietnamita en Manhattan, pero ahora Nueva York somos tantos que parecemos tontos. Hay quien apenas puede alimentarse y nosotros solo pensamos en divertirnos. Blasco Ibáñez describe a los ricos de entonces:
«Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando sobre un hombro o en un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus viajes. Otras tiran de una cadenilla al término de la cual marcha un mono a gatas o se apoya en las manos traseras, irguiendo su cabecita orejona y piramidal sobre la capucha de un hábito hecho con tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva, acarician con la punta de su bastón el gato montés, la zorra, el lobito, la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en otros tiempos el perrillo faldero. (...) El célebre hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que permanecen ocultos en el cuarto del “palace” y obligan a los criados a realizar a toda prisa limpieza de la habitación, si es que no se quedan a la puerta vacilantes y medrosos.»
Leemos en un periódico nacional: «La policía busca una pantera negra perdida en un pueblo de Granada. «He decidido teñir mi leopardo en la peluquería canina, como gran cretino que soy y he sido, y se convertirá en pantera negra para muchos que la «vean» en una noche sin estrellas, para que la busquen y, con su misterio, de ellos ni deje ni huesos ni vestimenta.



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