Que conste que quien empezó fue Óscar Esquivias, que hasta entonces yo ni sabía cómo se llamaba eso de ver caras en los grifos y en los picaportes y en las vetas de madera de las mesas de los bares. Tengo hasta mis favoritas. Algunas, claramente, se descuajeringan del personal y otras son un tanto inquietantes. El caso es que siempre me había pasado, pero desde que el escritor -al que sigo en redes sociales y hasta el infinito y más allá si me lo pide- se dedica a documentar su pareidolia, que así se denomina el asunto de ver caras en objetos, manchas o paisajes, las veo todo el rato y en todas partes.

Mientras me parece adivinar a Trump y su flequillo en algún árbol del Espolón, los rostros de verdad se desdibujan este verano, bajo las mascarillas y las gafas de sol. Yo que me quejaba de la costumbre que algunos y algunas tienen en esta ciudad de hacerse los distraídos para no saludar. Ahora ya pueden ir de incógnito sin provocarse un esguince de cervicales cuando se cruzan con ese conocido al que le niegan los buenos días.

Suponiendo -y en una comprobación visual en cualquier paseo parece que es así- que casi todos hemos asumido que llevar puesta la mascarilla es la unidad mínima de responsabilidad individual que se nos exige para no jugar con nuestra salud y la de los demás, sorprende ver que hay quien sigue empeñado en llevarla en la barbilla o, les juro, lo he visto, tapando nada más el labio inferior, como un amigo que se dejaba allí pegado el papel de fumar mientras liaba un cigarrillo.

La que suscribe apuntó en el calendario el día que dio el último beso, se resigna a no bailar como loca su canción en un concierto y sabe que aún pasará tiempo sin recibir un achuchón de su abuela o para poder celebrar en su pisito el cumpleaños que quedó pendiente hace ya tres meses. Hasta que todo eso vuelva, preferiría ver narices solo en las caras que imagino en las frutas feas y en las tapas de alcantarillas. Al estilo Esquivias.