Plaza Mayor

Belén Delgado


Pintajos y vandalismo

07/09/2020

Vivimos en una sociedad cada vez más tensionada y cabreada. El miedo colectivo al coronavirus sólo ha venido a añadir un eslabón más a la cadena de inseguridades, temores y mala leche que la mayoría tratamos de aplacar con eso que llamamos educación y respeto al prójimo. Una de las manifestaciones más visibles y cutres es el vandalismo urbano. Utilizar cualquier elemento del mobiliario ornamental para darle una patada al sistema. Al igual que en la clonación de franquicias y locales que se repiten, en esto también se parecen hoy día todas las ciudades.
Lo primero que recibe al visitante de Burgos, no importa por dónde acceda, es un pintajo de espray. Todos se parecen. Compiten en ganar el óscar al mal gusto, son ininteligibles y luchan por estampar el más feo posible. Cualquier pared, edificio o persiana, en uso o abandonada, parece condenada a la cicatriz ágrafa. Una costumbre que se practica con una constancia digna de mejor uso. Recuerdo la hermosa tapia de un convento de monjas cercano. Perdí la cuenta de las veces que la congregación llamó a los pintores para que encalaran su muro. Al final tiraron la toalla y dejaron a los ‘pintarrajeros’ que compitieran por ennegrecer su pared. Y así sigue. ¡Qué triunfo!, pensarán ellos.
Gamberros que añaden a su constancia, su arrojo. Ya no les basta con los muros a pie de calle. Escalan a las alturas y lo torpedean todo en una olimpiada del feísmo urbano cuyos objetivos y límites se me escapan. Ahora, completan esos méritos con las prisas que se dan por estar al tanto de cuál es la última aportación urbana para beneficio y disfrute de todos, para dejar su ‘cicatriz’ y ser los primeros de su tribu. Esta vez le ha tocado al nuevo ornamento de La Quinta. Un espacio de disfrute de centenares de caminantes, deportistas, animales de compañía. Todo enmohecido en un noche (la nocturnidad es otra de sus señas de identidad) por el ‘escupitajo’ mental de falsos grafiteros. Hace décadas que el grafiti es un arte de esencia urbana cuando se hace bien y que en muchas ciudades se practica con luz y taquígrafos.
Lo que asola Burgos no solo agrede a la vista. También a nuestros bolsillos, que son los del Ayuntamiento. Cada año nos cuesta un dineral limpiar estos espacios. Como hicieron las monjas, en muchos lugares parece que hemos tirado la toalla. ¿De verdad no se puede hacer nada más que lamentarnos?