Por unos instantes sentí que la vida era normal, me olvidé de que llevaba una mascarilla, me invadió la ilusión que siempre me embarga rodeada de autobuses de equipos ciclistas, la felicidad de ver a niños mirando con ojos encendidos esas bicicletas relucientes, listas para reinar en las rampas de Neila, apareciendo y desapareciendo entre los pinares en las magníficas tomas aéreas de nuestra Costa del Oxígeno. Las sonrisas escondidas detrás de las mascarillas se intuían en los ojos y se transformaban en aplausos hacia esos admirables deportistas que no van a olvidar que volvieron a sentir la bici en Burgos.
Me gustaría dar las gracias a la Diputación y especialmente a los grandes profesionales del Instituto para el Deporte y Juventud por su valentía, y profesionalidad, por apostar por seguir viviendo, por dar vida de nuevo al ciclismo y brindársela a nuestra provincia, por convertirla en el centro de atención, tanto que la Vuelta a Burgos ha llegado a abrir informativos fuera de nuestras fronteras y portadas en nuestro país. 
Con el corazón en un ay vimos cómo el primero y el segundo día cinco corredores no salían por precaución, por contacto días antes con algún positivo a kilómetros de distancia, pero el protocolo era serio, estricto, y muy, muy prudente. No corrieron. A pesar de los negativos previo y posterior. 
Y en ese pelotón que pintaba de colores nuestras carreteras, los ciclistas corrían sin miedo, sin pensar en ese maldito virus que nos tiene viviendo en el alambre y la incertidumbre. Meses después, su preocupación volvía a ser colocar bien al líder, seguir la rueda buena, elegir el momento del ataque, evitar caídas. Ellos y nosotros recuperamos los nervios del ciclismo de toda la vida. Y por si fuera poco siempre recordaremos que con solo 20 años Evenepoel maravilló al mundo en nuestra tierra, en la carrera que nos devolvió el ciclismo y nos sacudió el miedo, aunque fuera solo a ratitos, pero ¡qué ratitos!