Desde la campiña

Carmen Hernando


Pandemia de tareas

19/06/2020

Vaya por delante mi agradecimiento hacia todos los profesores por su impagable y en mi opinión insuficientemente reconocida y retribuida labor en la educación de nuestros hijos. Ser hija de profesores ha contribuido sin duda al cariño y respeto que siento hacia este colectivo.

Dicho esto, lo de las tareas en esta cuarentena ha sido insufrible. Ha habido excepciones, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que durante los últimos tres meses la gran mayoría de padres y alumnos hemos tenido que sumar a la inquietud causada por la pandemia la ansiedad ocasionada por la confusión y el exceso de deberes de nuestros hijos.

Pongámonos en situación: día tras día, los niños y sus padres nos volvíamos locos, en primer lugar, buscando la tarea. Parece increíble pero es así. Cada profesor la enviaba por un canal diferente, de tal manera que uno nunca podía estar seguro de si lo había encontrado todo. Y luego había que hacerla: tengo amigas que me hablaban de puntos y rayas para referirse a notas y pentagramas y otras que han tenido que hacer cursillos nocturnos de álgebra para intentar ayudar a sus hijos, que apenas recibían clases online. Tareas que ocupaban mañana, tarde y noche y que muchos días no dejaban tiempo a los niños ni para distraerse un poco viendo una película o jugando con sus hermanos. Por no hablar de que después había que enviarla (o no; era difícil saberlo con certeza) ¡cada una de una manera!: a través del email, la plataforma de turno, “OneDrive” o “YouTube”; utilizando impresora, escáner, fotos, vídeos… los padres hemos tenido que convertirnos en informáticos de forma acelerada.

¿De verdad era imprescindible añadir este sentimiento de angustia y frustración tanto a niños como a padres precisamente en estos meses de desasosiego y preocupación? Por favor, admirados profesores, sé que esto no ha sido fácil para nadie, pero recapaciten un poco y coordínense mejor para que si se repite, tanto los procedimientos como la carga de trabajo sean más razonables. Piensen que los padres no somos maestros y que muchos, en el tiempo que nos dejaban libre, incluso teníamos que trabajar.

 



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