LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Desayuno con diamantes

05/06/2020

El virus nos ha demostrado una vez más que nuestro respeto a las competencias de los gobiernos occidentales es injustificado. Acudir al confinamiento para frenar la pandemia es más propio de otro siglo que de un ejemplo de modernidad intelectual.

Solo Taiwan y Corea del Sur han demostrado que su confianza en la tecnología y la disciplina individual son el remedio más eficaz. De momento, Suecia persevera en su búsqueda de una inmunidad de grupo, aunque su fracaso en impedir los fallecimientos en las residencias nos da una pista importante. En Occidente, la población cada vez más envejecida y vulnerable, sufrirá terriblemente si tiene otras patologías. Pero no cometamos el error de pensar que los países que no tienen ese segmento poblacional, porque murieron antes, son más eficientes en su lucha contra el virus.

En medio de este caos, el sector petrolero se ha ido al garete por un cúmulo de factores no previstos. El fracking estadounidense rompió el oligopolio de los países productores y dotó de una independencia inesperada a Estados Unidos. Su desarrollo obligó a Rusia y Arabia Saudita a intentar diferentes estrategias para hundir la innovación yanqui. Hasta la fecha, todos sus esfuerzos han sido baldíos pero un diminuto virus ha roto el ciclo de la demanda que ha generado un desplome masivo del consumo. No es que los saudíes no advirtieran a los rusos de la conveniencia de un recorte salvaje de la producción para proteger los precios; más bien demostró que el olfato ruso empieza a no ser tan fino después de tantos años en el poder.

Es pronto para saber cuánto hay de estructural en esta caída y qué porcentaje es simplemente un mero freno temporal. Lo que sí empieza a ser visible es que el sector energético está tan regulado e intervenido por el poder público que ha pasado a ser caro e ineficiente. En Occidente nunca la energía había sido tan elevada para los consumidores grandes y pequeños, ya sea por apuestas gubernativas o celo impositivo.

El calentamiento global ha sido la excusa perfecta para que los políticos decidan por nosotros qué debemos consumir, a qué precio y sin preocuparles nada las garantías en el suministro. Esta actitud conseguirá que Europa se quede sin industria y agravará su dependencia del turismo. Nos hará más vulnerables al preferir una estampa bucólica y fija al dinamismo creativo. De aquí a la paz de las tumbas solo hay un paso.



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