De entrada, hablo de esos a los que casi veo el color de los ojos cuando nos cruzamos -casi nos besamos- en las curvas cerradas de las carreteras burgalesas. Ellos apuran hasta el límite de la cilindrada de su caballo y  yo también, intentando proteger a mi familia del bólido que ha aparecido y desaparecido delante de nuestro coche como una ráfaga al filo de la separación de carriles. Apenas nos separa un metro de la colisión fatal, distancia suficiente para que a estos desaprensivos se les suba la adrenalina al casco y a mí se me dispare la tensión y el cabreo. En una ocasión, ascendiendo el puerto de Piedrasluengas, en la provincia de Palencia, fui testigo de un beso frontal entre una moto y un coche que, afortunadamente, no fue mortal pero que supuso destrozos múltiples y un gran susto para los protagonistas implicados. Me salvé por una curva... 
La mayoría de los moteros que conozco son gente prudente que domina la máquina y las pasiones. Pero cada vez son más, hay mucho novato de fin de semana sobre el asfalto, las cilindradas que manejan son estratosféricas y las carreteras de la provincia, tan sinuosas y bien adornadas de paisajes de ensueño, se están convirtiendo en un Jarama los fines de semana, en una lotería de vidas en riesgo. Mis peores experiencias las he vivido en las carreteras del norte de la provincia, camino a Santander y en Las Merindades, donde estos días son muy habituales las cuadrillas de decenas de motoristas procedentes de todos los lugares imponiendo su ley de velocidad y ruido. Algunos -insisto en que no son todos- se pasan más tiempo en las terrazas de los bares de carretera, presumiendo de cuero y cilindros, que ruteando. A veces, viéndoles tomar esas curvas cerradas o adelantar como si estuviesen jugando a la comba, me surgen dudas de si llevan más cerveza en el estómago que carburante en el depósito. En fin, queda dicho, solo deseo que no les toque esta lotería.    



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