La pandemia que se llevó a Klimty Schiele

Agencias - J. Villahizán (SPC)
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Los dos pintores expresionistas forman parte de los 50 millones de víctimas que dejó la gripe española, una enfermedad que pasó de puntillas sobre un época asolada por la Gran Guerra

La pandemia que se llevó a Klimty Schiele

A pesar de que el arte suele ser sensible a las tragedias humanas, las grandes pandemias que han asolado el planeta en los últimos siglos -como la peste negra en el XIV o la mal llamada gripe española de 1918- han pasado de puntillas por los talleres de los creadores, y eso que muchos de ellos fueron hasta víctimas de aquellos gérmenes. 
Es el caso de Gustav Klimt, quien falleció un 6 de febrero de 1918 por una neumonía que muchos historiadores vinculan a la pandemia del virus Influenza A, que mató a más de 50 millones de personas en todo el mundo. Justo un día después de su fallecimiento, el pintor Egon Schiele, trazó los últimos dibujos de su maestro en  una morgue de Viena con el único fin de dejar constancia del paso de la enfermedad por el cuerpo del modernista.
Esos carboncillos reflejan -con el descarnado estilo expresionista de Schiele- la agonía de su mentor, que murió con 55 años tras contraer una pulmonía en el hospital al que había acudido por una apoplejía.
La pandemia que se llevó a Klimty SchieleLa pandemia que se llevó a Klimty SchieleEse mismo año, Schiele, que con apenas 28 años era ya uno de los artistas más apreciados de su tiempo, comenzó a trabajar en un cuadro titulado Familia, en el que aparecería junto a su mujer y su futuro hijo.
Antes de que pudiera terminar la obra, murió de gripe su esposa Judith, que estaba embarazada de seis meses. Apenas tres días más tarde, el 31 de octubre de 1918, la pandemia también quitó la vida al propio Schiele.
La pieza muestra el cuerpo desnudo y encorvado de Schiele detrás de su mujer, que mira a un lado, mientras un niño se acurruca entre sus pies. La mirada de los tres rebosa melancólica.
La pandemia que se llevó a Klimty SchieleLa pandemia que se llevó a Klimty SchieleFamilia es una de las muchas joyas del museo Belvedere de Viena, que reabrió hace unas semanas parcialmente después de cerrar a mediados de marzo por las restricciones para luchar contra la COVID-19. Las causalidades llevan, un siglo después, a jugar con este tipo de paralelismos.
Los visitantes pueden ver parte de las instalaciones pero tendrán que aguardar al 1 de julio para admirar obras maestras como Judith o El beso de Klimt, así como algunos de los autorretratos más conocidos de Schiele o el mismo Familia.
El Belvedere cuenta con las obras más destacadas de Klimt, que con sus dorados, su pulsión sexual y sus figuras estilizadas y torsionadas sigue siendo unos de los artistas más conocidos del mundo.
El erotismo es un aspecto que une al maestro, que pasó del modernismo a la antesala del expresionismo, y al discípulo, con una estética más sombría que ahondaba en la exploración psicológica del individuo.
Precisamente, el extraño momento que vive el mundo actual a causa de la crisis del coronavirus dan una inusual actualidad a Schiele y Klimt, fallecidos durante la pandemia que hace 100 años acabó con la vida de millones de personas.
La llamada gripe española de 1918 -en realidad surgió en EEUU y sus soldados la llevaron en la I Guerra Mundial a Europa- es la mayor crisis sanitaria sufrida por la humanidad desde la peste negra medieval.
Como fue España el que informó de la pandemia al tratarse de un país neutral durante la contienda, al contrario que otros estados combatientes que impusieron la censura para no desmoralizar a sus tropas, se le dio el nombre de gripe española.
Pese a su devastadora destrucción, Familia es una de las escasísimas obras que testimonian, si bien sin haberlo deseado, la ciega crueldad de esta enfermedad que acabó matando a más personas que la Gran Guerra.
Pero fue mucho más tarde cuando los expertos artísticos reconocieron el simbolismo del cuadro de Schiele, un óleo cargado de una metáfora sobre un trágico suceso y representado por algunas de las víctimas que perecieron  en la misma: un siniestro envuelto en una gran fatalidad.


La censura

Pese a que la gripe española fue un acontecimiento tan dramático, apenas tuvo reflejo en el mundo del arte. «Era un enemigo invisible, era difícil de visualizar y además había una enorme censura», explica Alexander Klee, comisario del Belvedere.
«La mayoría no supo siquiera que la pandemia había sido tan mortal, eso se supo más tarde», sostiene Klee, lo que contrasta con la situación de la COVID-19, en la que el mundo puede seguir minuto a minuto lo que sucede.
De esta forma, la gripe española se recordó más como vivencia personal que como experiencia colectiva, no se vio como un desastre internacional sino como millones de pequeñas tragedias privadas, como la de Schiele.

 

La soledad de un Munch enfermo

Todos los artistas, escritores y creadores de principios del siglo XX padecieron, sufrieron, enfermaron o convivieron de una u otra forma, con la gripe española de 1918.  
Además de Klimt y Schiele, el pintor noruego Edvard Munch, autor de El grito, fue otro de los grandes maestros que legó cuadros relacionados con la enfermedad, una dolencia que le tuvo postrado durante semanas. 
Cuando se recuperó de la gripe, creó Autorretrato con la gripe española y Autorretrato después de la gripe española, ambos de 1919 y conservados en el Museo Munch de Oslo.
En el primero se ve al autor envuelto en una bata, sentado en una silla de mimbre y con la cama deshecha al fondo. Munch realizó este óleo en tonalidades amarillas y ocres para que la sensación de enfermedad y de autoaislamiento envolviesen toda la escena. El creador busca dar una imagen  delicada y frágil de sí mismo y logra el objetivo con creces. 
Poco más tarde, pinta la secuela, en la que se le ve en primer plano y su rostro tiene un tono cetrino que parece reflejar los estragos de la dolencia.
Algunos historiadores sostienen que estas pinturas muestran una depresión posviral, mientras que otros arguyen que Munch era ya propenso a las reflexiones sobre los traumas de la existencia humana.
Pero lo que sí reflejan ambas obras es la soledad de la enfermedad y, al igual que ahora, aunque una pandemia puede ser un fenómeno colectivo, el padecimiento es siempre íntimo y privado, como lo demuestra la soledad de Munch en su alcoba.