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El trigo de ahora produce más y necesita menos fitosanitario

Luis J. Gómez
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Un informe encargado por ANOVE calcula que la mejora en variedades ha logrado aumentar la producción en medio millón de toneladas al año, lo que equivale a sembrar media Rioja

El trigo de ahora produce más y necesita menos fitosanitario

Las estampas que dejaban las llanuras y colinas cerealistas no han cambiado en treinta años. Siguen siendo mosaicos de tierra marrón en otoño, brotes brillantes en invierno, espigas verdes con amapolas en primavera y mantos dorados en verano. Sin embargo, el trigo que se siembra no es el mismo. Ahora es más productivo y necesita menos fitosanitarios. Son algunos de los frutos que está dando el trabajo de mejora vegetal en las variedades del trigo.

El Instituto Cerdá lo ha cuantificado. Desde 1990 a 2017 se han producido en España 14,7 millones de toneladas adicionales de trigo, lo que equivale a unas 523.000 toneladas más anuales. El coordinador del estudio, Luis Inglada, precisa que realmente ese incremento podría estar entre los 15 y los 22 millones de toneladas más en estas tres décadas. Explica que dan esta horquilla porque querían plantear «dos hipótesis para identificar qué parte de esas mejoras son debidas a la obtención vegetal». Ese incremento de productividad se habría traducido en unos ingresos de 2.600 a 4.000 millones en estos treinta años. En la parte laboral, se habrían creado entre 3.400 y 5.200 puestos de trabajo más al año.

La Asociación Nacional de Obtentores Vegetales (ANOVE) ha encargado este estudio para conocer el impacto que tiene el trabajo de mejora vegetal de variedades. ANOVE integra a cerca de 60 empresas y centros de investigación que trabajan para obtener semillas más resistentes y productivas. El director general de ANOVE, Antonio Villarroel, destaca que el caso del trigo es paradigmático, al ser un cultivo clave en la alimentación. A estas compañías españolas se debe que, por ejemplo, en la última década se hayan registrado 128 nuevas variedades de trigo. El informe sobre este cereal ya ha visto la luz, pero también tienen en marcha estudios similares sobre el tomate, el maíz o los arándanos.

Aumentar su productividad es crucial en un país como España, en el que las opciones de aumentar la superficie cultivada son muy escasas, por no decir inexistentes, pues también se requiere proteger determinados espacios naturales y la biodiversidad. Con las variedades anteriores se tendrían que haber ido plantando cada año 186.000 hectáreas más desde 1990 para alcanzar los niveles de producción actuales y eso es la mitad de una región como La Rioja.

Aunque el trigo ocupa en España el 12% de las tierras cultivables, sobre todo en Castilla y León y Castilla-La Mancha, la producción que da no es suficiente para cubrir la demanda. Por eso se compran cada año siete millones de toneladas de trigo procedente del extranjero. Y aquí entra además la última derivada, la de la guerra de Ucrania, pues entre este país y Rusia siembran el 30% del trigo que se comercializa internacionalmente. «No nos podemos permitir el lujo de no intentar sacar todo el potencial posible que tengamos», reivindica Villarroel. «A lo mejor no podemos llegar a ser autosuficientes, pero sí intentar acercarnos a ese objetivo».

En un mundo globalizado no es cuestión baladí. Inglada cree que es motivo suficiente para entender que más de la mitad del presupuesto de la Unión Europea vaya para la PAC. Y apunta que ya China está invirtiendo en comprar terrenos en zonas remotas del planeta.

Por el medio ambiente. Además de incidir en la productividad, la mejora de las variedades del trigo también tienen su impacto positivo en el medio ambiente. El hecho de que haya que importar menos cantidad del extranjero supone un ahorro de los gases de efecto invernadero que se emiten con el transporte. Entre 2005 y 2018 se ha conseguido evitar emisiones adicionales de 473.000 toneladas de dióxido de carbono, que son unas 24.700 al año, algo equivalente a lo que contaminan 14.600 coches.

Las propias cubiertas vegetales de por sí ya son importantes porque funcionan como sumideros de carbono. Pero además estas nuevas variedades de trigo necesitan menos fitosanitarios, lo que implica «ahorrar costes y posibles impactos», como señala Inglada. En concreto, se calcula que se están ahorrando entre 130 y 140 toneladas de fitosanitarios cada año. Inglada apuntó que también se está trabajando en otros campos, por ejemplo, para conseguir un producto con menos gluten o con mejoras en el gluten de manera que el trigo ofrezca una aportación proteínica más relevante.

Pero el reto de cara al futuro estará en la adaptación al cambio climático. «Es especialmente tramposo, pues no es que se vaya elevar la temperatura de forma constante y gradual», apunta Villarroel. Indica que pueden sucederse períodos de sequía, con olas de frío, veranos más calurosos o fases de precipitación intensas. Con ese panorama, avisa de que los cultivos que crecían en un clima más ordenado serán los que más sufran. Señala que hay variedades que se siembran ahora que «no nos van a servir en pocos años». Apuesta, por tanto, por «variedades más resilientes, capaces de adaptarse».

El vicepresidente de ANOVE, Javier de Sebastián, destaca que ya los trigos y cebadas maduran antes y la cosecha se está adelantando una media de unos quince días. «Tenemos que trabajar mucho en la investigación», apunta, «necesitamos cultivos que después de sufrir una agresión, estrés, tengan capacidad de recuperar la capacidad productiva».

Todo parece indicar que las variedades de trigo que habrá que sembrar dentro de otros treinta años serán muy diferentes a las de ahora. Quizá sea necesario para que siga habiendo en España llanuras cerealistas verdes en primavera y doradas en verano.