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Los huérfanos de 'La Atómica'

H.JIMÉNEZ / Trespaderne-Medina
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Muchas empresas de las Merindades y Miranda de Ebro llegaron a tener como principal cliente a la central nuclear y en los 10 años transcurridos desde la puntilla han tenido que adaptarse al bajón de trabajo. Su esperanza es el desmantelamiento

El impacto de aquella puntilla de septiembre del año 2012 no solo se traduce en fríos números. Las consecuencias de la decisión de cierre, concretado pocos meses después y rematado a lo largo de los años siguientes, también se nota en las personas directamente afectadas por el cese de actividad de la central: empleados de Nuclenor o de subcontratas, negocios que vivían al menos parcialmente de Garoña, y empresas cuya facturación dependía en buena medida de ella.

En los buenos tiempos el meandro del río Ebro podía contemplar cada día el fichaje de alrededor de 800 personas. En las temporadas de parada de recarga, cuando se aprovechaba para realizar masivamente trabajos de mantenimiento, el colectivo podía superar los 2.000. En la actualidad, sin embargo, y según datos facilitados por Nuclenor esta misma semana, solo quedan 85 de plantilla propia y 120 de empresas contratistas. Sus ocupaciones se centran en la «vigilancia del combustible gastado almacenado, el mantenimiento de equipos en funcionamiento y tareas preparatorias del desmantelamiento», explica la firma propiedad a partes iguales de Iberdrola y Endesa. 

«La atómica», como la llamaban en sus primeros tiempos en la comarca, sigue siendo un importante centro de trabajo, pero nada que ver con lo que llegó a ser en su momento. Y el entorno lo nota. Lo confirma, por ejemplo, el Hostal José Luis de Trespaderne. En los buenos tiempos, este establecimiento tenía garantizadas alrededor de 200 comidas semanales de visitantes que llegaban al Centro de Interpretación con el que contaba Garoña.

Abel Fernández, en el restaurante del Hostal José Luis, de Trespaderne.Abel Fernández, en el restaurante del Hostal José Luis, de Trespaderne. - Foto: Alberto Rodrigo

Eran turistas que llegaban para conocer cómo funciona una central. Un autobús diario, cuatro días a la semana, acababa comiendo en el establecimiento que regenta Abel Fernández. El Centro de Interpretación cerró tres años antes que la central, en 2009, y en este bar restaurante lo notaron: «Al principio nos afectó mucho. Teníamos una plantilla de entre 17 y 19 personas y ahora somos ocho. No solo era la gente que comía, sino también otros que pernoctaban en el hostal en las paradas de recarga. Después nos hemos mantenido y ahora incluso notamos alguna mejoría con la gente que empieza a venir para el desmantelamiento y que genera más movimiento».

Abel Fernández formó parte del Consistorio de Trespaderne hasta el año 2011 y asegura que el conjunto de la localidad ha notado el parón de la central. «Se nota en el trabajo y en la caída demográfica. Trespaderne tenía 1.200 habitantes y ahora habrá unos 800. Los de las contratas se fueron a su casa, los jóvenes se recolocaron en las centrales de Cofrentes Valencia) o Vandellós (Tarragona) y los que eran más mayores se han prejubilado».

Sin alternativas. Ante el enorme comedor del José Luis, vacío a la espera de la llegada de comensales, explica que la comarca «no tiene empresas que ofrezcan verdaderas alternativas aparte de la construcción y poco más. Además, el envejecimiento provoca que cada vez haya gente mayor, que a su vez demanda más servicios públicos que tampoco tenemos, y sin ellos es muy difícil fijar población».

Ángel González, gerente de Autocares Pachín, junto a su vehículo estacionado en la estación de autobuses de Medina de Pomar. Ángel González, gerente de Autocares Pachín, junto a su vehículo estacionado en la estación de autobuses de Medina de Pomar. - Foto: Alberto Rodrigo

En efecto, basta darse un paseo por las calles de Trespaderne para detectar decenas de establecimientos cerrados. Muchos de ellos bares con carteles de «se vende», «se alquila», con sus escaparates empapelados evidenciando una total falta de actividad. Y se nota que muchos de ellos han ido cayendo en el olvido a lo largo de la última década e incluso unos pocos años antes.

Situada unos kilómetros más al norte, Medina de Pomar fue durante muchos años junto a Miranda de Ebro la gran referencia residencial para los trabajadores de la central nuclear. Desde allí parten los autocares de la empresa Pachín que transportan a los turnos de trabajo diarios y a los tres relevos que permiten atender la central 24 horas al día 365 días al año, porque allí la vigilancia de la seguridad se cuida como si Garoña siguiera funcionando.

Ángel Santamaría, gerente de Autocares Pachín, espera a las 14,20 horas a los trabajadores que este día va a llevar a la central. Esta vez son solamente dos, que salen uniformados con los trajes de sus subcontratas que se ocupan de la seguridad, el control y el servicio contra incendios. «Antes teníamos dos autobuses y ahora solo necesitamos uno, y los relevos los hacemos con un microbús. Nuclenor tiene menos empleados y por tanto menos frecuencias, pero seguimos trabajando con ellos», explica. En los momentos álgidos, lo que hoy se hace con un microbús necesitaba cuatro vehículos: dos taxis y dos furgonetas, que también salían de la estación de autobuses de Medina. 

El apagón de la central «ha supuesto un palo económico a la zona, quieras que no había alrededor de 100 familias que directamente vivían de Nuclenor y que, si no se han recolocado en otros sitios, se han jubilado», reflexiona Santamaría, que mantiene una postura crítica con la decisión de cerrar una instalación que ya estaba en funcionamiento sin tener garantizadas otras fuentes de generación de energía.

En su ruta hacia Garoña, los autocares de Pachín pasan cada día por la puerta de Grúas Basurto. Esta empresa comenzó a trabajar para la central nuclear hace cuarenta años, «lo inició mi padre y como empresa familiar allí hemos seguido», explica Álvaro Basurto. En el peor momento de la crisis de la construcción Garoña fue una tabla de salvación, porque tuvo que adaptarse a las condiciones de seguridad que se impusieron tras el accidente de Fukushima y tuvieron «una carga de trabajo importante». Sin embargo, los multimillonarios costes e impuestos de esa misma adaptación acabó derivando en la decisión del apagón.

«Ahora hacemos mantenimientos de obra civil, pero de las 35 o 40 personas que en su día pudimos tener en la central ahora son suficientes con cuatro, y trabajando esporádicamente», comenta Basurto, con la vista ya puesta en los futuros trabajos de desmantelamiento: «Nuclenor procuraba cuidar a las empresas del entorno y Enresa no tiene ese apego a la zona, pero todo está por ver», concluye.

Mirando al futuro. Porque respecto al presente y futuro de la central no todo es negatividad. El desmantelamiento, un trabajo que podría durar 10 años, generará multitud de empleos en la comarca y esa es la esperanza de muchos de sus vecinos. La alcaldesa de Trespaderne, Ana Isabel López Torre, está convencida de que «volverá a haber trabajo y ya se está notando en las inmobiliarias la llegada de gente que empieza a solicitar pisos de alquiler». En efecto, tal y como confirman desde Nuclenor, aunque no se han dejado de realizar trabajos orientados al desmantelamiento, ya ha empezado a incorporarse personal de Enresa (la empresa pública que se encargará de las tareas y que reemplazará a Nuclenor) con vistas a la transferencia de titularidad.

Ella considera que el descenso demográfico y el envejecimiento de la comarca era un fenómeno prácticamente inevitable «porque la juventud se habría marchado igualmente y no habría tenido oportunidad de trabajar en la central», sobre todo porque la mayoría de la plantilla «era mano de obra sin cualificar y quien realiza unos estudios se acaba yendo, mientras que otra gran parte se ha jubilado o prejubilado y esto también habría sucedido igualmente».

Paradójicamente, será la destrucción de la gran mole de la central nuclear la que pueda generar decenas de empleos para la generación actual. Pero eso no llegará como muy pronto hasta el año que viene y será otra historia.