El cine sí hace justicia con los mártires de El Salvador

R. PÉREZ BARREDO
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Llegaron de noche, dirigida por Imanol Uribe y protagonizada por Juana Acosta, Karra Elejalde y Carmelo Gómez, narra la historia de la matanza en la que murió el burgalés Amando López

Instante de la película que recrea la matanza. - Foto: Camila Trejos

"Eran las mejores personas del mundo", asegura en el enésimo interrogatorio una desesperada Juana Acosta, brillante en el papel de Lucía Barrera de Cerna, la única testigo de los asesinatos de los jesuitas españoles en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, en El Salvador. Sobre este personaje esencial en la historia del ominoso crimen que terminó con la vida del religioso burgalés Amando López Quintana y sus compañeros Ignacio Ellacuría, Joaquín López López, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró y Juan Ramón Moreno en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, conocida como la UCA, gravita la recién estrenada película del director vasco-salvadoreño Imanol Uribe. Ya existía una novela sobre tan triste y oscuro episodio, Noviembre, de Jorge Galán. Espléndida. Faltaba la película.

A partir de Lucía Barrera, empleada de la UCA, el cineasta monta el filme. Aquella madrugada, ella vio a los asesinos: eran militares. Esto es, cumplían órdenes del gobierno presidido por Alfredo Cristiani, quien quiso hacer creer al mundo entero que los crímenes habían sido obra del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Tal vez hubiera colado la mentira, porque El Salvador se desangraba en una espiral de violencia brutal, con balaceras como banda sonora cotidiana, con la muerte campando a sus anchas entre el horror, la miseria y el olvido. Pero Lucía Barrera lo vio todo. Y la película cuenta la odisea que esta mujer, su marido y su hija tuvieron que vivir por querer contar la verdad. Fue la suya una experiencia traumática: fueron puestos a salvo en Miami, pero lejos de recibir allí la ayuda de EEUU, vivieron en sus carnes la complicidad existente entre los norteamericanos (FBI mediante) y el gobierno salvadoreño.

Los interrogatorios a los que fueron sometidos llegaron a tales límites de dureza, presión y acoso que, finalmente, provocaron que Lucía reculara y no diera su testimonio, yéndose de rositas el gobierno salvadoreño. La película hace saltos en el tiempo: de los días de Miami a los previos a los asesinatos. Y a la noche de marras. Porque llegaron de noche, como premonitoriamente había manifestado el padre Ellacuría. "Si vienen de día, serán los guerrilleros; si vienen de noche, será el ejército", había dicho días antes el entonces rector de la UCA. Acertó de pleno. Fue de noche, casi madrugada. El campus de la universidad católica estaba en silencio, sólo roto por el eco de los disparos, algo habitual en aquellos días de fuego en San Salvador. Los jesuitas se hallaban descansando en sus habitaciones. Algunos dormían. No lo hacía Ignacio Ellacuría, que percibió ruidos extraños, pisadas marciales, golpes que se escuchanban con sonoridad amenazante en pasillos y estancias de la casa.

Tal vez supo que había llegado la hora. La UCA era un remanso de paz, libertad, justicia y defensa de los derechos de los débiles. Y estaba en el punto de mira de quienes libraban aquella guerra. De todos. Ellacuría salió de su habitación, y al cabo se le unieron los demás: Amando, Joaquín, Segundo , Ignacio, Juan Ramón. Ellacuría mantuvo la calma. Trató de hablar con quienes habían invadido el campus, que eran muchos y vestían ropas militares. No hubo nada que hacer: fueron obligados a salir al jardín y a arrodillarse. Es una de las imágenes más impactantes de la película: allí, de rodillas, mirándose unos a otros, los jesuitas rezan el padrenuestro al unísono antes de que los disparos los silencien para siempre. Los militares también mataron a dos mujeres que vivían en el campus, encargadas de la intendencia: Julia Elba Ramos, y su hija Celina. Después todo fue oscuridad y silencio.

Los asesinos no sabían que a pocos metros de allí, en otras dependencias, se alojaba Lucía con su marido y la hija de ambos. En esa estancia estuvo hospedado dos meses antes de la matanza, y dos meses después, otro jesuita burgalés, Manolo Plaza, desde hace años director del Centro Ignacio Ellacuría de Burgos. El visionado de la película le ha removido por dentro a este hombre que es como un abrazo cálido. "La película está bien hecha. Me costó ver a 'Llacu' y a los demás con otras caras físicas, se me hizo raro. Pero me ha gustado. Yo he estado durmiendo en la habitación en la que Lucía lo vio todo, y conozco bien esas estancias, esos pasillos. Cuando volví, dos meses después de la matanza, aún había sangre en las paredes".

Destaca Plaza el gran papel de la actriz que da vida a Lucía. Y lo bien armado que está el relato en el sentido de la denuncia que se hace de cuanto aconteció. "Esa manipulación de los americanos... Está bien narrado. No hay que olvidar algo que no sale en la película: que la embajada española no quiso hacerse cargo del asunto. Fueron los franceses los que facilitaron la salida de Lucía del país hacia Estados Unidos. Creo que el planteamiento de la película está bien hecho. Y la información que en ella se maneja es muy seria, y de primera mano.

de la justicia real. Más de treinta años después, en 2020, la Audiencia Nacional condenó al ex coronel Inocente Orlando Montano, a la sazón ex viceministro de Seguridad de El Salvador, a la pena de 133 años, 4 meses y 5 días de prisión al considerarlo responsable del diseño y ejecución del violento plan para acabar con los jesuitas. La sentencia consideró probado que los asesinatos fue urdidos, planeados, acordados y ordenados por los miembros del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, órgano al que pertenecía y del que formaba parte Montano, "quien participó en la decisión y junto a otros cuatro miembros de dicho Alto Mando, transmitió la orden de realizar las ejecuciones".

Esta sentencia fue ratificada por el Tribunal Supremo el año pasado, desestimando así el recurso presentado por la defensa del acusado. "Al ver amenazada su situación de poder y de control ante la ofensiva desarrollada en noviembre de 1989 por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FLMN), el Alto Mando decidió ejecutar a Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad y quien de forma más intensa intentaba llevar a las dos partes en conflicto a la paz, mediante el diálogo y la negociación. Siguiendo un plan preconcebido, dieron la orden directa, personal y ejecutiva al coronel Guillermo Benavides -único condenado en El Salvador- de ejecutar al jesuita 'sin dejar testigos vivos de ello', y pusieron bajo su mando a cuarenta soldados del batallón de élite Atlacatl, entrenados por el ejército de los Estados Unidos". Fue, subrayó el Supremo, una decisión "tan grave" como la de "ejecutar con el propio instrumento de seguridad del Estado", es decir, se adoptó "desde el poder establecido y utilizando 'las armas del poder' frente a unas víctimas absolutamente indefensas a las que matan por unos teóricos ideales que tenían, y/o relacionándolos con movimientos de resistencia pública" y que "nada pudieron hacer para defenderse".