La generación de la ilusión

R. Pérez Barredo
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La generación de la ilusión - Foto: Patricia González

Diez representantes de la primera corporación municipal elegida democráticamente tras la dictadura recuerdan aquellas horas históricas, marcadas por el entusiasmo, el diálogo y las ganas de trabajar para cambiar los designios de la ciudad

No les alcanza para la mayoría absoluta, pero a fe que rayarían a gran altura si hoy recayera sobre ellos la responsabilidad de gobernar la ciudad. Acreditan experiencia, audacia y una indudable vocación de servicio público. No en vano hace cuarenta años fueron elegidos para cambiar Burgos, una urbe aletargada, eternizada en blanco y negro tras décadas de estéril y ominosa dictadura; para cambiarla desde la libertad, el compromiso y un rico debate de ideas, desde la lealtad a un objetivo común: conseguir una ciudad más habitable; devolvérsela a sus legítimos dueños, los ciudadanos. Los saludos son cariñosos y hasta efusivos, aunque entre ellos haya mediado un océano de tiempo. Es un primer síntoma, revelador de lo que fue aquella experiencia para casi todos ellos, novatos, pioneros en la tarea de ejercer esa entonces casi entelequia cuyo nombre poseía una resonancia mágica: se llamaba democracia. 


Pronto afloran los recuerdos, las risas, las bromas, y se establece casi instantáneamente una complicidad sincera, cultivada en aquel lejano 1979, con la libertad aún balbuceante en una ciudad y un país que hubiesen encajado de maravilla en el arranque de ‘Cien años de soledad’: El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Han sido diez los representantes de la primera corporación municipal de la recobrada democracia los que respondieron a la convocatoria realizada por este periódico; doce de los veintisiete ya no están entre nosotros y el resto ha disculpado su presencia por diversos motivos.


José María Peña San Martín, alcalde electo hace cuarenta años, se sienta en el sillón reservado al regidor en el salón de plenos como si nunca hubiese dejado de hacerlo, entre bromas y veras de los demás, que van ocupando no sin evocaciones nostálgicas los sillones que en aquel entonces les fueron asignados. «Tú eras un peleas», le dice Peña a Constantino Rubio, que le da la razón exhibiendo una sonrisa franca. Representan a UCD, partido ganador de las elecciones, el citado Peña, Carmen Santos de Quevedo, Miguel Vallecillo y Víctor Martínez; por Coalición Democrática, Lucía Eroles y Enrique Plaza; por el PSOE, Luis Escribano, Antonio García, Alberto Hoyos y Constantino Rubio. Cuando comienzan a hacer memoria la palabra más repetida es ilusión, si bien hay otras más solemnes que, tratándose de política, constituyen hoy, en estas horas tan ruidosas, una rareza, amén de una necesidad: diálogo, acuerdo, consenso... «Fue un comienzo fenomenal. Éramos todos amigos. No habíamos vivido la política antes. A mi despacho venían todos estos señores, y los que faltan, como si fuera su casa», explica Peña para intentar retratar el ambiente que se vivió en aquellos primeros días, semanas y meses. No fue Jauja, claro: «Luego queríamos sacar nosotros nuestras cosas, los otros otras, ya se sabe. Pero bueno, en los asuntos importantes estuvimos de acuerdo. ¡Hasta comimos todos juntos el día de Nochebuena!», exclama para subrayar el buen ambiente que reinó en general al margen de los arduos debates (que los hubo) y las diferencias ideológicas entre unos y otros. «Fue una muy buena legislatura, lo recuerdo con cariño», apostilla Peña. 


A pesar del impacto emocional, el socialista Luis Escribano tiene sentimientos encontrados cuando evoca aquel mes de abril. «El que fuera la primera vez que se hicieran elecciones al Ayuntamiento de forma democrática y que nos presentáramos partidos que hasta hacía tres o cuatro años antes eran ilegales, marcaba un periodo histórico nuevo que merece la pena conmemorar y recordar. Creo que teníamos una extraordinaria ilusión y muchísima ignorancia de los problemas municipales. Pretendíamos ser eficaces en la solución de los graves problemas que habíamos detectado. La ilusión era enorme, así como la novedad de compartir, debatir y aprobar o no las cuestiones. En este punto, Peña tercia para señalar que los miembros de la oposición siempre decían que no a casi todo; por el contrario, Escribano asegura que hubo más acuerdos que desacuerdos. (Más información en edición impresa)