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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Expediente X

22/04/2022

Las élites occidentales no han digerido bien la invasión rusa ni la pluralidad informativa. Dirán que les escandalizan las muertes, la destrucción y el nulo respeto al derecho internacional; pero lo que más les ha irritado ha sido la ruptura de su relato de la recuperación. Tras dos años de dolor económico, mutilación social y gusto por acciones gubernamentales expeditivas, parecía que era el momento para desplegar un poco de libertad; sin pasarse, pero abriendo un poco la ventana.

Las dictaduras son torpes en detectar la disidencia interna pero hábiles en observar la gangrena ajena, aunque en ocasiones comentan errores propios de su idiosincrasia política. La primera libertad que desaparece en una sociedad oprimida es la libertad de expresión. El acceso a la información, no digo a la verdad sino a la crítica razonada, es un derecho que garantiza economías prósperas o como mínimo sanas. El cuarto poder comete excesos pero su existencia es el eje de una sociedad libre, sin ella las disfunciones y problemas se extienden.

Podemos deleitarnos en los fallos organizativos del ejército ruso, pero son lógicos cuando se persigue la discrepancia y se estimula la figura del líder. Las democracias no tienen los mejores dirigentes, pero la dispersión del poder es tan grande que impide los errores mayúsculos. Llevamos décadas alejándonos de la tolerancia constructiva y adentrándonos en un mundo de homogeneidad intelectual asfixiante. Basta con escuchar los argumentos de una minoría para intuir cuáles son sus libros de cabecera, aunque sus seguidores solo lean la consigna del tweet recibido.

Occidente lleva décadas alimentando la invasión con su equidistancia política. Hemos dejado que un fanatismo dogmático nos haga vulnerables y carentes de una prudente soberanía energética. Los ecologistas de salón se niegan a reconocer que sus políticas han facilitado una invasión y están distorsionando los costes en el mercado energético.

Los populismos no son respuestas simples a problemas complejos o el alimento de las más bajas pasiones colectivas; su esencia real es creer que un individuo tiene toda la razón y el derecho legítimo para imponer su voluntad. Las monarquías absolutas han sido barridas en Occidente, aunque hubiese habido puntualmente magníficos reyes, al concentrar en un solo personaje los destinos de una nación. Las democracias deben marcar distancias a cualquier país que tenga un formato de gobierno tan endeble y los votantes deberían alejarse de los políticos que les gusta decidir por ellos. Los contrapoderes son indispensables en una sociedad libre.