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Estas cosas solo pasan en la realidad

Carlos Dávila
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Es tal la espantosa situación, que lo prudente sería alertar a los españoles que se otea la próxima embestida de los rompepatrias

El Gobierno está dividido en trozos porque ni en cada uno de los dos sectores hay opiniones homogéneas. - Foto: EUROPA PRESS/I.Infantes. POOL

Española. Me recordaba un colega periodista especialmente ilustrado en literatura hispana, este pensamiento, mejor dicha sentencia de Jorge Luis Borges. O sea, la realidad por encima de la ficción. Viene que ni pintada para la realidad actual, absolutamente incongruente, inexplicable, atrabiliaria de nuestro país. Lo imaginado por cualquier pronosticador con magines está por debajo de todas estas cuestiones que a continuación expongo. 

¿Es ficción o realidad el hecho de que los colaboradores del Rey Felipe VI estén negociando con los republicanos del Gobierno, el transbordo del Rey Juan Carlos desde Dubai a Portugal? ¿Es imaginable que en un régimen democrático asentado una ministra del Ejecutivo acuse al Tribunal Supremo de prevaricación? ¿No es eso como si al Papa, por ejemplo, se le acusara de hereje? ¿No es el Supremo quien dictamina de común sobre el delito de prevaricación? ¿Es previsible en una situación constitucionalmente impecable que un diputado condenado por delincuente se alce contra la presidenta del Parlamento? 

¿No es eso como en el cuento tópico en el que las escopetas disparan contra los cazadores? ¿Es aceptable que en un Gobierno una facción desafíe a la otra? ¿No es esto como si una compañía castrense empezara a fusilar a sus colegas más próximos? ¿Es normal que una vicepresidenta económica de un Ejecutivo desmienta los pésimos augurios de un Banco Central porque, simplemente, le resultan incómodos para su propaganda? ¿No es esto como si en un banco, el consejero delegado denigrara los análisis de su Servicio de Estudios? 

¿Es inteligible que para aprobar unos Presupuestos se le exija al Gobierno que intervenga una compañía como Netflix para que sus películas hablen en catalán? ¿No es esto como si se impusiera a los colegios privados la gratuidad de la enseñanza primaria, algo que quiere ordenar Vox en Madrid? 

¿Es siquiera previsible que un partido de la derecha más extrema, con únicamente el nueve por ciento de los votos, imponga al mayoritario que se cargue cualquier texto pro-LGTBI porque si no se niega a aprobar las Cuentas de la Región?

Este largo capítulo de estrambóticas realidades, las que ahora mismo asolan España, superan la imaginación más fértil, al guionista más atrevido. Uno de ellos, el mejor aventurista de la profecía, tras capitular por cada uno de los sucesos enunciados, terminaría naturalmente con una coda más o menos así: el panorama no aguanta una excentricidad más. Tampoco un tonto; un día se convocará un congreso de memos y habrá que arrendar toda la meseta castellana por que no habrá otro sitio para alojarlos. 

En la actual España, la ministra citada abronca e insulta al Supremo, y la vicepresidenta, ahora convertida en modelo de la Pasarela Cibeles, amenaza con marcharse a algún paraíso soviético, digo yo, si no son debidamente atendidas sus reivindicaciones. Y todo ocurre con el presunto jefe de la cosa (de la Cosa podríamos decir) mirando para otro lado, mientras el país con grietas por aquí y por allá camina directamente a la desintegración. 

Todo esto, a mayor abundamiento, ocurre sin que lo que debería suceder, sucede. Es tal la espantosa situación, que lo prudente sería alertar a los españoles que se otea la próxima embestida de los rompepatrias: a saber, la salida de las prisiones de asesinos tan feroces como García Gaztelu, de alias Chapote, o de Henry Parot, de alias Unai.

Pero no pasa nada y, si pasa, ni siquiera se le saluda. El Gobierno está dividido en trozos porque ni en cada uno de los dos sectores hay opiniones homogéneas. Seguirá luciéndose los miércoles en Moncloa porque lo único que le importa a su gestor, al todavía presidente Sánchez, es seguir sentado en su palacio.

Basura judicial

El presidente prepara, además, la terrible decisión de traerse a Don Juan Carlos del desierto de Dubai y aposentarle, como a su padre, Don Juan, en el exilio del Atlántico luso, en Estoril, donde el Emérito, que va a salir impune de toda la basura judicial que se ha echado sobre él, transcurrió los primeros de años de su vida. 

Claro está que, para que todo parezca aún más absurdo, en esta peripecia que cocinan Sánchez y su tribu de resentidos, parece estar colaborando la Casa del Rey, que ya se equivocó mandando a nuestro anterior Jefe del Estado solo al destierro y que ahora pretende tenerle a tiro en Cascais para impedir que, de nuevo, se desmande. 

Y a todo esto, se suele preguntar a los cronistas, ¿qué tiene que pasar para que España regrese no al invento cursi y falaz de la nueva normalidad, sino a la normalidad pura y seca? Pues, por dentro, que nadie se haga ilusiones. 

Este Gobierno no se va a quebrar. Una de sus artilleras, Yolanda Díaz está encantada de haberse conocido, de haber arrumbado los andrajos con los que se arropaba de las lluvias de Compostela y de haberlos cambiado por la última moda del mejor barrio de Madrid. 

¿A dónde va a ir que mejor esté? Toda su eclosión publicitaria (hasta el gurucillo Redondo canta sus glorias) no es más que un bla, bla, bla demagógico encaminado a hacerse un hueco en la plaza, un hueco que está logrando a base de encandilar a los estúpidos analistas que ya le describen, sin pudor, como la mentora de la gran izquierda universal, y de erosionar hasta dejarlo en bragas al Gobierno del que forma parte. Esta señora no volverá a Galicia donde, por cierto, la conocen muy bien, la repudiaron en las últimas elecciones, y no la quieren ni ver otra vez por el Obradoiro.

La realidad de ahora mismo es así de terca: elecciones lo más tarde posible, mientras Sánchez realiza discursos horteras. Sánchez  trata de disimular los pronósticos aterradores que nos vienen de fuera: continuación de la pandemia con otras mutantes, desabastecimiento general (lo ha advertido ya el Gobierno de Austria que no es precisamente el colmo del ingenio fatídico), un país cuarteado en el que pululan como héroes los criminales más abyectos y mandan gentes como la tal Ione Belarra que ya, a estas horas, debería permanecer a buen recaudo. 

 

Hibernada

Todas estas cosas son la realidad del momento en esta España hibernada, que ni apaga todavía la luz pese a pagarla a precio de caviar, que ya no puede llenar los depósitos de sus automóviles, y que contempla como el Mal absoluto predomina sobre el Bien humano. ¿Recuerdan aquello del cronista Jacinto Miquelarena? Pues se lanzó bajo el Metro de París y se le encontró en el bolsillo de su gabán un papel en el que dejó escrita su herencia en forma de queja y también de aviso. «¡Qué país, que pasaje y qué paisanaje!» Pues eso.