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Un incómodo momento de inferioridad

Diego Izco (SPC)
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En esa pugna buscada entre la Premier y la Liga, los ingleses se escapan:20 victorias en 28 partidos... 13 en 33 para los equipos españoles ] El City, único favorito que se mantiene

Un incómodo momento de inferioridad - Foto: AFP7 vía Europa Press

En los tiempos de las 'vacas gordas' (cuando Messi y Cristiano marcaban la agenda) nos gustaba levantar la cabeza: mirábamos por encima del hombro a otras Ligas... principalmente la inglesa, esa que se jactaba de ser «la mejor del mundo». Enseñábamos los títulos para decirles que no. Ellos mostraban los millones que ingresaban, la forma equilibrada en que los repartían, las asistencias a los estadios, etcétera. En estos tiempos de relativas 'vacas flacas', LaLiga Santander no tiene con qué presumir:incluso un patético Manchester United, un equipo incapaz de jugar un fútbol acorde a su 'plantillón' que debe tirar de un muchachito de 18 años donde no llegan las muchas figuras que posee, es capaz de empatar (con toda la fortuna del mundo) en casa del Atlético. Todo en al aire, porque a partir de este año no se aplica la regla del gol de visitante, pero los números no dejan lugar a la duda: los equipos nacionales han disputado 33 partidos en esta Liga de Campeones para 13 victorias, ocho empates y 12 derrotas. Los de las Islas, 28 partidos: 20 triunfos, cuatro empates y cuatro derrotas.


...y gracias

El tópico 'futbolero' es aquel de «empate... y gracias». A veces, como le sucedió al Real Madrid en París, pueden sustituir «empate» por «derrota corta». Fue un incómodo ejercicio de inferioridad, física y táctica, ante todo lo planteado por el PSG;más concretamente, ante la exuberancia de Mbappé. Él solo ataca en manada. Desesperó a Carvajal, a Lucas y a cuantos centrales fueron saliendo en las ayudas hasta el golpe de gracia en el 94: el 1-0 que obliga al equipo merengue a abrirse en la vuelta, exactamente lo contrario de lo que hizo en París (pocas veces en la historia de la Copa de Europa habrá concedido 22 disparos al adversario), y dejar vía libre para que los parisinos hagan exactamente eso para lo que Mbappé está diseñado y es aún más imparable que para romper defensas cerradas: correr al espacio.  

 

Cambios

De la chapuza del sorteo a la realidad de estas dos semanas ha habido muchos cambios. Siempre los hay. Lo que en diciembre parece una quimera en febrero es una realidad y viceversa: lo que parece equilibrado en febrero está roto. Hay dos ejemplos muy concretos de equipos que han mutado. El Bayern de Múnich se ha desinflado: volaba y ahora parece un gigante pesado. El Salzburgo le sacó los colores hasta que Kingsley Coman, el único que todavía lleva la misma zapatilla ligera que hace dos meses, hizo el empate en el 90. La Juventus era un desguace que se agarraba a la idea defensiva de Allegri para sobrevivir, pero ahora tiene un delantero de 80 millones que debuta en Champions y a los 33 segundos ya ha marcado. Vlahovic vuelve a meter a la 'Vecchia Signora' en las quinielas, ahora que el prestigio de la Serie A estará en sus manos. El Inter sucumbió (0-2) ante el Liverpool. 
El que no presenta cambios es el City. Sigue en 'modo campeón' y seguirá así aunque pierda. Es la escuadra más espectacular del continente, lidera la Premier (la competición más dura, recuerden lo del 20-4-4...) y ya ha puesto los dos pies en cuartos de final tras el 0-5 ante el Sporting de Lisboa. ¿Para qué cambiar lo que funciona?

 

Havertz

Hasta que llegó Lukaku, Kai Havertz era el jugador más caro de la historia del Chelsea, un equipo que firma jugadores caros desde hace mucho tiempo. La presión pudo con el muchacho:ser una pieza de 85 millones  (los que le sacaron de Leverkusen) con apenas 20 años no es sencillo. Como si los 115 pagados por el gigante belga hubiesen actuado como colchón de seguridad mental para el chico («Ni soy el más caro ni el titular indiscutible»), el internacional alemán está recuperando su mejor versión. Esa habilidad impropia de un bigardo de 190 centímetros ha vuelto: ahora los mueve sin la losa de la presión y Tuchel, un entrenador feliz con niños hambrientos en su vestuario, lo aprovecha.