"El anticonceptivo Essure ha robado parte de nuestra salud"

G.G.U.
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"El anticonceptivo Essure ha robado parte de nuestra salud" - Foto: Alberto Rodrigo

Tres mujeres que se pusieron este dispositivo -ya retirado del mercado- que se presentaba como alternativa a la ligadura relatan cómo, tiempo después de quitárselo, siguen teniendo restos en el organismo y muchos dolores

Después de tener a su tercer hijo, Nieves Bujedo decidió que quería hacerse una ligadura de trompas, a pesar de que, en su caso, conllevaba una cesárea por unos problemas de riñón. Entró en lista de espera y, cuando casi llevaba un año, recibió una llamada en la que le explicaron «que estaban poniendo un método nuevo, que era más eficaz y cómodo que la ligadura, porque no requería ingreso ni cirugía: te lo colocaban por vía vaginal y al rato te ibas a casa». Esa fue la primera vez que Bujedo escuchó hablar del anticonceptivo permanente registrado con el nombre de Essure; una especie de muelle milimétrico que se coloca en cada una de las trompas de Falopio, donde provoca una reacción que las obstruye y, por lo tanto, evita el embarazo.
A finales de 2012 se los pusieron y, después de una reacción alérgica evitable, años de dolores y dos intervenciones, sigue teniendo un fragmento en la parte de arriba del útero. Cuando su cuerpo quede libre por fin del anticonceptivo -que la farmacéutica Bayer retiró del mercado en 2017- Bujedo habrá perdido las dos trompas de Falopio, el útero y, quizá, el cuello uterino. «La protección de las hormonas sí la conservamos, porque nos dejan los ovarios», detalla, junto a otras dos residentes en Burgos que también están inmersas en el proceso de retirada de este dispositivo por efectos adversos, Ana Lucía Morales y Elena Salazar.
Estas tres mujeres pertenecen a la plataforma estatal Libres de Essure, que en la provincia está cogiendo forma ahora. «De momento somos doce, pero sabemos que hay más portadoras y queremos que nos conozcan, porque habrá quienes tengan síntomas que no consiguen identificar o que no relacionarán con un tema ginecológico; otras pueden tener restos después de la extracción y no caer en ello porque no conocen la guía de actuación elaborada por la Sociedad Española de Ginecología (SEGO)... Queremos ser visibles para ellas», insisten, matizando que el contacto es importante, aunque solo sea para desahogarse.
El calvario de Bujedo comenzó nada más colocárselo. «Al principio, eran unos dolores horribles de regla, pero entiendes que es un elemento extraño que el organismo intenta rechazar y te vas autoconvenciendo de que cumples años y de que cada vez te sale una cosa diferente», cuenta esta mujer, que entonces rondaba los treinta. Pero al malestar inicial se sumaron menstruaciones cada vez más abundantes y muchos dolores: musculares, articulares, de ovarios, de cabeza... «Pasados tres años, estaba tan mal que concluí que aquello ya no era normal. Parecía que estaba embarazada, de la tripa que tenía», señala Bujedo, en la que se da la particularidad de que antes de la implantación tenía diagnosticada alergia a uno de los materiales del dispositivo: el níquel. «No deberían habérmelo puesto, porque aunque Bayer lo presentaba como de titanio, en el prospecto venía la composición. Y a mí nadie me informó», recalca.
Esta circunstancia, sin embargo, permitió que su proceso de extracción fuera más rápido que el de otras mujeres a quienes los especialistas negaban de continuo la relación entre los síntomas que referían y los Essure. Así, a primeros de febrero de 2017 le practicaron una histeroscopia para retirarlos como se los habían introducido: a través de la vagina. «Con una cámara con bracitos, agarran las anillas del muelle y tiran», dice, destacando que, incluso con sedación parcial, la experiencia «no se olvida».
De esa manera consiguieron sacar un pedazo de uno de los muelles; el de la otra trompa estaba tan incrustado que ni siquiera se veía, así que pasados tres meses le hicieron una cesárea para extraer las trompas y, se supone, el anticonceptivo completo. «De entrada, mejoré. Salí del quirófano sin dolor de cabeza y sin el pitido de oído que tenía desde hacía meses», rememora.
Pero, al cabo de unas semanas, los síntomas volvieron y optó por ir a una empresa privada para hacerse un TAC -ahora los hace la sanidad pública- en el que comprobó que seguía teniendo un trozo de muelle en el cuerno uterino. «Volví al médico y me dijo que, si quería, podía operarme otra vez. Siempre es una opción personal, en función de si puedes aguantar o no», comenta ella, que dos años después de este episodio, ha alcanzado su límite: está pendiente del preoperatorio para que le quiten el útero. Entonces, confía en poder cerrar este capítulo.
El caso de Bujedo no es único. Se calcula que en España hay 80.000 mujeres con Essure y, aunque saben que hay personas «muy contentas», son cientos las que han alegado síntomas adversos y un periplo médico semejante. La Agencia Española del Medicamento ordenó la retirada en agosto de 2017, dado que el fabricante no consiguió el certificado de conformidad por un organismo acreditado y, al cabo de un mes, de hecho,  dejó de venderlo. «Los Essure se han llevado un cacho de nuestra salud y parte de nuestro cuerpo», señalan las protagonistas de este reportaje, que todavía no saben si demandarán  por daños a la farmacéutica. «Siempre te queda la duda», coinciden.
Por ahora, están inmersas en sus propios procesos y en la campaña de divulgación de la plataforma (con la que se puede contactar a través de redes sociales) y de la guía que la SEGO publicó en 2018 para orientar a pacientes y ginecólogos en el complejo proceso de explantación. En el HUBU, de hecho los retira el jefe de Ginecología, Javier Martínez-Guisasola, quien señala que ha quitado «entre cuatro y cinco» dispositivos, sobre los que añade que «no tenemos grandes quejas».