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La vida vuelve a ser una verbena

J.M.P.
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La covid les dejó sin trabajo. Tuvieron que reinventarse o buscarse la vida en otros oficios. Ahora, representantes y orquestas tienen la agenda llena de bolos

César , con una pescadilla de su pescadería, junto a Víctor, con sus cascos, Jorge (rodilla en tierra) y Gaspar y sus baquetas. - Foto: Valdivielso

César Aparicio ya se asomó a las páginas de Diario de Burgos en marzo de 2021. Desde su pescadería, y acompañado por una hermosa merluza, relataba cómo le había cambiado la vida desde que la covid se llevó por delante las verbenas en pueblos, barrios y ciudades. Él llevaba 17 años vinculado al sector de la representación de orquestas y de la noche a la mañana se tuvo que reinventar. Se puso el mandil y se hizo cargo de una pescadería en la carretera de Poza. Nunca había sido pescadero. César, sin embargo, lo tenía muy claro en los momentos más amargos de la pandemia: «Creo que la música nos va a dejar a nosotros antes de que la dejemos a ella».

Han pasado 16 meses desde entonces. Ahora vuelve a posar, en este caso con una pescadilla, pero a diferencia de entonces este año tiene la agenda de Producciones Scanner repleta de bolos para sus orquestas. 

Para la foto y hablar en este reportaje no viene solo. Además de por su pescado, está acompañado por Gaspar Saiz Ortega y Jorge Saiz Alonso, padre e hijo. El progenitor, líder y batería en la orquesta Jaguar, el joven, cantante del grupo. Con ellos también está Víctor Saiz, de Quality Sound, propietario de varias discomóviles, aunque en los últimos dos años se ha tenido que especializar más en la iluminación y el sonido, y no le ha ido nada mal. 

Los cuatro se han tenido que reciclar. Buscarse la vida en nuevos quehaceres después de que la pandemia les dejara sin trabajo y sin los contratos firmados, el 14 de marzo de 2020. César reconoce que lo pasó mal, «jodido, fastidiado. Ves cómo el colchón que tenías acumulado disminuye y no hay ingresos, hasta que tomas la decisión de buscar una alternativa. En ningún momento me había planteado abrir una pescadería». Y eso que a comienzos de 2020 se las prometían muy felices, «era el año que más verbenas habíamos firmado, no solo nosotros, todas las empresas». 

Gaspar estuvo varios meses de secano, hasta que en el verano del año pasado volvieron a sacar la cabeza y a subirse al camión. Jorge, además de dar clases de pilates, ha buscado nuevos retos artísticos en musicales. El último de ellos, un tributo al Rey León que ha producido la Asociación de Teatro Musical de Burgos (Atemub). Víctor, por su parte, ha sabido encontrar nuevos nichos de negocio con su empresa de sonorizaciones. Recuerda, eso sí, que en el primer verano de la covid «trabajé muchísimo para estar sin trabajar». Organizaban eventos, firmaban contratos, que dos días antes se quedaban en papel mojado porque las administraciones suspendían el espectáculo. 

Recuperar la alegría. La crisis sanitaria ha dejado huella en el sector. Han desaparecido muchas orquestas, que no han podido hacer frente a los gastos y las nóminas de sus integrantes. Otras tienen problemas para encontrar personal porque, en muchos casos, los músicos se han buscado la vida en otras profesiones. 

Las que han logrado sobrevivir afrontan un verano como los de antes y los representantes lo notan. «Para mí es mejor, porque los pueblos que hacían dos días meten uno más por haber estado un par de años sin fiestas», afirma César. La orquesta Jaguar ha cerrado 45 bolos, «la previsión que tenía al principio de año, la tenemos hecha», asegura Gaspar. En 2019, el último ejercicio prepandemia, se subieron en 50 ocasiones al escenario. 

No quieren dejar pasar su malestar con el Ayuntamiento de Burgos, que para los Sampedros de este año había programado solo una verbena, el día 24. Festejos incluyó cuatro más a última hora, tras una oleada de críticas. Ellos no entendían ese cambio de criterio respecto a fiestas anteriores, cuando se programaban varias en diferentes barrios de la capital, «Si una verbena es lo más barato que hay. Estamos cuatro horas tocando y lleno todo el rato. La gente que es de calle o de barrio lo entiende rápidamente. Los bares están encantados. Ganan esa noche más que en todo el mes», apunta Gaspar.

¿Y ha cambiado el público en estos dos últimos años? Jorge, el cantante de Jaguar, ha visto desde el escenario las ganas que tenía la gente de volver a bailar al ritmo de su repertorio. «Da igual lo que lleves, la plaza se llena. Había ganas otra vez de fiesta. Eso se nota». También han vuelto los autobuses y las rutas entre pueblo y pueblo para llevar a la chavalería y después poder volver a casa sin problemas.

El oficio, no lo niegan, continúa siendo duro: viajar, montar, cenar donde se pueda y luego varias horas tocando para después desmontar el escenario y dormir unas horas hasta que llegue el momento de viajar al próximo destino. Un sinvivir que les engancha y les mantiene fieles a una máxima: la vida es una verbena.