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La vida de novela del inventor del cine

R.P.B.
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El escritor Víctor Rodríguez narra en El genio olvidado la historia de Mariano Díez Tobar, padre paúl nacido en Tardajos al que se le atribuye ser el principal precursor del cinematógrafo

Portada de la novela de Víctor Rodríguez Herreros sobre Mariano Díez Tobar - Foto: DB

De unos años a esta parte, su nombre ha ido cobrando reconocimiento tras décadas de olvido. El cineasta español Rodrigo Cortés reivindicó recientemente su figura, como unos años antes lo hiciera el libro Borrón de tinta (Editorial Gran Vía). Hace unos días, un afamado programa de televisión le dedicó buena parte de su tiempo, y ahora el escritor Víctor Rodríguez Herreros acaba de dedicarle su ópera prima, El genio olvidado (Célebre editorial). Quizás haya llegado el momento de que la industria del cine reconozca al burgalés Mariano Díez Tobar, natural de Tardajos, como uno de los inventores del cine. O su precursor fundamental. Y que su nombre se inscriba en letras de oro en la historia de los orígenes del Séptimo Arte, junto al de los Lumière. Y es que, además de una vida de novela, la de este padre paúl nacido en 1868 es también una vida de película. Hijo de labradores tardajeños, Mariano fue un niño aplicado, que destacó muy pronto por su inteligencia y brillantez.

Como tantos niños de su tiempo, sólo tuvo una salida para formarse: con religiosos.En 1882 ingresó en el Seminario de Sigüenza y más tarde en el que la congregación de los hermanos paúles tenían en Madrid. Fue allí donde hizo los votos en 1886. El padre Mitxel Olabuenaga, primer biógrafo de este singular burgalés, asegura que "sus años de estudiante fueron aprovechados, sintiendo inclinación especial por las ciencias físicas y matemáticas". En 1890 fue enviado al colegio de Murguía, en Álava, donde continuó estudiando hasta convertirse, a edad bien temprana, poco menos que en un sabio.

Así lo recordó años después uno de sus compañeros: "He conocido pocas sabidurías tan hondas, eruditas y completas como la suya, enciclopédica si las hay. La tenía muy sistematizada, pero su sistema era un poco caótico y confuso. Lo que el mostraba principalmente era erudición en las variadas disciplina, antiguas y modernas, vivía al día en la filosofía y en las ciencias positivas y, sin embargo, poseía la erudición clásica como un sabio del renacimiento. La historia griega, alejandrina y bizantina de la ciencia la poseía como no se encuentra más que en algún sabio alemán". La Real Academia de la Historia incluye al tardajeño en su diccionario de ilustres. E incluye este pasaje: "Ya en 1889, siendo profesor de Ciencias en el colegio de Murguía llama la atención por su genio creativo acerca de la cinematografía. En 1892 pronunciaba una conferencia sobre dicho tema, en la que concedía su permiso para llevar a la práctica el contenido de la misma: El cinematógrafo, descripción del aparato por el que las imágenes de las personas, lo mismo que de las demás cosas, sea que en el acto existan, sea que ya no existan, aparecen al vivo y como si fueran la realidad, con sus colores, movimientos [...] ante nuestra vista".

Pronto su fama franqueó los muros del colegio alavés. "Sus conocimientos en las ciencias positivas le dieron a conocer a los profesores de los Institutos en donde tenían que examinarse los alumnos del Colegio, siendo admirado y aun consultado por algunos de ellos. Enfrascado en sus estudios seguía con afán los adelantos de las ciencias. Sus atinadas reflexiones basadas en profundos conocimientos eran escuchadas con vivo interés", subraya Olabuenaga. Esta afirmación no constituye exageración alguna, como revela la hemeroteca de la época: la revista Mundo Científico recogía a finales del siglo XIX una nota en la que se informaba de una conferencia del religioso burgalés se puede leer: "El conferenciante autoriza con absoluto desinterés a cualquiera de los asistentes (o lectores) para que lleven a la práctica cualquiera de las ideas o conceptos que se encuentren nuevos en sus conferencias. De una de ellas ha salido el cinematógrafo. El ingeniero francés A.Flamereau. asistió en 1889 a la conferencia del Cinematógrafo, e inmediatamente mandó construir en París el aparato. Lumière fue el que hizo las películas... De donde resulta que la cuna del Cinematógrafo no es Francia, ni los Estados Unidos, sino España".

Aquel encuentro con Flamereau fue en Bilbao, según recoge Olabuenaga. Charlaron, según el biógrafo del padre paúl, "de lo que entonces constituía el problema industrial de la fotografía, de las fabulosas ganancias que había de acrecentar la fortuna de los explotadores una vez dada la ansiada solución a la ‘cronofotografía’. Hablaron de la sucesión de las fotografías, no con movimiento continuo, sino con intermitencias o intervalos de reposo, para que, aprovechando la inercia de la retina, quedase tiempo para sucederse unas a otras y producir así la ilusión de movimiento". Se sabe que el burgalés entregó sus apuntes al francés. Y poco más, salvo que Mariano Díez Tobar recibió, años después, "el reconocimiento y la gratitud" de los Lumière, que le invitaron a la primera proyección del cinematógrafo en España.

otros inventos. En Murguía continuó sus estudios y desarrolló más inventos, como el icocinéfono, la aplicación fácil del fonógrafo al cinematógrafo. "Pero nos hemos quedado sin conocer las ideas sobre el icocinéfono por haberlas él destruido o entregado a algún aprovechado", señala Olabuenaga. Trasladado al colegio de Villafranca del Bierzo, en León, Mariano Díez Tobar todavía idearía nuevas creaciones nacidas de su ingenio: una máquina que sacaba de los sonidos armonías; un aparato para conservar el vino; un reloj cuya cuerda era la propia voz del hombre y que duró diez años; un reloj sin cuerdas pero con esfera y que marcaba las horas y minutos no a saltos como los demás relojes, sino de un modo continuo; el iconotelescopio o iconoscopio, que resolvía el problema de ver las imágenes a distancia y que constaba de transmisor (cámara oscura cuyo fondo está formado por una lámina delgada de sulfuro de antimonio y plomo…), receptor (otra cámara obscura cuyo fondo está formado por un cristal blanco…) y regulador sincrónico; y el logautógrafo. "Parte del principio de que es físicamente posible valerse de la energía de la palabra-sonido, para dejarla impresa en el papel. La máquina constará de varios resonadores, tantos cuantos sonidos queremos aprovechar en nuestro lenguaje. Parece ser que, en vida del padre Díez, alguna casa constructora trabajó sobre él y su aplicación a las máquinas de escribir". Mariano Díez Tobar falleció en Madrid en 1926.