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Tocar el cielo en San Esteban

ALMUDENA SANZ
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La apertura de la torre de la iglesia a las visitas, proyecto sin plazos pero a punto para su ejecución, brinda unas vistas inéditas de Burgos y la posibilidad de acercarse a elementos arquitectónicos únicos

La apertura de la torre de San Esteban permitirá disfrutar de una panorámica inédita de la ciudad y su Catedral. - Foto: Luis López Araico

La ciudad rendida a sus pies, grandiosa y abarcable, propia y extraña, a ratos familiar, a ratos una completa desconocida. Las vistas desde el punto más alto de la torre de la iglesia de San Esteban impresionan por su inmensidad y por su detalle. Las cuatro ventanas dobles, en los cuatro puntos cardinales, atraen como un imán a quien pone un pie en este lugar. Y hacerlo será posible. El Museo del Retablo quiere aumentar sus atractivos con su apertura a las visitas. El proyecto sobre el papel está listo. Falta por definir el inicio de la actuación, la financiación y los plazos. 

La aventura comienza cien escalones antes. Una pequeña puerta de madera, casi imperceptible, situada a mano izquierda nada más acceder a la nave central del templo gótico, lanza un chirrido, ¿de alegría? ¿de queja?¿?, antes de dejar al intruso que se pierda por la escalera de caracol que esconde. La oscuridad confunde en los primeros pasos por el husillo hasta que el ojo se acostumbra a ella. Los peldaños apenas han sufrido la erosión del paso del tiempo. 

La claridad anuncia la presencia de un vano. Se trata de una pequeña puerta metálica moderna horadada de agujeritos. Un paso más y el visitante se encuentra a los pies de la torre. A la intemperie. La primera impresión es de vértigo. La segunda, de ohhhhh. La Catedral brinda una primera vista exclusiva, de momento, para pocas miradas. Sus agujas se levantan altivas entre los tejados y sus arbotantes empiezan a atisbarse. Pero aún se muestra recatada, pudorosa con lo que enseña, guarda su grandiosidad para quien alcance el cenit. 

Llegados a este punto, el recorrido se reanuda en el husillo de la torre propiamente dicha, al que se accede por otra puerta metálica, que se ve a pie de calle, aunque solo después de atravesarla y saber de su existencia se reparará en ella. Metidos de nuevo en el tubo que guía hasta la cima, otra puerta más llama la atención. Y al abrirla, los ojos se agrandan sin remedio y hasta aparece un cosquilleo de emoción. El turista se encuentra a punto de ser protagonista de algo único. Será fácil que se quede sin palabras.

Sobrecoge la oportunidad única de tocar el rosetón de la fachada principal de San Esteban, de acariciar su piedra, detenerse en los vidrios de colores que resistieron la embestida de las explosiones de las tropas francesas en el Castillo a finales del siglo XIX, apreciar la sutura realizada por los hermanos Barrio en los vitrales, observar a dos milímetros la inmensidad de esa imponente obra arquitectónica, tan distinta a como se advierte a pie de calle o desde el vecino Castillo. 

«San Esteban tuvo la suerte de estar al lado de la Catedral, con lo que trabajaron en ella grandes maestros, pero el inconveniente de estar al lado del Castillo, con el daño que hicieron las voladuras de las tropas francesas, que se sumaron a los daños que sufrió durante la Guerra de Sucesión al trono de la Beltraneja en el siglo XV», destaca el director del Museo del Retablo, Antonio García Ibeas, al pie de esa virguería, en la que hace apenas dos meses colocaron una malla para impedir que las palomas anidaran. La montaña de palomina que retiraron fue de aúpa. 

El proyecto en principio no contempla pasar por aquí, pero barajan su inclusión. La seguridad en ese punto, con una balconada de piedra hacia la calle de San Esteban que sobrepasa la cintura, apenas requeriría ninguna actuación.

De vuelta al husillo para seguir el ascenso, primera trampa. Una barra cruzada de pared a pared obliga a extremar el cuidado. La cabeza corre peligro. Su eliminación se incluye en el documento de rehabilitación. Sorteado este obstáculo, la subida continúa. Pocos pasos después, un vano desemboca en una sala diáfana con estilizadas ventanas ojivales cerradas que ya ponen los dientes largos sobre lo que aguarda unos metros más arriba. 

García Ibeas explica que el plan contempla habilitar un pequeño espacio de interpretación de esa parte alta de la ciudad, tan cercana al Camino de Santiago, puerta de entrada de mercaderes. 

Se quedan al descubierto allí algunas de las tripas del templo, como la restauración de las bóvedas, que se acometió en 1975, momento de la gran obra de rehabilitación en el inmueble. 

La meta se acerca. Una escaleras después, casi sin tiempo a darse cuenta, el visitante alcanza la cima de la torre. Una sala amplia, austera, cubierta. El viento pasa sin llamar. Se cuela por los cuatro ventanales que ponen la ciudad a los pies de quien se asoma a ellos. Dos con pequeñas campanas que añaden belleza al marco. 

Al sur, la Catedral aflora poderosa, como levitando entre los tejados, en una vista exclusiva para esos ojos privilegiados que se proponen tocar el firmamento desde San Esteban. 

Al este, la mirada se pierde en el horizonte. Todas las urbes conviven. La contemporánea del Museo de la Evolución, la moderna de las fachadas de colores de las casas de La Flora, la histórica de las iglesias de San Lorenzo, San Lesmes o San Gil, la industrial de los polígonos que se ven en lontananza...

Al norte, otra sorpresa. La muralla se perfila poderosa entre la exuberante naturaleza que rodea al Castillo. Verde que te quiero verde. Las piedras de la fortaleza asoman defensivas y poderosas entre las copas de los árboles. 

Y al oeste, más turistas se asoman al balcón del mirador. Miradas rivales. 

Esta singladura aguarda en San Esteban. El Museo del Retablo quiere aumentar sus atractivos y la apertura de su torre no es solo un deseo. Los planos y las necesidades de ejecución están, pero aún falta concretar los dineros y los plazos de inicio de las obras y su culminación. Piano piano. 

«Es un espacio muy estrecho, muy angosto, y no se puede tratar de una visita masiva, tiene que ser guiada, y no todo el mundo podría tener acceso a ella. Debe ser muy controlada porque no se puede subir y bajar al mismo tiempo», introduce García Ibeas antes de conducirse por estos pasillos estrechos que llegan hasta el cielo y en presencia del aparejador de la Diócesis, Miguel Ángel Ortega, quien apunta que la actuación es sencilla. 

Se trata de dotar de iluminación la escalera, instalar luces de emergencia, colocar un pasamanos a lo largo del husillo para mayor seguridad, levantar protecciones en aquellos lugares en los que haya más peligro, que son pocos, el que más vértigo da es el paso a la torre propiamente dicha. Se requiere igualmente la reparación de algún peldaño y quitar elementos innecesarios, como la barra metálica que cruza de lado a lado en el ascenso a mitad camino. Convienen ambos en que el recorrido, dentro de las estrecheces, es seguro y que las complicaciones son mínimas. 

La inversión tampoco es alta. A bote pronto calculan que ronda los 10.000 euros y su financiación contaría con el apoyo del Ayuntamiento. No manejan fechas, pero tampoco son pesimistas. «No tenemos una prisa excesiva, pero sí es una demanda de los visitantes. A la gente le encanta descubrir estos recovecos, llegar a lugares inaccesibles. El sueño y la idea la tenemos, la materialización esperemos que llegue pronto», concluye el director, que deshecho el camino de subida, regresa a la puerta donde empieza todo. Chirría otra vez. Se resiste a la vuelta de llave del responsable del Museo del Retablo. Tiene ganas de vivir la vida.