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Pelusas

MARTÍN G. BARBADILLO
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"Las pelusas son pelusas y ya, cualquier idea positiva desaparecerá mientras decenas de ellas entran en tu boca y nariz, atacan tus ojos o se pegan a tu ropa. Que yo sepa, no cuentan con ningún fan"

Las pelusas invaden el aire de la ciudad entre finales de mayo y junio. - Foto: Patricia

¿Qué son? Se trata de semillas de chopo recubiertas de una pequeña masa algodonada que invaden como una plaga bíblica el aire de la ciudad (y de muchos pueblos de la provincia) entre finales de mayo y junio.

Edad. Obviamente, la misma que los árboles que la producen, es decir, toda la vida. Lo peor no es la edad que tienen, sino la que les queda por cumplir, que es mayor aún, concretamente la eternidad.

Es el polen, ¿no? Incorrecto. Como te he explicado, se trata de semillas rodeadas de pelusa y el nombre técnico del conjunto es 'vilanos', aunque yo le añadiría una 'l' más después de la que ya tiene. La misión de la pelusilla es asegurar que el viento pueda esparcir la simiente por ahí, como ocurre con el diente de león. Es paradójico, porque, al parecer, la mayoría de las semillas de chopo son estériles. Ya ves, tanto incordio para nada.

Ya te digo, porque molestas son un rato. Sí, pero, en contra de la creencia generalizada, no producen alergia, porque, insisto, no son polen. Lo que sí son es indestructibles en su efímero momento de gloria anual.

Parece corto cuando ha pasado, pero mientras está sucediendo no se ve el final. En algunos casos, literalmente. Es un fenómeno natural curioso porque no se me ocurre otro de los que se suceden por aquí al que no se le pueda ver un lado bello por pequeño que sea. Una nevada es evocadora; una tormenta en primavera, vista tras la ventana, es un espectáculo; incluso un día horrible de viento norte en la cara en invierno tiene su reverso amable al pensar en el refugio del hogar. Las pelusas son pelusas y ya, cualquier idea positiva desaparecerá mientras decenas de ellas entran en tu boca y nariz, atacan tus ojos o se pegan a tu ropa. Que yo sepa, no cuentan con ningún fan.

Estoy de acuerdo. No existen poemas que las alaben, ni pinturas que las retraten. Si quisiéramos ver en el arte algo que recuerde a este fenómeno, a mí lo único que se me ocurre es el Mago de Oz. Imagínate la escena: cuando, en las tardes de viento, empiezan a caer desaforadamente como copos de nieve, y después se forman tremendos remolinos con cientos de ellas parece el principio de la película, en el momento en que un huracán arranca a Dorothy de Arkansas y la lleva al Mundo de Oz.

Conozco esa parte; sale volando con casa y todo. Sí, pero tuvo suerte. Si le sucediese aquí tendría además pelusas hasta dentro de los cajones.

Son un incordio absoluto pero, perdona que te lo diga, sucede en otros sitios, no solo aquí. No son un hecho diferencial burgalés. Evidentemente. En muchas ciudades mesetarias en las que se plantaron chopos sin medida padecen la misma circunstancia, pero aquí concurren matices.

Sorpréndeme. En primer lugar, como hemos dicho en muchas ocasiones, Burgos es una ciudad verde, casi un campo salpicado de algunas casas. Inevitablemente eso hace que haya montones de árboles, muchos de ellos chopos, y que la cantidad de pelusas sea inabarcable. Tal vez seamos la capital mundial de las pelusas y ni siquiera lo sepamos.

Puede ser. La incidencia es especialmente alta, como es lógico, en las zonas más arboladas. Estas coinciden con los andódromos, ya sabes, los espacios utilizados para practicar nuestro deporte nacional: caminar sin fin. La Quinta, Fuentes Blancas, o el Parque Lineal del Vena parecen paisajes siberianos en un día de tempestad invernal, pero ni siquiera eso disuade a los que consideran que andar es la única religión verdadera.

Algún otro matiz. Sí, este es literario. Aunque suceda en junio y la temperatura sea agradable, las pelusas en su máxima expresión recuerdan a una nevada, copiosa además. Es una metáfora perfecta de que esta ciudad es, sobre todo, invierno, y no puede olvidarse nunca de ello. Pero hay más; de hecho, lo verdaderamente importante.

Tú dirás. La celebración del Curpillos, fiesta-macrobotellón local por excelencia, coincide con esa temporada y se celebra en El Parral, un parque bien surtido de chopos. La estampa burgalesa clásica de esta celebración es comerse un pincho de morro frío aderezado de pelusas, acompañado por un vaso (de plástico) de vino del tiempo (caliente) en el que flotan las mismas sustancias. Estos inconvenientes tampoco desaniman a nadie. El Parral está siempre a reventar.

Es loable el espíritu de resistencia de la ciudadanía, especialmente porque ha de aguantar lo mismo cada año. En este asunto, la resignación se impone, aunque si optamos por una vía tremendista alguna solución hay.

Por ejemplo... En algunos lugares se ha hablado de sustituir los chopos por otras especies, autóctonas a ser posible, de las que esparcen su simiente de una manera más amigable. Y, luego, existen dos elementos de la naturaleza que acaban con ellas.

¿Cuáles? En primer lugar, el fuego, práctica que desaconsejamos. La temporada de pelusas viene acompañada de decenas de intervenciones del cuerpo de bomberos para apagar las quemas que provocan sobre todo los chavales. Deberías ver a qué velocidad arden; recuerdan a la marabunta avanzado, pero insisto en reprobar esta práctica, que, además, es matar moscas a cañonazos, porque siempre aparecen más.

¿Y la segunda? Es lo único que funciona, al menos un rato. Obviamente, es la lluvia; el agua primaveral que limpia el aire, las moja y hace desaparecer de todas partes. Concede una tregua temporal, te permite respirar, te hace olvidarlas como si no existieran, pero en el fondo sabes que en no muchas horas volverán. Y sí, vuelven.

Bueno, no dramaticemos, el calendario juega a nuestro favor. Según lo mires. En los momento oscuros, uno puede pensar que la vida es ese breve momento que sucede entre que las pelusas se van y regresan al año siguiente.

Sé fuerte. Ya sé cómo me dices.

Si quieres parecer integrado... Ódialas; otra cosa no te puedo decir.

Nunca, nunca, nunca... Olvides barrer cada día debajo de la cama en la temporada de pelusas si no quieres que directamente te devoren.