Epidemiología, mucho más que contar positivos

GADEA G. UBIERNA
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En lo peor de la pandemia se hablaba de este equipo sin parar, pero pocos saben con certeza la magnitud del trabajo

El equipo de la sección de Epidemiología de la Junta casi al completo, en el servicio territorial de Sanidad. - Foto: Valdivielso

Para los más jóvenes, la sección de Epidemiología del servicio territorial de Sanidad es el lugar en el que se vacunan contra la fiebre amarilla o la hepatitis A antes de viajar a Latinoamérica y África; para muchas mujeres, todo el inmueble del paseo Sierra de Atapuerca se relaciona únicamente con las mamografías para la detección precoz del cáncer de mama; quienes fueron niños en los ochenta asimilan el servicio con vacunaciones infantiles; para los más ancianos es, simplemente, la antigua Casa de Socorro. Estas conexiones tienen su razón de ser, pero ninguna se ajusta del todo a la realidad de un equipo archimencionado durante casi toda la pandemia y que, sin embargo, nunca recibió aplausos. Y eso que, pasado lo peor de la crisis, su labor sigue siendo capital en esas grandes desconocidas para la sociedad que son la epidemiología, la salud pública y la medicina preventiva.

«Salimos a la luz cuando hay incendios, pero luego pasamos desapercibidos», comenta el epidemiólogo y jefe de sección, José Luis Yáñez, más bien resignado. Todo el equipo lo está, de hecho, a pesar de que sus cifras de actividad son de envergadura: cada año pasan por sus manos unas 100.000 dosis de vacunas y vigilan 64 enfermedades de declaración obligatoria; algunas muy típicas y estacionales (la gripe o infecciones respiratorias agudas como la bronquiolitis, que llevan semanas con incidencias altas), otras no muy frecuentes (la meningitis o la hepatitis A) y también las hay imprevisibles. «Siempre hay que estar atentos a las enfermedades emergentes. En Castilla y León, por ejemplo, tuvimos en 2010 un brote de tularemia, que no existía en España», dice Yáñez, antes de aludir a la pandemia por gripe A de 2009, cuya importancia ha quedado reducida a la mínima expresión en el imaginario popular tras la emergencia por el SARS-CoV-2. 

«Justo antes de que se declarara el estado de alarma, en marzo de 2020, no pude dormir en todo el fin de semana [de guardia]. Fue una locura», cuenta la también epidemióloga y especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública Soledad Martínez, técnica de la sección junto a Isabel Carramiñana, facultativa con la misma especialidad. Esta última recuerda que «al principio, todos los datos [de contagios] se pasaban a mano». Ante el estupor de quien escribe este texto, explican que esa ingente cantidad de información se recibía en distintos programas y ellos debían unificarla a mano para notificarla y que se pudiera llevar el registro de positivos confirmados, sospechosos, los rastreos... Nadie en el equipo lo dice, pero estas explicaciones dan idea de la importancia que la propia Administración daba a los servicios de Epidemiología. Y Burgos fue de las provincias afortunadas, porque la pandemia explotó con tres epidemiólogos en ejercicio; en otras había uno e, incluso, ninguno.

Quienes viven cerca del servicio territorial de Sanidad comprobaron en lo peor de la pandemia que siempre había luces encendidas en Epidemiología, día y noche. La ingente carga de trabajo, el afán por controlar lo que era inabarcable lo asumieron estos tres especialistas, junto al resto del equipo: las enfermeras Laura Pérez, Ana María Martínez, Elena Santamaría e Ignacio de Torres y las administrativas Pilar Amo y María Soledad Camarero. Ahora, también el médico residente en Epidemiología Fernando Miramón. «Si en algo hemos mejorado ha sido en sistemas de información», afirma Carramiñana, quien matiza que contaron con el apoyo a distancia de otros compañeros de la Consejería de Sanidad.

La pandemia es un ejemplo reciente sobre el día a día de Epidemiología, donde se ríen cuando se les pregunta si se echaron a temblar cuando parecía que iban a encadenar una pandemia con otra, a causa de la viruela del mono. «Yo siempre creí que no iba a ser lo mismo», dice Carramiñana, afirmando que «igual que subió la curva [estadística de positivos confirmados], bajó». Ahora hay tranquilidad, pero tampoco se sabe cómo va a evolucionar en el futuro. El enfermero Nacho de Torres explica que en Burgos se han administrado 20 dosis de vacuna frente a esta variante de la viruela, a veces como protección tras exposición al virus y en otras, antes. En qué momento administrarla lo deciden, en ocasiones, los médicos de Primaria y otras, los epidemiólogos. Equipo que también asume el rastreo de contactos de los contagiados, para evitar que la viruela del mono deje de ser solo una amenaza. «Pero es difícil, porque hay quienes no quieren facilitar el nombre de sus contactos y otros que ni siquiera los saben», cuentan.

Este es, muy a grosso modo, el trabajo epidemiológico: contar positivos para poder agregar casos, evaluarlos y reaccionar a una posible alerta, que siempre hay. Algunos días, al encender el ordenador, salta el aviso de una meningitis, una hepatitis A o una tuberculosis  confirmada en una guardería, colegio o residencia de ancianos, lo cual obliga a activar un protocolo de protección y prevención, para acotar un brote potencial.

Y a eso se añaden las recomendaciones del Ministerio de Sanidad. Ahora, se presta atención a la infección por estreptococo A, que no es de declaración obligatoria pero ha encendido alarmas en Inglaterra, sin perder de vista otras afecciones de apariencia exótica como las meningoencefalitis por virus del Nilo, el riesgo asociado a la importación de poliovirus, la fiebre de Crimea-Congo... No se han notificado en Burgos pero nadie dice que no pueda suceder en el futuro. Y de ahí la importancia de la vigilancia epidemiológica, que desde el pasado 1 de enero en Castilla y León ya no se ejerce 24 horas siete días a la semana, sino solo de lunes a viernes. El porqué tiene que explicarlo la Consejería de Sanidad.