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Mefistófeles resucitado

R. PÉREZ BARREDO
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Rubén Amoretti fue tenor, pero una enfermedad le cambió la voz y la vida. Estuvo hundido, pero tras ser diagnosticado y operado pudo volver a cantar ópera. Ahora es bajo. Y no deja de actuar en teatros de medio mundo. Su historia será llevada al cine

Rubén Amoretti - Foto: Patricia

Un teatro vacío, con su esqueleto de butacas carmesíes. Silencio. Sobre el escenario se proyecta una luz macilenta. Al cabo suenan unos pasos. Se entreabre el telón e irrumpe en escena un tipo que lo llena todo con su presencia. No es una figura cualquiera: se trata de un resucitado, de un milagro andante, de un cantante de ópera que ha conocido el cielo y habitado el infierno, con transbordo en el purgatorio. Y que se identifica con Mefistófeles, a quien ha dado vida en teatros de medio mundo. Es Rubén Amoretti un caso excepcional, único en quinientos años de historia de la ópera: un tenor que dejó de serlo para convertirse en bajo. Es la suya una historia de redención y superación. Y  de amor. Por eso va ser llevada al cine. Amoretti es un animal escénico, como demuestra en la sesión fotográfica, pero también un artista sin ínfulas, nada presuntuoso, más bien lo contrario: cuanto sale de su formidable y seductora voz suena a humildad, a sencillez. Suena a verdad verdadera.

Aunque reside en Suiza -cuando no está actuando de acá para allá, de Nueva York a Venecia, de París a Milán-, Burgos es su casa, es su infancia, son sus recuerdos. Buenos y malos, claro. «Siempre es una alegría volver, aquí están todos mis hermanos, los viejos amigos. Tuve una infancia y una juventud en general muy feliz, aunque también viviera de cerca la tragedia, cuando la droga hizo tanto daño en los años 80». Evoca con nitidez la figura de un padre pluriempleado para sacar adelante a una prole notable -seis criaturas- porque era al único que dejaban cantar en los cafés y tabernas que exhibían carteles donde esa acción, ese arte, estaba prohibido. Había antecedentes, pues: don Rodolfo cantaba como los ángeles; y su madre, doña Pilar, también y en cualquier sitio: en misa, tendiendo la ropa, cocinando. Reconoce que heredó de ellos la pasión por el canto, pero le daba mucha vergüenza hacerlo en público. Aprovechaba las escasas ocasiones en las que no había nadie en la casa familiar para arrancarse por Nino Bravo, CamiloSesto,Elvis o Tom Jones. «Siempre cantaba canciones de artistas que tiraban para arriba. Nací con voz de tenor».

(El reportaje completo en la edición impresa de hoy de Diario de Burgos)