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Ciudad de esculturas

MARTÍN G. BARBADILLO
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"En medio de la nada, entre Villatoro y el polígono, te das de bruces con un dinosaurio amenazante de tamaño real en medio de una rotonda pelada. Rinde tributo a los restos encontrados en Salas, pero parece la entrada de Parque Jurásico..."

Ciudad de esculturas

¿Qué es? La escultura es la actividad que consiste en modelar, tallar o esculpir en algunos materiales figuras en tres dimensiones.

Edad. Las primeras manifestaciones escultóricas se remontan al Paleolítico inferior, así que tenemos práctica en el asunto, aunque cualquiera lo diría, según veremos después.

Me vas a hablar de las esculturas de la ciudad. Vale. Mucho mejor, te voy a proponer algo insólito, que probablemente nadie ha hecho jamás, al menos por voluntad propia.

¿El qué? Un paseo por la ciudad buscando sus esculturas. Puede sonar a chaladura, pero encontrarás variedad, obras hermosas y auténticos delirios. Un buen plan.

¿Por dónde empezamos? Por los clásicos, claro. No lo digo en el sentido artístico, sino en el emocional para la gente de aquí. En este apartado tenemos las estatuas de siempre: guerreros, reyes, santos; a pie o caballo; en piedra o bronce... En Burgos, el top 1 escultórico es la estatua ecuestre, blandiendo espada, del Cid en la plaza del ídem. Ya hemos hablado de ella en otra ocasión. Te recuerdo que la acompañan otras ocho en granito de compañeros de viaje de su vida. En el Espolón, te toparás con las figuras de siete reyes y un santo y, un poco más allá, en el Arco de Santa María, verdadero Salón de la Fama de las esencias burgalesas, con otras nueve.

Bueno, homenajes así a los héroes locales hay en todas partes. Por eso vamos a pasar a otra cosa. Continuamos con el realismo moderno, o la figuración de antes de ayer.

¿Cómo? Sí, yo diría que es el estilo predominante en la ciudad. Más o menos desde principios de milenio han proliferado por calles y plazas estatuas de temática costumbrista y ejecución clasicona, por decir algo. Puedes toparte con unos abuelos antiguos sentados en un banco, un perro perdiguero, una mujer con un paraguas ("homenaje a Bilbao", le oí decir a un paseante), unos niños jugando a las canicas, un guardia de tráfico de los años 50, una castañera, un danzante tradicional, un toro y, cómo no, ¡los Gigantillos!... Todas a escala real, con lo que si uno se cruza con ellas, y no las espera, asustan. Tanto los asuntos que abordan, por lo general de forma un poco ñoña, como su técnica no son precisamente vanguardia. Pero a mucha gente le encantan, se fotografían a su lado sin parar.

¿A ti te gustan? Mejor seguimos. Podemos husmear por ahí en busca de las más conceptuales. De estas hay varias en la ciudad; algunas, en mi opinión, muy bellas. En el Paseo del Empecinado, por ejemplo, está el Monumento a las Américas, unos tubos de acero inoxidable que recuerdan a una paloma en vuelo. Caminando un poco, puedes ir a Río Vena, el barrio de los rascacielos de la ciudad. Entre sus plazas y recovecos hay varias esculturas metálicas y de piedra, a las que nadie presta atención. Son delicadas, cambian con el sol y crean un conjunto entre ellas, acompañan al paseante, que para eso también son las esculturas. Esto sí es casi secreto.

¿De estas no hay más? Alguna. Si te va lo duro, no te pierdas, entre la calle Vitoria y la avenida Derechos Humanos, el Monumento a los Donantes de Sangre. Es una especie de estrella deconstruida y oxidada que recuerda los monumentos erigidos en la Unión Soviética o Yugoslavia. Solo para muy fans, como yo.

¿Y algo más intermedio? Además de todo lo anterior hay obras que han conjugado belleza e intención con el favor popular. Para verlas tenemos que remontar el río hasta el paseo Sierra de Atapuerca. Frente al MEH se instalaron dos obras: una de ellas mezcla figuración y abstracción para homenajear a la evolución humana: un homínido pasea de la mano con un niño; sobre ellos unas figuras abstractas se van irguiendo. Un poco más allá, se colocó un cráneo gigante. Es interactivo, se puede entrar dentro, sentarse o trepar como un mono hasta su parte alta. Resulta una delicia para los chavales y produce verdadero terror a los padres, te lo aseguro.

Echo en falta grandes conjuntos monumentales. No seas impaciente, estaba dejando lo bueno para el final. Hay un género escultórico en el que España ha alcanzado las más altas cotas y aquí tenemos algunas muestras.

¿Cuál? Las esculturas de las rotondas. No se puede generalizar, pero estos espacios inaccesibles dan cobijo a algunas de las obras más locas con las que uno se pueda topar.

¿No habrá una de Mazinger Z, como esa de Tarragona? No, ni nada de Calatrava, afortunadamente. Pero, en la plaza de España, por ejemplo, en medio de la rotonda, se alza la Fuente de los Delfines; una piscina gigante con cinco cetáceos saltarines con una estética Costa del Sol. Al menos tiene una utilidad práctica: es utilizado para festejar, a remojo, los triunfos deportivos. La fuente-escultura del peregrino en la rotonda de Capiscol también va bien servida: dorados, luces... Y hay más.

No te cortes. En medio de la nada, entre Villatoro y el polígono de Villalonquéjar, te das de bruces con un dinosaurio amenazante de tamaño real en medio de una rotonda pelada. Rinde tributo a los restos encontrados en Salas de los Infantes, pero parece la entrada de Parque Jurásico, o un sucedáneo, en el mejor de los casos. Es, posiblemente, la segunda escultura más famosa de Burgos, después de la del Cid, al menos en internet. Varias webs mencionan el lugar en sus listas de las rotondas más feas de España, y eso no es fácil. Pero, para gustos, colores, y en escultura ni te cuento.

Dimos buen paseo. Ha sido un esbozo, apenas hemos visto nada. Te recomiendo que bucees por tu cuenta.

¿En la Fuente de los Delfines? Déjalo.

Si quieres parecer integrado. Fotografíate junto a la estatua de los Gigantillos y pon la foto de perfil de wasapp. Clásico entre los clásicos.

Nunca, nunca, nunca... Te compares en nada con el homínido desnudo mencionado; no merece la pena.