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"Tanto patrimonio histórico te llega a insensibilizar"

H.J.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Jesús Arribas es uno de esos hombres y esta es (parte) de su historia

Arribas en su estudio, una de cuyas paredes está formada por restos de la vieja muralla de la ciudad. - Foto: Patricia

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 7 de junio.

Se levanta antes de que pongan las calles. Sale a pasear prontísimo, cuando la mayoría aún duerme, por los alrededores del que es su pueblo desde hace ocho años, Las Quintanillas. Y mientras el día aún arranca llega a Burgos, pasando la mañana en el estudio de arquitectura que lleva su nombre y en el que también trabajan sus hijas. Las tardes quedan reservadas para la pintura.

Jesús Arribas Herrera, ‘Chuchi’ para compañeros, familiares y amigos, sigue ocupando su día a día con todas aquellas inquietudes que le alimentan el cuerpo y el alma, y demuestra estar todavía en plena forma (incluso sigue moviéndose en bicicleta) pese a cumplir los 71 este año.

Arquitecto de profesión y pintor por pasión, hace cuatro décadas que montó junto a su mujer, Blanca, el estudio que bautizaron como Escalas en la ciudad: "Se llama así porque caben todos los tamaños de un trabajo, y porque posiblemente disfrutas más con las obras pequeñas que con los grandes encargos", dice Chuchi. Esa afirmación revela mucho de su personalidad y su actitud ante la vida.

Pasó la infancia en torno a la calle Martínez Zatorre, "que estaba sin asfaltar y que tenía un pilón", jugando con los vecinos del barrio, muchos de ellos habitantes de las casas que el Círculo Católico construyó en los años 50. Ninguno era rico precisamente, pero las necesidades de entonces hacían que cada familia ayudase "a un pobre" que tenían casi apadrinado, aquellos ancianos de las Hermanitas de los Desamparados que pedían 10 céntimos "y con ellos se iban al bar Berzosa a tomar el porroncillo".

Su madre era ama de casa y su padre chapista. Tenía un taller en los bajos del edificio donde vivían "y habría dado la mano por que alguno de sus tres hijos, todos varones, continuase con el negocio", explica Arribas. Al menos en su caso, observar al progenitor realizar verdaderas obras de mérito con las toscas planchas de chapa que compraba en Jiménez alimentó en él una vocación artística que pronto empezó a canalizar.

"Desde pequeño me gustaba mucho pintar y dibujar. Mi padre estaba tan orgulloso que les enseñaba mis dibujos a los amigos en el bar y a mí me daba vergüenza. Era un estudiante del montón, excepto que destacaba en dibujo y gané varios premios. Así que tenía claro que quería estudiar algo así como Bellas Artes o Arquitectura".

En efecto, con 17 años y tras culminar el bachillerato en el Liceo de los Maristas, se fue a Madrid a la Escuela de Arquitectos. Allí consiguió un puesto en el Rastro, donde vendía plumillas, y empezó a vivir en el Colegio Santiago Apóstol, que dependía de la Organización Católica Universitaria.

"Resulta que en ese Colegio Mayor había varios exiliados del otro lado del ‘Telón de acero’. Eran rusos y de otros países del este a los que les llegaban cheques de la American Express y a los que les ayudaba la embajada americana. Todos eran mayores que yo y sabían muchas cosas del mundo, estaban enterados de la actualidad internacional por los periódicos ingleses y americanos, me enseñaron a jugar al ajedrez y tuve la suerte de aprender de ellos, porque era gente muy especial", relata.

Por aquel entonces, según explica, los ambientes universitarios de Madrid eran un hervidero antifranquista. "La Escuela de Arquitectura era un punto de reivindicación social, entonces la cultura y la política se vivían de otra manera y hasta las JOC estaban en la cabeza de las manifestaciones. Todos buscábamos construir un mundo mejor. Más allá de las ideologías, había solidaridad entre la gente. En mi clase estaba Mariola, una de las nietas de Franco, y nadie le dijo nunca nada", relata.

Grises a caballo. Vio a los grises irrumpiendo a caballo al interior de la Escuela y le tocó pasar "alguna tarde o alguna noche" en el calabozo, pero no se da más importancia, e insiste en que por aquellos años "la ideología era secundaria. Lo importante era el entusiasmo por la vida. Yo diría que había una radicalidad tolerante".

Cuando acabó los estudios empezó a trabajar con Javier Vellosillo, uno de los profesores de la Escuela que además era amigo de Juan Navarro Baldeweg, quien muchos años después se convertiría en el autor del Museo de la Evolución Humana. Y de aquella etapa también salió enriquecido en el sentido intelectual: "Existía un discurso comprometido con la arquitectura, una investigación personal que te proporciona acceso a mundos más libres. La educación se basaba en aprender a formar un espíritu crítico, en hacer comparativas sobre los libros. Eso lo eché mucho en falta en el Liceo de aquella época, pero lo encontré después en la Escuela de Arquitectura y en su profesorado".

De entre sus primeros proyectos recuerda una casa en un pueblo de Toledo y la presentación a varios concursos nacionales e internacionales, como por ejemplo en Italia, hasta que regresó a Burgos "por puro azar". "Yo soy un desarraigado y tampoco tenía una intención expresa de volver. A mi mujer, Blanca, la conozco desde los 14 años. También es de Burgos y se había venido conmigo a Madrid. Ella trabajaba como secretaria de dirección en una gran empresa, tenía un buen sueldo y disfrutábamos de la vida en la gran ciudad".

El caso es que aterrizó de nuevo en la capital del Arlanzón y empezó con trabajos como una nave industrial y una mercería. Montó un pequeño estudio y desde el primer momento quedó claro que Blanca se ocuparía de los aspectos prácticos de la profesión: "Los arquitectos solemos ser muy tontos para hablar de dinero, por lo menos así éramos los de antes, así que de las facturas, los contratos, los pagos a hacienda, los autónomos, etcétera, se ocupaba mi mujer. Yo he vivido en una completa felicidad laboral, hice un buen negocio casándome con ella", bromea Jesús.

Cuando todavía era un joven profesional, logró que sus compañeros le eligieran para ser presidente del Colegio de Arquitectos de Burgos a mediados de los años 80. Fue solo durante dos años, pero recuerda que por entonces comenzaban a salir las primeras grandes hornadas de arquitectos de las escuelas y que los nuevos aterrizaban en Burgos para ‘remover’ los cimientos de las viejas glorias locales, quienes veían peligrar en cierta medida su cartera de clientes y su forma de trabajar: "Fueron momentos un tanto convulsos", reconoce.

La Casa del Cordón. También por aquella época, ejerció como consejero de Patrimonio de la Junta de Castilla y León para Burgos y provincia, durante el mandato del socialista Demetrio Madrid. No era el titular de una consejería, como podría deducirse de la denominación del cargo, sino una especie de asesor. Y entre otros proyectos le tocó "guiar" (término que él mismo emplea) la rehabilitación de la Casa del Cordón.

"Tuve un problema de conciencia, un dilema moral con aquella obra, porque mientras veía que se caían algunas iglesias porque no tenían presupuesto para retejarlas, en la Casa del Cordón no había problemas de dinero", relata.

Admite que llegó a tener "muchos rifirrafes" con el arquitecto que dirigía los trabajos, por diferencias de criterio en las necesidades de conservación o las posibilidades de reforma de una de las joyas históricas de la capital burgalesa.

"Al final, este tipo de rehabilitaciones tienen que guardar un equilibrio entre lo deseable y lo posible, y lo malo es que en Burgos tenemos semejante número de edificios importantes, entre iglesias y palacios, que vivir entre tanto patrimonio histórico te llega a insensibilizar. Por eso hace años se demolían las casas del casco histórico y se cambiaban las alineaciones. Se pensaba que el racionalismo o el movimiento moderno lo solucionaría todo, pero no hay que hacerse trajes para estar siempre elegantes, sino para cada circunstancia".

Dice Chuchi que en los años 70 se pensaba que una casa vieja no valía nada, excepto la fachada cuando estaba protegida, y por eso se tiraba todo por dentro, se amputaba. Y sin embargo hay más valores. ¿Cómo mantener el equilibrio entre la conservación de lo antiguo y el confort para los habitantes de esos entornos?: "Estudiando cada caso, pero tirando lo mínimo posible, sacando provecho de lo existente y consiguiendo la comodidad con tecnología, porque actualmente se puede hacer todo sin ser traumático".

Por suerte, en la actualidad, "la visión está cambiando y ya no se estandarizan tanto las soluciones, tampoco en las viviendas donde durante años se repitió la visión de las madres que organizaban la casa porque ellas se ocupaban de todo y a su vez reproducían lo que habían vivido en su niñez. En otras sociedades más desarrolladas, donde la mujer ya trabajaba fuera de casa, no había unos roles tan separados en la familias, se juntaban más y las viviendas son más flexibles".

Este tipo de reflexiones, añade, son las que le encantaba transmitir a los alumnos durante los 22 años en los que ha estado impartiendo clases en la Escuela de Arquitectura de Interiores. "Y era una suerte tener contacto con los jóvenes porque ellos te revitalizan cuando empiezas a sentir el ridículo de ser el abuelo cebolleta".

Entre sus proyectos que todo el mundo en Burgos puede reconocer figuran el hotel Abba, el parque Félix Rodríguez de la Fuente o las Aulas de Medio Ambiente y los Interclub de Caja de Burgos. De estos últimos habla especialmente bien: "Quisimos investigar en estos centros de ocio, que tuvieran una cabida verdaderamente intergeneracional, para trabajadores de la caja y para gente de fuera, espacios de convivencias para el cultivo de mente y cuerpo. Y las Aulas las diseñé con mis hijas como una visión de la naturaleza, partiendo del caos que surgía del derribo de los locales antiguos y generando espacios muy flexibles".

Sobre el parque Félix Rodríguez de la Fuente comenta que fue un proyecto "impulsado a instancia de los vecinos y de la Zona G, que luego el Ayuntamiento hizo suyo. Y quisimos crear un parque de sensaciones, con distintos colores, materiales y texturas". Solo lamenta un par de aspectos: no haber podido coordinar la obra directamente, porque esta tarea cayó en manos municipales, y no haber hablado con la familia de Félix para introducir algunos detalles del espíritu del naturalista en el espacio público que lleva su nombre.

Ahora, en su setentena, además de su profesión arquitectónica sigue cultivando su pasión por la pintura. "Ambas disciplinas son experiencias plásticas y están muy unidas, son para mí un todo, no están disociadas sino que están guiadas por una misma sensibilidad".

Hace ocho o diez años que no expone en el arco de Santa María y la última muestra la realizó hace un lustro en Barcelona, pero él sigue pintando todas las tardes. ¿Por qué no lo enseña? "Porque hay que dedicar tiempo a la organización y no tengo ni siquiera unas buenas fotos de las obras", admite.

Entre pinceles y proyectos, hasta que llegó la pandemia regentaba junto a su mujer un hotelito de ocho habitaciones en Las Quintanillas, ‘La posada del pintor’, decorado con decenas de sus obras y valorado de forma excepcional en las webs de reservas. Disfruta también los placeres de la música (toca el clarinete) y de la lectura. "Me gusta devorar la vida, porque ahora se sobrevive, y esto lo veo cada vez con más claridad. Hay que estar aquí para desarrollar tu potencial, no para hacer mal sino para ayudar con lo que uno sepa y a quien se lo pida".

No es mala filosofía para el retiro activo de un hombre sensible.