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Destapar el filón turístico de lo que se arrancó a la tierra

I.M.L.
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Los conjuntos de bodegas históricas en la comarca ribereña se posicionan como gran aliciente para acercarse al pasado de los municipios y sus dueños empiezan a concienciarse sobre la necesidad de mantener unas galerías con siglos de antigüedad

De izq. a der. y de arriba a abajo: Sotillo de la Ribera, Zazuar, Castrillo de la Vega y Fuentespina. - Foto: Jesús J. Matías y Luis López Araico

El pasado vitivinícola de la comarca ribereña hizo que sus antiguos moradores creasen unas construcciones propias de la producción de vino, que ahora conforman un patrimonio etnográfico y arquitectónico con un potencial que empieza a explotarse para la atracción de turismo. En todo el territorio de la DO Ribera del Duero hay más de un centenar de municipios que conservan sus conjuntos de bodegas y más de la mitad de ellos están en territorio burgalés. 

Raro es el pueblo que no tenga su cotarro, barrio, colina o espacio urbano completamente excavado para la creación de unas galerías subterráneas con las características idóneas de temperatura estable, oscuridad y quietud para la fermentación del mosto y la crianza de los vinos. «La mayoría, podríamos decir que el 95%, están fuera de los núcleos urbanos, en laderas próximas a la localidad, y siguen unos patrones comunes en su construcción: aprovechan laderas, con orientación norte y buscando la profundidad y la ventilación», resume el arquitecto Alfredo Sanz Sanza, que en los últimos años ha comenzado a elaborar pormenorizados estudios de algunos de estos conjuntos de bodegas. 

Las iniciativas para recuperar, conservar y poner en valor este patrimonio enológico tienen un primer ejemplo en los esfuerzos de las peñas de Aranda de Duero en la década de los años 70 del siglo pasado por retomar el uso de las bodegas que recorren todo el casco histórico de la ciudad, gracias a lo cual se logró la declaración de Bien de Interés Cultural para ellas. Tuvieron que pasar muchos años para que los vecinos de Moradillo de Roa sumasen sus ganas y esfuerzos, liderados por su Ayuntamiento, para convertir la puesta en valor de su Cotarro en una experiencia de creación de recursos turísticos con repercusión a nivel nacional. Pero el resto de las localidades con esta riqueza patrimonial en la comarca van muchos pasos por detrás. 

Conocer para rescatar. El primer paso para sacar todo el partido a estos tesoros subterráneos es el conocimiento de los mismos. El hecho de que las nuevas generaciones no hayan continuado costumbres como las de ir a almorzar o merendar a la bodega, unido a que ya no se utilizan para elaborar vino en su inmensa mayoría, ha propiciado que haya propietarios que ni siquiera sepan que son poseedores de alguna de ellas. «Los estudios sirven desde el momento en el que los estoy haciendo, ese revuelo que genera que estemos viendo las bodegas sirve para que mucha gente sepa que tiene una o busque la llave, que no sabía ni dónde la había guardado», reconoce Sanz en base a su experiencia en las seis localidades en las que ha estudiado sus conjuntos subterráneos para documentarlos.

Como buen conocedor del estado de estos barrios de bodegas, Sanz insiste en que «el estado de conservación está asociado al nivel de utilización» pero que una vez que se traspasa una puerta es cuando llegan las sorpresas. «A veces parece que arriba está mal, pero abajo sólo está abandona. Me ha tocado quitar muchas telarañas para abrirme paso, hay otras muy cuidadas pero la nota común es que tienen muchas posibilidades, un patrimonio espectacular que cualquiera que viene de fuera y no lo conoce se sorprende, me han llegado a decir que deberían ser patrimonio de la humanidad», relata este arquitecto ribereño.

El estado de conservación de cada barrio de bodegas depende de los más diversos factores, como su emplazamiento. «Los conjuntos de bodegas situados bajo las edificaciones y calles, para bien o para mal, se han hecho casas encima y se han tirado las bodegas o, para conservar lo de encima, se han conservado las bodegas», resalta Sanz, en contraposición a «los barrios de bodegas fuera de los pueblos, que son la inmensa mayoría, donde el componente geológico es muy importante en todos, los que las construían sabían perfectamente dónde podían construirlas y dónde no».

Con la base de los estudios elaborados, el futuro de este patrimonio ya queda en manos de los propietarios y administraciones públicas. «Algunos se han puesto a limpiarlas y algunos se motivan y las restauran», apunta Alfredo Sanz, haciendo memoria de ejemplos en localidades como Vadocondes. Por su parte, los Ayuntamientos cuentan con una herramienta indispensable para la gestión de proyectos porque «con la planimetría se puede actuar de mejor forma en los trabajos en superficie», buscando no perjudicar la arquitectura subterránea, que tiene un importante grado de vulnerabilidad.

Con la base del conocimiento, ya se pueden articular proyectos turísticos para sacar provecho a este patrimonio o, por lo menos, que los propios vecinos no olviden la riqueza que han heredado. Buena prueba de ello son las rutas del programa '¿Te enseño mi pueblo?', a cargo de los voluntarios de la ADRI Ribera del Duero. En todos los municipios donde hay bodegas subterráneas, su entorno es una de las paradas ineludibles en el recorrido en el que hacen de cicerones los habitantes del municipio en cuestión. «Lo primero es que la gente del pueblo valore lo que tiene, si no lo hace, difícilmente lo van a saber transmitir hacia fuera, ya sea en una visita turística o enseñando la bodega a un amigo», insiste Alfredo Sanz, que ahora está inmerso en el estudio de Castrillo de la Vega.

Iniciativa popular para mantener vivas las bodegas
Siguiendo ejemplos como el de Moradillo de Roa, otras localidades de la comarca están sumando esfuerzos entre sus vecinos para recuperar y conservar el patrimonio relacionado con el vino. Es el caso de municipios como Zuzones, donde su asociación cultural ha recuperado un lagar que les cedieron y han creado un centro de interpretación de su uso en época de vendimia; o Fuentespina, donde se está fraguando la creación de una agrupación de amigos de las bodegas.

Sotillo de la Ribera también presume de una viva relación con su conjunto de bodegas subterráneas, gracias a las peñas sotillanas y a la Comisión de Usuarios, que además de adecentar el entorno y los caminos que recorren el cerro de San Jorge, organizan la Feria del Vino, que este 5 junio alcanzará su quinta edición. 

La propuesta incluye catas, un cross por las bodegas, con un tramo del recorrido por las galerías subterráneas de Bodegas Ismael Arroyo, un concurso de vinos de cubillo, y la apertura de la peñas y bodegas, sin olvidar la posibilidad de degustar cuatro vinos y cuatro tapas por 12 euros. Junto  con la animación de música y jotas tradicionales, esta jornada busca potenciar y promocionar el valor del patrimonio sotillano.