Se vende pueblo en La Bureba

S.F.L. / Bárcena de Bureba
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El dueño de 50 viviendas en la deshabitada localidad de Bárcena de Bureba pide 350.000 euros tras suspender el plan de transformación del lugar en un complejo hotelero al no recibir la ayuda que esperaba de Europa

Se vende pueblo en La Bureba - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

El futuro incierto de la localidad deshabitada de Bárcena de Bureba puede que tome la dirección de las segundas oportunidades. Marcelino Ruiz, propietario de la mayor parte de las viviendas y anexos, 50 en total, las ha puesto a la venta por 350.000 euros. En su día, el pueblo destacaba por conservar su trazado medieval y sus señoriales casas colgadas incrustadas en la piedra con vistas privilegiadas al peculiar paisaje de Las Torcas, pero hoy solo subsiste un conjunto de restos de muros de piedra recubiertos de zarza y con las firmas de algún que otro artista callejero, entre los que todavía se aprecian las calles y los espacios que hace décadas fueron zonas comunes. 

Uno sabe bien cuando se halla en territorio de Bárcena porque todavía conserva su cartel identificativo en pie, de lo poco que así continua, a pesar de que lleva desde principios de la década de los años ochenta con el silencio como único vecino. Sus últimos residentes, que subsistían sin luz ni agua, se cansaron de la precariedad y acabaron por trasladarse a zonas más prósperas. «Muchos culpan a la errónea decisión de una votación popular que concluyó que no compensaba la inversión en semejantes avances técnicos», recuerda Víctor Mendieta, alcalde de Castil de Lences. 

El portal inmobiliario Idealista incluye entre sus anuncios la venta de «un pequeño pueblo burgalés abandonado con iglesia románica. Con la intención de darle otra oportunidad y recuperar la vida en la España Vaciada, salen al mercado sus 50 viviendas». Como 'dueño del pueblo', Ruiz, natural de Castil, declara que en su día, y a través de su empresa Restaura Bárcena S.L., se hizo con las edificaciones con el fin de llevar a cabo un proyecto vinculado al turismo rural. «Mi ilusión perseguía transformar la localidad en un complejo hotelero y de ocio con diferentes servicios con ayuda procedente de Europa», explica. Pero su gozo en un pozo. «Llegó la crisis del ladrillo en 2008 y me quedé sin subvenciones, por lo que tuve que aparcar el plan. Aparcar, que no abandonar», aclara. 

El burebano manifiesta que mantiene un especial arraigo con el desolado lugar, a pesar que nunca habitó en él, e incluso su hija celebró allí su boda, una fiesta que «no dejó indiferente a nadie y que resultó preciosa con la decoración de las calles y los balcones de las casas», comenta. No obstante, confiesa que le «interesa que compren el bono de las 50 casas», aunque no descarta «rehabilitar alguna e ir vendiéndola por separado». Su trayectoria profesional ha girado en torno al mundo de la construcción y sus conocimientos como aparejador le llenan de seguridad a la hora de vaticinar las «enormes posibilidades del pueblo». 

Datos de la aldea. En la publicidad también sale a relucir una breve descripción de la aldea, que cuenta con «un casco urbano compuesto por unas 50 viviendas de diversos tamaños, muchas de ellas potencialmente recuperables, al mantener su estructura en buen estado» a pesar de que el paso del tiempo las ha aniquilado en mayor o menor medida. Realmente, se trata de edificios con muros de sillería en piedra caliza de, como mucho, 100 metros cuadrados por planta «fáciles de restaurar», indica Ruiz, que ya obtiene los permisos para suministrar agua y luz al pueblo. 

Hoy apenas quedan cuatro piedras que permiten intuir lo que fueron los muros y cimientos de una localidad llena de vida. En la parte alta del caserío destaca la pequeña iglesia de San Julián y Santa Basilisa, de nave única y origen románico, que en la actualidad únicamente conserva de esa época el ábside y el presbiterio, así como su campanario en espadaña de estilo barroco. En su interior, se aprecia como los vándalos han hecho de las suyas al profanar las tumbas.

Los vecinos del municipio de Abajas, separados de Bárcena por apenas 3 kilómetros, recuerdan a los últimos moradores del pueblo. Amparo Rodríguez, la alcaldesa, conocía al último hombre que pasaba los fines de semana allí, sin apenas comodidades al carecer de iluminación y agua. «Se negaba a abandonar sus orígenes a pesar de las condiciones en las que se encontraba», expone.