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El día que Capiscol perdió una fábrica pero ganó un parque

L.M.
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El sábado se cumplieron 25 años de la voladura de la Campofrío, un hito que recuerdan todos los vecinos del barrio y que marcó un antes y un después para la multinacional burgalesa

Se cumplen 25 años de la voladura de la antigua fábrica de Campofrío, un hito que marcó un cambio para la multinacional y redibujó el barrio para siempre. - Foto: Ángel Ayala

Todo ocurrió en apenas tres segundos. A las 12.30 horas de hace 25 años, el silencio se hizo en el epicentro del barrio de Capiscol. Minutos la Policía Local había estado patrullando las calles aledañas para advertir a los vecinos de que bajasen las persianas y no salieran de sus domicilios. Tras el aviso y el consiguiente sonar de sirenas, 2.500 detonaciones con 250 kilogramos de Goma-2 echaron abajo la fábrica de Campofrío, un complejo de seis alturas y un volumen de más de 100.000 metros cúbicos. «Nos mandaron cerrar todo para evitar incidentes. Fue un momento muy importante para el barrio», recuerda hoy María García, miembro de la asociación de vecinos de Capiscol.

Una de las primeras veces que se reunió la por aquél entonces recién creada entidad fue precisamente con el equipo que realizó la voladura. «Nos explicaron el proceso y nos pidieron ayuda», admite José Luis González, también dentro de la asociación. Durante los días siguientes al encuentro estuvieron pegando carteles en las calles para que los vecinos conociesen los planes y el protocolo a seguir.

La marcha de Campofrío del barrio, confiesa, fue «triste pero necesaria» para que la firma continuara creciendo. «Muchísimos vecinos de Capiscol trabajaban y lo siguieron haciendo posteriormente en la nueva fábrica», apunta. De los últimos años de la planta recuerda el bullicio de trabajadores a la salida de cada turno y las colas interminables en los bares y comercios que rodeaban las instalaciones. «Lo importante es que la gente no perdiera su empleo y así fue. Incluso entraron más vecinos con el traslado al polígono», reconoce García.

Las viejas oficinas no se derribaron y son el germen del actual centro cívico. Las viejas oficinas no se derribaron y son el germen del actual centro cívico. - Foto: Alberto Rodrigo

Desde su puesta en marcha en 1952, Campofrío fue ganando más y más mercado, lo que se compatibilizó con el crecimiento del barrio. Grandes bloques de pisos se fueron levantando al albor de la planta, lo que dejaba a la multinacional cárnica sin posibilidades de expansión. «Fue un salto cualitativo y cuantitativo muy importante. Pasamos de una fábrica antigua a una de las más modernas de Europa, con una tecnología puntera», afirma Luis Pérez Montero, director industrial de Campofrío. En el momento de la voladura ya se encontraba en nómina con la compañía cárnica burgalesa, aunque no pudo seguir el evento al estar destinado en las nuevas instalaciones. «Me contaron que fue una cosa muy rápida, de abrir y cerrar los ojos, pero un gran éxito dada la incertidumbre», apunta.

Realizar una voladura controlada era la solución más rápida y segura. Una demolición clásica, con los medios que había por aquél entonces, se hubiese prolongado mucho tiempo y generado más molestias. En apenas un mes, recuerda Pérez Montero, el solar quedó a cota cero a excepción de las oficinas, germen del actual centro cívico. A su lado, donde trabajaban centenares de personas, se levantaron posteriormente grandes bloques de viviendas.

En lo que antaño fue uno de los centros neurálgicos de la industria local hoy se dispone de un parque y una zona peatonal, amén de nuevos edificios que nada hacen recordar el pasado. Es precisamente esa una de las peticiones que hacen los vecinos, colocar un monumento, una placa o cualquier tipo de hito que de fe de la importancia que tuvo Campofrío para el barrio.«Habría que cuidar algo más la historia y el patrimonio industrial de Burgos», confiesa el propio Luis Pérez Montero.