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Cooperativas como pilares de tradición

I.M.L.
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Centenares de agricultores aportan sus uvas para dar cuerpo a los vinos de estas bodegas comunales, como la de San Roque de la Encina

A pie de báscula, los alumnos del CRA Riberduero aprenden cómo se toman muestras de los remolques para conocer el nivel de azúcar de las uvas, lo que se traducirá en el grado alcohólico de los vinos. - Foto: I.M.L.

Si el momento de vendimia ya es de por sí el más complicado del año para las bodegas, si estas elaboradoras son cooperativas las labores se intensifican ante la participación de muchos implicados en la elaboración de los vinos. Durante todo el año, los viticultores socios han cuidado sus parcelas para lograr la mejor uva y todos tienen que pasar por la báscula de pesado, el control de su producto y la tolva para depositar su cosecha. En la Bodega Cooperativa San Roque de la Encina suman sus racimos más de 250 socios para gestionar una media de dos millones de kilos de uva, lo que lleva a duplicar su personal en estas jornadas.

El primer paso es decidir cuándo se abren las instalaciones para la recepción de los frutos y, por lo tanto, cuando empieza la vendimia en Castrillo de la Vega. «Los agricultores se ponen nerviosos enseguida y cuanto antes metan la uva se libran de las lluvias de otoño, antes se metía mucho de golpe y no se podía controlar de dónde venía la uva», recuerda la enóloga de esta cooperativa ribereña, Luciana Calvo. Ese tapón de tractores esperando para descargar ya no es la estampa que se ve en esta cooperativa. «Ahora alargamos el periodo de recepción de uva para controlar muy mucho las parcelas de las que vienen y los kilos que vienen al día para poder tratarlos como queremos», especifica Calvo, que es la encargada de poner fecha, buscando el punto óptimo de maduración de las uvas, el mejor estado sanitario y unas condiciones meteorológicas que permitan trabajar.

Más allá de la cantidad de uva que manejan en esta cooperativa, el trabajo del día a día en vendimia no difiere mucho del de cualquier bodega. Controlar la uva que llega, su cantidad, su estado, su grado y su procedencia. De esto se hacen cargo un equipo de tres mujeres: una para tomar las muestras de todos los remolques que pasan para conocer su grado, y otras dos para llevar el control informático de todos los datos, para el registro de la DO Ribera del Duero y para el interno de la cooperativa. Por la pequeña caseta que hace las veces de oficina de control junto a la báscula pasan todos los viticultores socios con su carné acreditativo de la DO antes y después de descargar cada remolque. 

A partir de ahí, el proceso es el habitual: despalillado y a los depósitos para extraer el mosto, que la enóloga va catando para comprobar su evolución en la fermentación. Hasta su embotellado y puesta a la venta, los socios saben el resultado que ha dado el trabajo de todo un año, descubriéndolo al descorchar unas botellas que pueden adquirir como cualquier persona, eso sí, con un descuento.

De lo que presumen en la Bodega Cooperativa San Roque de la Encina es de la riqueza que aporta a sus elaboraciones la mezcla de tradición y modernidad. «Nosotros llevamos desde el 1956 elaborando como bodega y está guay tener a los mayores del pueblo, que con 70 u 80 años siguen vendimiando y lo hacen como lo hacían sus abuelos, en viñedos con más de 100 años plantados dos generaciones atrás», presume la enóloga. Unos cimientos sólidos que conviven con las nuevas técnicas y avances más modernos. Prueba de ello es el cruce frente a las tolvas para descargar de uva de tractores que podrían estar en un museo, grandes remolques de la vendimia mecánica, que ya es el 40% de la cosecha de esta cooperativa, y pequeñas partidas vendimiadas a mano en cajas por un par de amigos que, tras completar la cosecha, se juntan para almorzar.

El lado humano de esta cooperativa, muy pegada a su territorio, se demuestra en detalles como que, en plena vorágine de vendimia, no dicen que no a los alumnos del CRA Riberduero, «nuestros pequeños vecinos», les enseñan todos los pasos de su trabajo y les invitan a probar en primicia el mosto de esta añada. Así los niños, además de verlo en casa, se sienten partícipes de estos trabajos y puede despertarse en ellos el amor por el cuidado del viñedo para seguir construyendo futuro.