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Editorial

Europa se atreve a pulsar el botón rojo del embargo al petróleo ruso

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«Prescindir de todo el petróleo ruso no será fácil, pero tenemos que hacerlo». La confesión de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al presentar el próximo paquete de medidas sancionadoras a la economía rusa denota los esfuerzos que deberá hacer durante los próximos meses la UE para tratar de imponer un boicot total a las compras de crudo procedente de Rusia. Sin duda, este castigo se presenta como el más delicado desde el punto de vista político y el más sacrificado en lo económico desde que estalló la guerra. Nada más producirse el anuncio, el precio del Brent subió más del 4% y superó los 109 dólares por barril. Los cálculos más agoreros estiman que podría escalar hasta los 150 en ese periodo de transición hasta final de año que nos hemos dado para intentar amortiguar el impacto.

Irremediablemente, el embargo al oro negro de Moscú tendrá consecuencias directas para los bolsillos de los europeos. El golpe se augura extremadamente pernicioso en el actual contexto inflacionario. Toda industria que precise petróleo se encarecerá: alimentos, textiles, plásticos, cosméticos, transportes, aerolíneas, navieras, calefacción, etc. Hay países que no esconden sus temores a otra escalada vertiginosa de los precios de los combustibles como la que vivimos en los albores del conflicto. Por eso, no basta simplemente con apoyar las sanciones, Europa debe proteger a la par a ciudadanos y empresas del aumento de los costos de energía. Maximizar la presión económica sobre el Kremlin tiene que ir acompañado de otros movimientos que minimicen los daños colaterales. Para ayudar a Ucrania, nuestra propia economía tiene que mantenerse fuerte.

Europa cuenta con medios para llevar a cabo un embargo completo, pero necesita tiempo para buscar alternativas y redirigir la compra de barriles a otros países. Para evitar los chantajes y cortes de gas como los sufridos por Polonia y Bulgaria, se apremia también en reorganizar el mercado gasístico y librarse de Gazprom. Algunos de los países que más se oponían al desenganche energético han cambiado de tono tras diez semanas de bombas. En ese tiempo, Alemania ha logrado reducir su dependencia del crudo ruso del 35% al ?12% y Scholz ha dado un giro a la política exterior germana rompiendo con el inmovilismo prorruso. Eso ha facilitado las sanciones ahora propuestas, que aún precisan de esa aprobación unánime de los Veintisiete que algunos líderes, como Mario Draghi, critican ya sin ambages abogando por suprimir el derecho de veto. Para esquivarlo esta vez, Hungría y Eslovaquia contarán con un año más que el resto para adaptarse. Parece que las dudas sobre si la UE estará a la altura del envite y si será capaz de prescindir de la energía rusa se van disipando. Queda ahora por despejar cuál será la imprevisible reacción de Putin y si algo de esto servirá para parar la guerra.