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Una lección contra la intolerancia

S. G. Herráez (EFE)
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La magia de 'Eduardo Manostijeras' cumple 30 años como un canto a la aceptación y el respeto al más puro estilo 'burtoniano'

Una lección contra la intolerancia

Considerada por algunos críticos como la obra cumbre del cineasta en la que dio una vuelta de tuerca al mito de Frankestein y habló de la intolerancia a través de ese joven creado artificialmente que tiene tijeras en vez de manos, la película Eduardo Manostijeras de Tim Burton cumple ahora tres décadas.

La cinta nació de la idea de un dibujo creado por un adolescente Burton: «Era una imagen que me gustaba mucho. Me vino inconscientemente y estaba unida al concepto de un personaje que quiere tocar las cosas, pero no puede. Una figura que es, al mismo tiempo, creadora y destructora. Una imagen que surgió siendo adolescente, cuando era incapaz de comunicarme con el mundo exterior», indicó el cineasta en su estreno. El cineasta recordaba cómo, «al hacerse mayor, la tolerancia no es el sentimiento más común, al menos en Estados Unidos. Desde el primer día de la escuela nos clasifican, un tío listo, un buen deportista, un niño raro y otro normal».

Eduardo Manostijeras fue una lección contra esa clasificación que en muchos casos genera intransigencia. Una venganza contra el fanatismo, como el que sufre su protagonista por ser distinto. Eso sí, la película nació con mal pie. Tras el éxito de Batman un año antes, la Warner Bros deseaba rentabilizar al máximo ese botín de taquilla con el propio Burton, pero el complejo y poliédrico director tenía en mente su proyecto. Así, la Warner rechazó de plano Eduardo Manostijeras, pero pronto encontró acomodo en la 20th Century Fox.

El directos tenía claro desde que rodó Bitelchús que, para narrar su historia, quería contar con Caroline Thompson, una escritora y guionista tan rara como él y con la que luego escribiría también Pesadilla antes de navidad y La novia cadáver. Del mismo modo, también quería contar con su maestro, el actor Vincent Price que interpreta al creador de Edward, un papel escrito ex profeso para él. Y aunque débil y enfermo de un cáncer de pulmón, encarnó a este extravagante personaje, un amable sabio loco.

Contratadas las dos actrices principales, Winona Ryder que interpreta a Kim, la joven hija de la que se enamora Manostijeras; y Diane Wiest, que con una sutil y renovada elegancia da vida a la vendedora que descubre y despierta a la bestia, la dificultad era encontrar al protagonista. La 20th Century Fox puso sobre la mesa nombres como Tom Cruise, Jim Carrey, Robert Downey Jr. o Tom Hanks, e icluso Michael Jackson se autopostuló, interesado por el guión. 

Pero el elegido fue Johnny Depp. El joven actor de 26 años, que por aquella época se debatía entre la actuación y la música rock, encajaba como un guante de seda en ese excéntrico papel que representaba su propia rebeldía. Los que preveían una relación pasajera entre director y actor por dos personalidades tan acusadas como parecidas erraron el tiro ya que prácticamente la mitad de la filmografía de Burton está protagonizada por Depp y el actor siempre está a su disposición, pese a que su fama ha variado notablemente desde ese primer papel.

Rodada en Lakeland, Florida, y no en su ciudad natal, Burbank, donde Burton siempre había imaginado situarla, Eduardo Manostijeras pasa de la fantasía a la comedia y del enredo al drama sin solución de continuidad, pero en cada uno de esos estados siempre subyace una historia de amor.