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Alfredo Scalisi

Alfredo Scalisi


El cambio

20/04/2022

El otro día pasé por delante de un instituto de Burgos y sentí una sensación agridulce. En mi mente, un niño de 14 años, y digo lo de niño con toda la intención, entraba en ese centro por primera vez con una mezcla de ilusión, nervios y un poco de miedo. De esto han pasado cerca de 40 años. El tiempo huye, se escapa, vuela… y, cuando nos damos cuenta, nuestros cabellos, como dice el tango, platean nuestra sien.

Aquel niño pasó 4 años de su vida en ese instituto. Acababa de terminar EGB sin mucho esfuerzo, rodeado de los mismos chavales que durante ocho cursos habían crecido a su lado y que se conocían todos como si fuesen hermanos. Pero comenzaba una nueva etapa en su vida, nuevos amigos, nuevos profesores, nuevas exigencias… En general, navegamos por la existencia de manera tranquila y entre corrientes que, como podemos, vamos aprovechando o sorteando buscando la dirección correcta. Pero siempre, en mayor o menor medida, nos encontramos en nuestro viaje con violentos temporales que llenan nuestra alma de desconcierto y, a veces, de dolor. El niño de 14 años notó el cambio como el pobre grumete que se enfrenta a su primera tormenta y la pasa acurrucado en un rincón, esperando a que el tiempo amaine. Y como siempre pasa en el cielo y también en la vida, después de la tempestad brilló el sol, y con la ayuda y el desvelo de gente maravillosa, cuatro años después llegó a buen puerto.

Ahora, pasado casi medio siglo, llega el momento en que su hija tiene que flanquear esa puerta por la que él comenzó a descubrir lo que era la vida de verdad. Actualmente, la niña tiene 12 años, y empezará a vivir ese proceso de cambio en el que la infancia queda atrás ante el empuje imparable de la adolescencia. Ahora le toca a él ayudar, guiar y dirigir el recorrido vital que su 'pequeña' va a experimentar en estos años. Todo ha cambiado mucho a lo largo de este tiempo para que, como decía Lampedusa, todo siga igual. Que las tormentas de la vida no cambien el estupendo rumbo por el que navegas, mi niña, y que amarres siempre en puertos maravillosos en los que no abunde el botellón.