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Las Huelgas

MARTÍN GARCÍA BARBADILLO
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"Las Huelgas acoge el Museo de Telas Medievales. Conserva el Pendón de las Navas de Tolosa, icono de la cultura local"

Las Huelgas - Foto: Valdivielso

¿Qué es? El monasterio de Santa María la Real de las Huelgas es un monasterio de monjas cistercienses, y un sitio de mucho poderío.

Edad. Fue fundado en 1187 por el rey Alfonso VIII de Castilla y su esposa Leonor de Plantagenet, así que pasa de los 800 años.

¿De mucho poderío? Sí, lo impulsó la reina Leonor para empoderar a las mujeres dentro de la Iglesia. Su abadesa dependía directamente del Papa, gozaba de su propio fuero, es panteón real, tenía cientos de posesiones y gobernaba sobre decenas de villas. Y así hasta el siglo XIX. Ahí es nada.

¿Y dónde está? Cae alejado del centro de la ciudad, en el barrio del mismo nombre, una zona hermosa. El entorno no recuerda a una ciudad ni a un pueblo, evoca más bien a otra época o a un escenario cinematográfico. Es un verdadero viaje en el tiempo que te recomiendo efusivamente. ¿Y sabes lo mejor?

¿Qué? Que puedes disfrutar de todo esto apaciblemente, porque no va nadie. He hecho una encuesta, con el nulo rigor científico habitual, y los que lo habían visitado lo hicieron hace siglos con el colegio. Va algún turista, pero como cae a trasmano tampoco son multitudes. El barrio, como no pilla camino de nada, también es muy tranquilo.

¿Y qué hay por allí? Te lo voy a contar como si fuese un paseo, para que te animes. Si quieres un baño de Burgos clásico, melancólico e histórico puedes salir del Espolón y seguir el curso del río por La Isla, aunque te desvíes un poco. Después, lo suyo es atravesar La Castellana y entrar al barrio por el Arco del Amparo y ahí empieza la película. Nada más cruzarlo, se te pone cara de infante de Castilla.

No será para tanto. Hombre, se trata de meterse en el papel. Sigues avanzando y caminas sobre la calzada empedrada de guijarros redondos, un placer para la vista y una faena para los amortiguadores de los coches y los zapatos de aguja. Lo primero en aparecer son las casas bajas del barrio, que conserva algunos bares tradicionales de los buenos. Al poco, a la izquierda, surge la torre del monasterio. Es una mezcla entre torre de iglesia y castillo; la vedad es que si llegas un martes plomizo de noviembre, al final de la tarde, da miedo. Se levanta detrás de un muro altísimo por el que asoman las copas de creo que cipreses.

Lo pintas bien. Continúas pisando piedras redondas, en paralelo al monasterio por una calle en curva, hasta llegar a un arco mucho más solemne y largo que el anterior y que da entrada a una plaza. Se llama Compás de Adentro; bonito nombre. No es que huela a medievo, ahí es que ya te has caído en la marmita directamente.

¿Y que hay en esa plaza? Es enorme, el acceso es libre y permanente; nunca hay nadie, y es fabulosa. Contiene los edificios anexos del monasterio. Es como un set de cine; dan ganas de tener allí una cita secreta, ya sea amorosa, relacionada con el espionaje o con algo peor. A la izquierda, otro arco deja ver la torre-fortaleza, como enmarcada. Muy fino.

Estás un poco flipado con el lugar. En fin, ¿y qué se puede ver dentro? Más que ver, que hay mucho, es un lugar en el que sentir, y se siente mucha paz. Más allá de lo bastante, poco o nada religioso que sea uno, hay que reconocer que la construcción es increíblemente funcional; es un monasterio y todo está perfectamente diseñado para los usos propios de un convento, es decir, lo relacionado con la espiritualidad. Y eso se percibe.

Sigues flipado. Te guío por un secreto fabuloso y me insultas. Lo digo en serio, siendo la arquitectura del conjunto fastuosa, lo que más llega, al menos a mí, es la atmósfera que crea, la sensación en la que te atrapa. Es difícil de explicar.

Entiendo, pero insisto, ¿qué se puede ver? Está bien. Como ocurre en la catedral, tienes el canon occidental completo y parte del oriental, con variedad de estilos de múltiples siglos. La iglesia impresiona con sus asientos de madera para las monjas y los sepulcros. Hay enterrados un montón de reinas y reyes de Castilla, aunque muchas tumbas fueron expoliadas por las tropas napoleónicas en el XIX. Hay también dos claustros. El de San Fernando es más grande y conserva yeserías de estilo hispanomusulmán de animales en sus galerías. En esa zona se ubica la sala capitular, un espacio espectacular que te describo: es cuadrada, suelo de madera, vidrieras de colores que crean una luz muy particular y cuatro pedazo de columnas centrales con forma de palmera que la sustentan. Dan ganas de coger un sillón y echarse en medio a leer toda la tarde, o toda la vida. Aunque también es perfecto para celebrar tu ceremonia de coronación como rey del universo. El sitio da pie a ambas cosas.

No seas megalómano. No sería el primero. Franco celebró ahí el acto de la jura de los consejeros del primer Consejo Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. el 2 de diciembre de 1937; qué le vamos a hacer. Pero sigamos, el otro claustro, Las Claustrillas, es mi rincón favorito del monasterio; más pequeño que el anterior, ajardinado y de aire románico. Pasearlo es subir a la cumbre de la paz de la que te hablaba. A veces, mirando por la ventana de mi casa (da a una rotonda atestada de coches) alucino con que en la misma ciudad, tan cerca, exista un sitio así. Y hay más.

Como siempre. Las Huelgas acoge el Museo de Telas Medievales. Conserva el Pendón de las Navas de Tolosa, icono de la cultura local, y una colección de trajes de época brutal que proceden, sobre todo, de los ajuares funerarios de los y las monarcas enterrados en el lugar. Es como el sueño húmedo del responsable de vestuario de Juego de Tronos hecho realidad.

Está claro que te gusta el sitio. No te lo pierdas.

Si quieres parecer integrado. Pasea con aire místico por sus claustros.

Nunca, nunca, nunca... Vayas buscando este sosiego el día del Curpillos. Se celebra allí y se pone hasta arriba. Tienes el resto del año.