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Editorial

Cae un símbolo de la pandemia: España se despide de la mascarilla

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700 días después de que una orden regulara los cubrebocas, allá por mayo de 2020, el Consejo de Ministros dio por finalizado ayer su uso de forma obligatoria en interiores, a excepción del transporte público, los centros médicos y las residencias de mayores. En estos entornos seguirá siendo preceptivo su utilización, así como en aquellas reuniones con personas vulnerables, aglomeraciones, actos multitudinarios y en aquellos centros de trabajo donde los responsables en materia de prevención de riesgos laborales así lo estimen. Los colegios quedan exentos de manera general, por lo que, a partir de hoy mismo, tras la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE), alumnos y profesores podrán retirar esta protección que tantos debates ha suscitado durante estos dos largos años de crisis sanitaria.

Más allá de las vicisitudes por el precio, adquisición y posterior distribución a la población y que aún hoy siguen sin aclararse contratos adheridos a la compra de este material sanitario por parte de las administraciones y frente a aquellos que han negado su efectividad, la mascarilla ha sido un elemento vital para frenar el COVID-19 en las distintas olas hasta que la vacuna la ha ido orillando a medida que la inoculación llegaba a prácticamente la totalidad de la sociedad. Desde la primavera de 2020, ha sido una prenda más en el día a día, con el beneplácito de los ciudadanos españoles que, al contrario, de otros países, acataron con ejemplaridad, como otras tantas restricciones, su cumplimiento a lo largo de estos casi 24 meses.

Sin embargo, la arbitrariedad de su uso ha sido una constante durante todo este tiempo, al igual que las restricciones. En este caso, se toma la medida sin el respaldo de la comunidad científica, más proclive a analizar el efecto de la Semana Santa y comprobar si se produce un repunte en los contagios. En cualquier de los casos, los expertos reclaman prudencia y sentido común a la hora de erradicar del día a día la protección. Igualmente, existen serias dudas en los centros de trabajo que no tienen una pauta clara de cómo actuar en esta nueva fase de la pandemia. Una de las lecciones que ha enseñado el coronavirus es que todavía puede resurgir con nuevas variantes, mientras que haya, por ejemplo, una gran parte de la población mundial sin vacunar. Toda vez que la obligación se elimina, no estaría de más, por parte de las administraciones, no cantar victoria ni lanzar mensajes populistas y que opten por campañas de concienciación y recomendaciones de un buen uso, hasta que los científicos den por superado o gripalizado un virus que, de entrada, nos borró la sonrisa de nuestras caras.