Otra losa más

Marina Segura (EFE)
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Al ya de por sí complicado duelo tras la pérdida de un ser querido, se añade ahora el confinamiento decretado por la crisis de coronavirus, que impide acompañar al enfermo en sus últimas horas o despedirle en un funeral

Otra losa más - Foto: Flavio Lo Scalzo

El duelo por la muerte de un ser querido con coronavirus hace más complicado encajar el golpe que en otras situaciones: la despedida no es posible, falta la calidez del entorno, la sensación de culpa y enfado es mayor, y todo se ralentiza. Para superarlo será necesario hacer en el futuro un reconocimiento social colectivo.
Carlos tiene cáncer y lleva 15 días aislado en su domicilio de Madrid, una ciudad «en estado de guerra» (más de la mitad de los casos de COVID-19 se concentran en la Comunidad de Madrid).
En estas dos semanas, no ha podido ver a su familia -uno de sus hermanos está en casa con su pareja enferma de leucemia y su otro hermano vive en Galicia-. Recientemente perdió a su padre, ingresado en una residencia después de una operación de rotura de cadera que se complicó.
Tanto Carlos como sus otros dos hermanos pudieron despedirse de él por teléfono -la entrada a las residencias está prohibida para evitar exponer a los mayores, grupo de riesgo, al coronavirus-.
En estos complicados momentos, se pregunta: «¿Con qué te quedas? Que has hablado con tu padre y que ya no lo vas a ver más». «Y las nuevas tecnologías te facilitan que, como no hay velatorios, la gente que te quiere te esté llamando y mandando vídeos. Tú estás solo, pero virtualmente muy acompañado», agrega. 
La catedrática de Psicología Clínica de la Universidad Complutense de Madrid Mari Paz García-Vera, y la profesora de Sociología de la Universidad Europea de Madrid Rebeca Cordero, explican la importancia de desarrollar estrategias personales ante esta crisis epidemiológica.
Ambas coinciden en que existen distintos modos de elaborar el duelo y consideran esencial no sentir culpa por no haber estado junto a los seres queridos en su despedida, aunque sí tristeza. «No ha sido una elección ni ha dependido de ellos la soledad de sus familiares», subraya García-Vera, exdelegada del Gobierno en Madrid y experta en emergencias que ha colaborado con la Policía, la Guardia Civil y la Unidad Militar de Emergencias (UME) del Ministerio de Defensa en tragedias como el accidente aéreo de Germanwings de 2015.
Aunque sea complicado de entender ahora, apunta, por su parte, Rebeca Cordero, el hecho de no haber acompañado a los difuntos en sus últimos momentos de vida es de una «enorme generosidad social» porque ha evitado que otros mueran, impidiendo el avance de la cadena de contagio, y «probablemente al fallecido tampoco le hubiera gustado participar en la extensión» de una enfermedad para la que aún no existe una solución.


Héroes en una batalla 

Una vez que se regrese a la normalidad, las dos expertas consideran «necesario» un reconocimiento social colectivo, -todo tipo de actos públicos solidarios-, porque unen a la comunidad y fortalecen al individuo.
Es preciso poner de relieve, afirma García-Vera, que las personas que están sufriendo no están solas y, además, los reconocimientos mueven a reflexionar sobre lo ocurrido. «Ahora mucha gente solo está actuando, no tienen tiempo para pensar», asevera en este sentido.
Igualmente, Rebeca Cordero apunta a que «la rendición de culto colectivo hace que el individuo se sienta mucho más fuerte, porque percibe la fuerza del colectivo. Mi ser querido se fue en una extraña situación, pero es alguien socialmente, es como una especie de héroe en esa batalla». A partir de ahí, comienza a generarse una narrativa coherente de lo sucedido, añade la socióloga.
Inevitablemente, la actual situación de estado de alarma y, por tanto, confinamiento en España, obliga a «postergar el duelo, pero se pueden hacer pequeños actos individuales o en familia (con la que se convive) que pueden ser, por ejemplo, salir con los niños a la terraza a mirar las estrellas o después de «los aplausos por nuestros sanitarios escribir una carta de despedida entre todos y dejarla en la terraza con la ilusión de que la persona que se ha ido la lea después», explica la psicóloga clínica.
En cuanto a la ausencia de contacto físico, la estrategia es pensar que es «algo temporal que nos mantiene a salvo y, cuando sintamos ganas de achuchar, se puede sustituir por algo que nos cuesta mucho hacer hoy: decirle a la gente lo importante que son para nosotros, las cosas que hacen bien, las cosas que valoramos mucho, su esfuerzo».
«Quizá esta sea una oportunidad para desarrollar mucho más esas gafas de ver lo que la gente hace bien y de decírselo», añade García-Vera al respecto. El duelo, afirma la catedrática, tiene dos partes para avanzar: el trabajo emocional de ir aceptando poco a poco y, al mismo tiempo, «seguir funcionando, distraerse de esa tristeza, hacer cosas», todo ello sin prisa ni agobios.
Es verdad, añade la socióloga, que estamos confinados, pero «tenemos la suerte de tener redes e internet que nos permiten hacer conversaciones grupales diarias y tenemos que hablar de la persona muerta, que nos hará estar fuerte». Hoy más que nunca es necesario «extender en el tiempo el contacto telemático con los familiares». «Todos van a necesitar a hacer una despedida, todos van a tener que cumplir un rito, y si el rito no lo podemos hacer ahora, lo tendremos que aplazar», indica Cordero.