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Juan José Laborda

RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


El último libro de Jorge Martínez Reverte

16/01/2022

Se acaba de publicar el libro que escribió Jorge M. Reverte (Madrid, 1948-2021), El vuelo de los buitres. El desastre de Annual y la guerra del Rif, con la colaboración de dos historiadores, M´hamed Chafih (Alhucemas, 1962), y Sonia Ramos (Paris, 1968).
Este último libro confirma el juicio de Antony Beevor, el gran historiador británico de las guerras del siglo XX, sobre los trabajos de investigación bélica de este autor: «Jorge Martínez Reverte es el mejor historiador español sobre asuntos militares». Y Beevor no conocía todavía esta obra, lamentablemente póstuma. 
En efecto, sus estudios sobre los principales acontecimientos bélicos de nuestra Guerra Civil (y sobre la División Azul en la II Guerra Mundial) le consagraron como un historiador excelentemente informado, caracterizado por una objetividad científica excepcional (sobre todo en los actuales tiempos de sentimentalismos, deformadores de la verdad histórica), y dotado de un pulso narrativo, muy apreciado en sus novelas policíacas de la saga de Gálvez. Pero para muchos, los libros inolvidables de Reverte han sido el que dedicó a su madre, Josefina Reverte, cuando pidió a sus hijos que facilitaran su eutanasia, y la narración personal sobre su personal lucha contra el ictus, una batalla admirable contra la desesperación; Jorge falleció de otra enfermedad. 
El libro de Reverte estudia el famoso desastre de Annual, la tremenda derrota de las tropas españolas, dirigidas por el general Manuel Fernández Silvestre (Cuba, 1871-Annual 1921), que tuvo lugar en Annual, una población del entonces protectorado español de Marruecos, a unos 60 kilómetros de Melilla, ocasionada por las tropas de Abd el-Krim ( Rif, 1882-Egipto,1963), que tuvo lugar entre el 22 de julio y el 9 agosto de 1921, fechas que comprenden, además, la subsecuente derrota y matanza de soldados españoles, a manos de los rifeños, en Monte Arruit, también cerca de Melilla. 
Jorge Martínez Reverte calcula, según datos oficiales, en unos 12.000 soldados muertos, incluyendo oficiales, como el general Silvestre, y las noticias, y las fotografías de miles de cuerpos muertos, pasto de los buitres (la mayoría de los soldados fueron asesinados cruelmente por la población bereber), y cientos de prisioneros en poder de los rifeños insurrectos, pusieron en crisis el sistema político de la Restauración, afectando al rey Alfonso XIII, y que justificaría el golpe de Estado del general Primo de Rivera de septiembre de 1923, con las consecuencias posteriores. El golpe de Estado impidió que el parlamento debatiese el informe que había hecho un honrado y competente militar, el general Picasso (familia del artista), sobre las responsabilidades de lo sucedido; la corrupción y la incompetencia de los gobernantes y de los mandos militares quedó demostrada, pero el golpe la convirtió en agua de borrajas. 
La narración de Jorge M. Reverte se extiende, fundamentalmente, al año de los trágicos sucesos del Rif. Sin embargo, su análisis asciende al pasado de la presencia española en el norte de África, y con las consecuencias de la vergonzosa derrota del ejército español en Marruecos, desciende a un porvenir de inestabilidad política e institucional, producto en gran medida de las presiones de los militares africanistas y sus voceros políticos, que llevarían a España a otros golpes de Estado (esta vez contra la II República en 1932 y 1936), y finalmente, a la Guerra Civil. 
Ejemplos significativos: el general José Sanjurjo (Pamplona 1872-Cascaes 1936), responsable del golpe fallido de 1932, y el máximo dirigente del golpe de 18 de Julio de 1936, ostentaba el título de Marqués del Rif, por méritos en la toma de Alhucemas (1925); otro africanista, Francisco Franco (Ferrol, 1892-Madrid, 1975), le sustituyó en el mando, tras su muerte en accidente de avión. 
Las desgracias en el Rif se analizan en el marco de la colonización de España en Marruecos, que Reverte sitúa en el amplio proyecto europeo de dominar África. España acababa de sufrir el trauma de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, sus últimos dominios históricos, y por eso, y también por su relativo aislamiento o neutralidad internacional (inclinación de Cánovas, el fundador de la Monarquía de 1876), su participación en el llamado reparto de África, una escandalosa rebatiña de las potencias europeas en el continente africano, fue mínimo, y siempre con el permiso de Francia, Gran Bretaña, y a veces, de Alemania. Europa pudo apoderarse de África, por su superioridad técnica, y porque entonces su población era muy superior a la que tenía África (hoy la relación es la contraria, con una cifra muy favorable a África).
El sultanato de Marruecos era un Estado que podríamos calificarlo de fallido. Incapaz de hacer obedecer su autoridad, imposibilitado para cobrar impuestos (como en el Rif), se mantenía por la voluntad, y por los equilibrios internacionales de Francia (presente en Argelia y Túnez), de Gran Bretaña (poniendo límites a Francia), y de Alemania (cuyo káiser buscaba afianzarse en Turquía, y en Marruecos). Consecuencia: las tres potencias celebraron la conferencia de Algeciras (abril de 1906), a la que invitaron a todos los países europeos, y los británicos, alarmados por la presencia alemana en la zona, se acercaron diplomáticamente a Francia (germen de la alianza posterior), y forzaron a que España, con su apariencia de éxito internacional, se hiciese cargo del protectorado del Rif, un envenenado regalo que nadie quería, y que poco después intoxicaría de militarismo al sistema constitucional español.