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Editorial

El horror de Bucha obliga a dar una respuesta a la altura

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El rastro de sangre que han dejado las tropas rusas en su repliegue de los suburbios próximos a Kiev ha conmocionado al mundo. Las evidencias de la masacre de más de 400 civiles en Bucha ha hecho saltar todas las alarmas de la comunidad internacional ante unas imágenes que recuerdan las más terribles atrocidades cometidas en conflictos bélicos en la historia reciente de la humanidad.

El Gobierno de Zelenski habla de la peor masacre en Europa desde la II Guerra Mundial y de genocidio, mientras que el alto representante europeo para la Política Exterior y de Defensa, Josep Borrell, aseguraba que estamos viviendo una «horas sombrías». Fosas comunes, cadáveres abandonados y ejecuciones sumarias son algunas de las dantescas escenas encontradas en las calles de esta pequeña ciudad liberada del horror y convertida en otro símbolo de una brutalidad de la guerra que no hace otra cosa que alejar el final del conflicto.

Occidente ha condenado sin paliativos las imágenes de la retirada del ejército ruso en Bucha. Estados Unidos ha solicitado que Putin sea juzgado por crímenes de guerra ante las pruebas de crueldad y horror impuesto por sus tropas y en Europa, la presidenta del Parlamento, ha reclamado también sanciones y un golpe contra la economía rusa a la altura de las atrocidades cometidas. Sobre la mesa, la creación de un tribunal de guerra para condenar a los responsables máximos de la masacre y un nuevo paquete de sanciones urgentes para doblegar la voluntad de Putin de mantener su 'operación especial' en Ucrania, mientras desde Moscú se intenta dar la vuelta a la situación denunciando montajes y fake news.

La pregunta que se plantea ahora la comunidad internacional, y más aún la Unión Europea, es qué más queda por sancionar. La catarata de medidas adoptadas contra oligarcas y dirigentes rusos en los más de 40 días de invasión rusa de Ucrania apenas deja rendijas sobre las que ahondar en la presión al Kremlin, si no es ya optando por la más traumática: el embargo energético, o lo que es lo mismo, cortar el acceso al gas y al petróleo ruso. Una decisión que parece necesaria pero que vuelve a colocar en un brete a Europa y a provocar enfrentamientos en Bruselas. La dependencia energética que mantienen buena parte de los socios, especialmente Alemania, del gigante ruso en plena crisis energética hace difícil que se pueda dar el paso adelante para adoptar una medida que, a buen seguro, sería casi letal para la economía de Moscú, a costa, claro, de la propia economía y de asumir el coste en una Europa que aún trataba de recuperar el pulso por el paso del coronavirus.