«Cuando un sanitario enferma es un paciente más»

ALMUDENA SANZ
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Especialista en medicina del trabajo, Juan Gabriel Martínez se sumó al servicio de salud laboral del HUBU como refuerzo para colaborar en el 'cuidado' de su personal durante la crisis

«Cuando un sanitario enferma tiene las mis un paciente más» - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Cuando el 18 de marzo Juan Gabriel Martínez se subió en su coche para ir al trabajo no cogió el mismo camino de siempre. Enfiló otras calles, se paró en otros semáforos y cruzó una puerta que no era la que llevaba pasando en los últimos años. Especializado en medicina del trabajo, profesional del servicio de prevención de Quirón, se convirtió en uno de los refuerzos del Hospital Universitario (HUBU) procedentes de la sanidad privada en cumplimiento del decreto del estado de alarma. Ha formado parte del equipo de médicos que cuidaban a los trabajadores del complejo. 

«Aunque ya uno peina canas, salirte de tu zona de confort te genera alguna pequeña duda y el primer día, a pesar de mis 27 años de experiencia en salud laboral más otros cinco en urgencias hospitalarias, tenía esa sensación de gusanillo que sientes en tu primera guardia. Me duró lo que tardé en entrar en la consulta y ponerme la bata», expone ya sentado en su mesa de siempre, donde se reincorporó el pasado 8 de junio y donde, con el poso que deja la distancia, recuerda la experiencia vivida esos casi tres meses. 

Sus primeras palabras son para el grupo, capitaneado por la doctora Renedo Martínez, con el que colaboró. «Para llegar casi de okupa fui muy bien recibido y desde el principio me trataron como uno más. Ha sido un placer y estoy enormemente agradecido (también a sus compañeros de Quirón)», remarca Martínez, que fue el único ‘intruso’ en el departamento durante todo el periodo, salvo dos semanas que se unió una doctora de otra mutua. 

Su trabajo allí fue la atención y ‘cuidado’ del personal que podía ser sospechoso de tener SARS-CoV-2; proporcionar los medios que en cada momento se disponían, «porque no hubo de todo desde el principio», para hacer un diagnóstico rápido, «por la detección de la enfermedad en sí y por la repercusión que como sanitarios tenía su posible contagio»; la realización de test de cribado; recibir a los sanitarios que presentaban síntomas durante la jornada laboral, a los que trataba directamente; y la vigilancia activa telefónica de los casos positivos, que, por lo tanto, se cogían baja laboral. «Curiosamente, pese a ser por teléfono, se establecía una cierta relación de intimidad y cuando se terminaba el proceso, sí nos quedábamos con una sensación rara porque no íbamos a volver a hablar», anota. A alguno tuvieron la oportunidad de ponerle cara porque se pasaron por allí para buscar y saludar a su ‘vigilante’. 

¿Y cómo son los sanitarios como pacientes? «Como la población general. Es de perogrullo, pero los sanitarios también se ponen enfermos y cuando están al otro lado se convierten en un paciente más y afloran las mismas emociones y miedos. Todos tenemos padres mayores a los que tenemos temor de contagiar; problemas para dejar a los hijos; y no todos disponemos de una casa de tres pisos donde aislarse. Son gente normal y corriente que se pone enferma, se agobia y se angustia y que tiene vida como los demás, solo que su trabajo consiste en cuidar a los demás», responde, se calla y conmina a mirar el perchero de su consulta. «¿Tú has visto que me he quitado una capa? No soy ningún héroe», continúa y se quita el sombrero, que tampoco ha traído, para rendirse ante los que sí lo han sido, los que han estado en la trinchera, en la primera línea contra la covid-19. «Esa gente se ha matado, se merece todos los respetos, se ha jugado el bigote y se ha demostrado: de los enfermos confirmados, más del 20% son sanitarios», señala y agrega que ante esta situación su obligación era «saber gestionar las emociones de un compañero que se ha agobiado». 

Él también ha vivido momentos malos. No podía ser menos. Rescata el mal cuerpo que le dejó el que algún sanitario sobre el que hizo vigilancia activa considerara que no le habían hecho caso. «Me sentí triste porque seguro que he cometido muchos errores, pero no he fallado en la dedicación por hacer lo que los procedimientos marcaban». O el momento de coger el coche al término de la jornada «en el que pensabas ‘espero haberlo hecho todo bien para no llevar a casa el riesgo de contagio’. A mí me pagan por asumirlo, pero a mi mujer y a mis hijos, no». 

Y metido ya en la nueva rutina, sí tiene claro que han hecho su trabajo «lo mejor que hemos podido y nos han dejado». ¿‘Nos han dejado’? «Esto ha venido como una losa, sin tiempo de reacción, al principio no se disponía de todo el material deseable», contesta y aplaude la nueva medida de contar con una reserva para dos meses, convencido de que «la crítica debe ser para buscar soluciones, no culpables; es la única manera de aprender y estar preparados para lo que nos viene». Y es que Juan Gabriel Martínez no se fía nada de este virus que sigue rondándonos a todos.