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Un político de novela

R. PÉREZ BARREDO
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Alfonso Guerra ofrece este miércoles 16 de febrero, a las 16,30 horas en el Aula Magna del Hospital del Rey, la conferencia 'Monarquía o República ¿Cuál es el problema?' dentro de la Cátedra Monarquía Parlamentaria

Alfonso Guerra, en una imagen de archivo.

Siempre tuvo ingenio, que hacía estallar con verbo ágil y arrebatado en declaraciones públicas y debates encendidos. Lengua viperina a veces, otras filo de navaja, las más lúcida y aguda, el país que es hoy España no podría explicarse sin el concurso de este sevillano lector impenitente, amante de Antonio Machado, bético por coherencia, cerebro gris del socialismo, mano derecha (e izquierda) del Felipe González arrasador de los 80 -con quien formó tándem histórico-. "El día que nos vayamos, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió" es una de sus frases lapidarias más famosas, pronunciada tras la exuberante victoria del PSOE en las generales de 1982. Acertó: en la década que siguió a aquel éxito electoral España se transformó en un país moderno.

Mucho antes de convertirse en uno de los políticos más importantes de la Transición, este hijo de un pastor de ovejas supo de la escasez de todo. Alimentaban su espíritu las lecturas que, en voz alta, el padre de aquella familia numerosa (trece hijos, nada menos) compartía con su prole: como el hechicero de la tribu en torno al fuego, de su boca salían las palabras de novelas por entregas como Los Miserables. Merced a esa poderosa oralidad, cautivo para siempre de la literatura, el acceso a la escuela fue para él una epifanía; no digamos poder frecuentar su biblioteca, donde se le reveló, por encima de todos, el Steinbeck de Las uvas de la ira. Más tarde llegaron todos los demás: Galdós, Valle Inclán, Chéjov, Tolstoi, Stendhal, Balzac, los clásicos latinos, Cervantes, Goethe, Jorge Manrique, Sartre, Camus y, por encima de todos, Antonio Machado, de cuya mano llegó a Pablo Iglesias, padre del socialismo español. El resto, como saben, es historia.

Ya envenenado de política, Alfonso Guerra habitó las catacumbas de la clandestinidad. Pero estas no fueron oscuras: convertido en un librero que respondía al nombre de Andrés (todos empleaban un alias), en los anaqueles más recónditos de aquella babélica cueva de papel se acumulaban todas las obras prohibidas, y en su trastienda se celebraban conciliábulos de jóvenes fumadores con jersey de cuello alto que se sentían llamados a cambiar los designios de España. Allí se fraguó Suresnes. Y tantas cosas. Licenciado en Filosofía y Letras y en Ingeniería Industrial, a la muerte del dictador lo apostó todo a la carrera política.

Aunque cultivó siempre cierta imagen de tipo un tanto hosco, polémico, mordaz, maquiavélico, venenoso fustigador de contrincantes, en las distancias cortas exhibía siempre un carácter cercano, humano, solidario al decir de quienes le trataron en la intimidad. "Como sucede siempre con la gente famosa, la imagen no se corresponde con la realidad profunda del personaje. Ese carácter un tanto desabrido y sarcástico no se corresponde con la realidad", afirma un veterano compañero del político andaluz. Basta un ejemplo: cuando Adolfo Suárez, a quien tantas veces despedazó en la arena política ('tahúr del Misisipi', le bautizó), se hallaba ya perdido en el laberinto de la desmemoria, Guerra nunca dejó de visitarle con frecuencia durante mucho tiempo.

No conviene olvidar su papel esencial en la Transición: al margen de los 'padres' de la Constitución, fueron Alfonso Guerra y Abril Martorell los que fraguaron el consenso entre bambalinas, en reuniones en restaurantes de Madrid que se prolongaban hasta la madrugada entre cafés, whiskys y cigarros. Fueron ellos dos quienes desbloquearon la encallada negociación para la Carta Magna en mayo del 78. Acordando, entre otras cuestiones, que la forma de Estado sería una Monarquía Parlamentaria. Por más que en ese momento al PSOE aún le seducía más la forma de República, así se acordó. Que este miércoles Alfonso Guerra vaya a participar en la Cátedra Monarquía Parlamentaria en la Universidad de Burgos tiene, pues, todo el sentido y el interés del mundo.

El que fuera vicepresidente del Gobierno durante una década y diputado entre 1977 y 2015 (amén de poderosísimo hombre dentro de su partido) "está profundamente identificado con la patria común que está en la Constitución y que se llama España. No es un nacionalista español. Es un patriota español. Patriota es aquel que es leal a su país, al lugar donde ha nacido, donde están las tumbas de sus padres. Pero al mismo tiempo puede ser leal a Europa, a la Humanidad. Puede tener lealtades múltiples; un nacionalista sólo es leal a una única cosa. Alfonso Guerra tiene una profundísima conciencia de ser Español", subraya un político que compartió con él aquellos años en los que se edificó el país en el que hoy vivimos.

Retirado de la política (también dejó la presidencia de la Fundación Pablo Iglesias), sigue siendo un referente del socialismo español y su opinión todavía es influyente. Hay quienes dicen que Alfonso Guerra tiene algo, o mucho, de personaje de novela. No suena exagerado sabiendo de su condición de latraherido, de exlibrero, de escritor también (ha firmado memorias y obras sobre teoría política). En cierta ocasión dijo que no existe mejor definición de España en su historia que la lucha entre lo real y lo ideal. Ahí está su profundo conocimiento del Quijote. Novelesco Guerra.