«También hay mucho puterío, se liga y se lo pasan en grande»

P.C.P.
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AL PIE DEL CAMINO (II) | Mari Paz Espinosa lleva cuatro décadas en supermercados Ruiz de Belorado

Paz Espinosa (i.) y Elisa, que trabaja en el supermercado de la Plaza Mayor de Belorado. A su izquierda, dos peregrinas. - Foto: Luis López Araico

Activa y vivaracha, controla todo con mil ojos, algunos incluso en la espalda pues siente quién entra mientras cobra en la caja y sabe lo que cada uno va a echar en la cesta incluso antes de que haya enfilado el pasillo correspondiente. No en vano lleva casi 40 años al frente de Alimentación Ruiz junto a su marido Fernando, que da nombre a un negocio con 3 tiendas, la principal en la Plaza Mayor de Belorado. Desde aquí controla prácticamente a todos los peregrinos que llegan a la villa. «Han llegado a pasar por aquí 300 en un día de mayo, el mes bueno. Es un goteo continuo, un euro, dos euros, tres euros», apunta para asegurar sin reparos que son una de sus fuentes fundamentales de ingresos, sino la principal. «Medio año como de ellos porque el pueblo está muerto, muerto. En verano sí que viene mucha gente de fuera pero en invierno...», deja caer Mª Paz Espinosa.
Los carteles de ‘se vende’ que cuelgan de pisos y edificios completos del centro de Belorado confirman el éxodo poblacional. Mientras las casas se vacían, los alojamientos se llenan. Al menos antes del coronavirus. «Hay épocas en las que no tienen sitio para quedarse» y eso con media docena de albergues y varias casas rurales abiertas, además de hoteles y habitaciones. «Dicen que es el pueblo que más plazas tiene», explica. Este verano no es el caso. Varios establecimientos permanecen cerrados y el resto funcionan «a medio gas». En el supermercado Ruiz también ha hecho mella la pandemia y no han podido contratar a mayores de los 11 trabajadores de plantilla en las 3 tiendas. «No hay volumen», reconoce Paz, pese a que en la segunda mitad de julio han comenzado a aparecer los peregrinos y se alternan con la clientela habitual del verano.
Plátanos, naranjas, jabón, macarrones y arroz conforman la cesta básica del peregrino en este supermercado, donde son capaces de adivinar la nacionalidad por lo que coge cada uno de las baldas. «Pero también compran mucha cerveza y mucho vino», añade con cierta sorna. Los que más vino demandan son los asiáticos. «Y se ponen colodros», se ríe Paz. También se le alegran a ella los ojillos porque no van precisamente a las etiquetas más baratas. «Esos vienen con perras», reconoce. Son, de hecho, los que más dinero dejan en su tienda. Por contra, «los que menos los brasileños», con un poder adquisitivo inferior y otro modo de entender la peregrinación.
Paz siente especial predilección por los caminantes de origen germano. «Me dicen que soy la única que sabe alemán en todo el Camino», presume orgullosa, porque se vivió en ese país hasta que se casó. También habla inglés, como demuestra al cobrar a un cliente con aspecto australiano. «He hecho  amigos alemanes y me escribo con ellos. Al final esto es muy familiar y estoy encantada de la vida», no solo  por la clientela, sino por Belorado. «La gente joven dice que en un pueblo no hay nada. Pero yo voy de paseo, al cine y salgo de tapas, lo mismo que haría en una ciudad. No lo cambio por nada», recalca.
Algunos de los peregrinos que pasan por su tienda vuelven al cabo de un tiempo. «Hay muchísimos que llevan haciendo el Camino más de 20 años. Yo no me quedo con las caras pero hay cantidad de gente que repite y que viene porque te conoce», explica. Quizás la próxima vez que este itinerario turístico-espiritual recupere toda su fuerza, Paz ya no esté al pie del cañón. Su intención pasa por jubilarse pronto -«en abril, si me dejan»- y empezar a materializar otros planes, aunque nunca podrá dejar  de
Puede parecer que en el ínterin que tarda uno en pagar en la caja de un pequeño supermercado como este no hay tiempo para intimidar pero en la ruta jacobea cualquier rincón acaba siendo una especie de confesionario. A Paz le han contado promesas, rupturas sentimentales... Igualmente, se ha colado la covid-19 y sus consecuencias laborales, claro. Hace poco entró en la tienda un peregrino que estaba en ERTE. «‘Me he fogueado y estoy encantado’», le confesó a Paz. «Pero también hay mucho puterío, ¡tela!», recalca con una sonrisa pícara, para asegurar que se liga mucho en la ruta jacobea -al menos en los tiempos precoronavirus-. «Se lo pasan en grande», apostilla. ¿Ven como Paz está en todo?