Los rostros de Mauthausen

R.P.B.
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El Boletín Oficial del Estado ha publicado hoy la lista de españoles fallecidos en los campos de concentración nazis de Mauthausen y Gusen, en Austria. 28 de esos nombres son burgaleses. Pero también hubo quien sobrevivió y pudo contarlo

Los rostros de Mauthausen

Alrededor de 10.000 españoles sufrieron el horror de los campos de exterminio nazis. Mauthausen, en Austria, fue el que más acogió. En la semana en la que se está celebrando el 70 aniversario de su liberación, recordamos a los burgaleses que en él padecieron humillaciones, hambre, frío y muerte. La única lista oficial que existe de españoles que perdieron la vida en el matadero de Mauthausen o en campos anejos como el de Gusen eleva a 26 el número de burgaleses allí fallecidos.

 

SATURNINO NAVAZO: EL HOMBRE QUE SALVÓ LA VIDA POR EL FÚTBOL

Saturnino Navazo. Saturnino Navazo.

Cómo podía imaginar Saturnino Navazo cuando nació, lo hizo en Hinojar del Rey, que el fútbol le salvaría la vida. Había sido jugador profesional, militando en en el Deportivo Nacional, que en la década de los años 30 era el tercer equipo de Madrid. Convertido en el número, el 5.656, Saturnino Navazo tuvo la fortuna de contar con ciertos privilegios por sus dotes balompédicas: los nazis, qee eran muy futboleros, solían organizar partidillos con los reclusos. Y vieron en aquel tipo espigado, cetrino, de escaso pelo y frente despejada, a un artista con la pelota en los pies. Y al mejor manager para organizar los partidillos, por lo que le nombraron jefe del barracón en el que se hacinaban otro s doscientos compatriotas y le designaron ayudante de cocina.

Esa privilegiada posición permitió al burgalés ayudar a los españoles a sobrevivir, alejándolos del horno crematorio, puesto que sacaba comida a hurtadillas de la cocina para la famélica legión de presos de su barracón. Además, prohijó a Siegfried Meir, niño judío que llegó a Mauthausen procedente de Auschwitz. Meir siempre ha contado la paz que sintió al conocer al deportado burgalés, la mirada de ternura y compasión que éste le dirigió cuando se hizo cargo de él.

Cuando las tropas norteamericanas liberaron hace 70 años el campi, Saturnino Navazo protegió a Meir y se fue con él a Francia. A todos los oficiales norteamericanos les dijo que era su hijo.

Matías Arranz.Matías Arranz.

Establecidos en Revel, una localidad cercana a Tolouse, aún volvería Navazo a ganarse la vida jugando al fútbol en el equipo local, Union Sportive Revenoise. El burgalés se casó allí y tuvo cuatro hijos naturales. Meir permaneció a su lado hasta que decidió volar por su cuenta. Se ganó la vida como cantante, sastre y hostelero. Murió en 1986.

 

MATÍAS ARRANZ: SOBREVIVIÓ A MÁS DE 4 AÑOS DE INFIERNO

Elías González.Elías González.

Matías siempre decía a quien quisiera escucharlo: 'No dejéis de contarlo nunca. Recordadlo siempre. Que nadie olvide lo que allí sucedió. Que no se olvide algo así nunca'. Puede que este burgalés natural de Vadocondes fuera uno de los supe vivientes de Mauthausen y Gusen que más tiempo soportó la infamia: llegó hacinado en un tren el 27 de enero de 1941 y salió por su propio pie, famélico, el día 5 de mayo de 1945.

Siempre atribuyó el milagro de su longeva resistencia en el infierno a la fortuna, a una dolencia estomacal que le quitaba el hambre y a la capacidad de no pensar en los seres queridos, hecho que solía ablandar a los deportados. De su experiencia en aquel desagüe de la Humanidad siempre le quedaron grabadas en la memoria las torturas salvajes, las ejecuciones aleatorias y el intenso y desagradable olor de la carne humana quemada, así como la columna de humo negro vertical que vomitaba la chimenea del crematorio.

«De aquel infierno en el que todos los días morían veinte personas sólo se podía salir con voluntad y suerte», reconoció siempre el ribereño, que hace ahora diez años, con motivo del 60 aniversario de la liberación del campo, fue el deportado español que se dirigió a todas las autoridades y al mundo entero.

Alejandro Bermejo. Alejandro Bermejo.

Durante todos aquellos años, Matías trabajó doce horas al día, todos los días, en tareas de construcción: picos, palas, carretillas, con veinte grados bajo cero o con 40 grados sobre cero trabajaban como una noria levantando bloques para los oficiales, zanjas, molinos, granjas. «Si alguno daba muestras de flaqueza, un oficial cogía la herramienta y le remataba allí mismo».

Tras la liberación se estableció en Francia. Los últimos años de su vida los pasó en Palau de Vidre, cerca de Perpignan, a solas con sus recuerdos. Murió el 13 de agosto de 2008.

 

ELÍAS GONZÁLEZ: UN PADRE Y DOS HIJOS VÍCTIMAS DEL HORROR

Elías González, nacido en Estépar, dio con sus huesos en Mauthausen el 20 de agosto de 1940. Llegó en el llamado 'Convoy de los 927', el primero en transportar españoles al campo austríaco. No lo hizo solo: a l infierno llegó acompañado por sus dos hijos mayores, Elías y Luis (que es el que aparece en la fotografía de este reportaje). «Cuando entramos en el campo no sentía miedo, era todo muy rápido y confuso, no daba tiempo. Y más adelante tenía en la cabeza que íbamos a salir vivos, nada de que iba a morir allí...», relataría Luis años más tarde en el libro Vivos en el averno nazi . Elías padre aguantó apenas un año y medio: murió con 58 años, el 10 de febrero de 1942, según los archivos. Nadie sabe cómo. Tampoco llegaron a saberlo nunca sus hijos. «Solamente supe lo que me dijeron, que en Gusen estaba sentado, trabajando y marcaba las vagonetas que pasaban. Luego le quitaron de aquel puesto y lo reemplazaron por un polaco... Mal asunto...».

Los hermanos González formaron parte del llamado grupo Poschacher, formado por españoles que trabajaban en una cantera fuera del campo de exterminio. Hicieron más labores: trabajaron en la cocina, uno pelando patatas y el otro lavando marmitas. Luis contaría con mucho aplomo lo cerca que estuvo de acabar convertido en cenizas. Enfermo de tuberculosis, durante la visita a la enfermería de uno de los oficiales del campo, éste señaló al burgalés y pronunció estas escalofriantes palabras: 'horno crematorio'. Tuvo suerte: un medicamento le hizo recuperarse en poco tiempo y evitar una muerte segura. Contaría Luis anécdotas heladoras. Las torturas, el hambre, el frío de las duchas, el trabajo agotador, el día que un oficial les ofreció un gato para que se lo comieran a cambio de que le guardaran la piel del animal... Horrores sin fin...  

 

ALEJANDRO BERMEJO: EL PRESO QUE JAMÁS PERDIÓ LA ESPERANZA 

«He soñado años y años, siempre tengo pesadillas. Ahora mismo siento un nudo en la garganta, es muy duro. Me paso estos días llorando por todas partes, es el recuerdo de los compañeros. No sé, en realidad, por qué estoy vivo. No lo sé. La suerte que tengo. Todavía estoy alegre por haber pasado por aquí y estar vivo. Dime tú si no he tenido suerte. Muchos amigos no han podido contarlo». Con estas palabras se confesó el burgalés Alejandro Bermejo con el periodista y escritor Alfonso Domingo para su libro Historia de los españoles en la II Guerra Mundial durante la entrevista que ambos mantuvieron en el campo de Mauthausen en el año 2008.

Siempre reconoció que mantuvo hasta el final la esperanza -«siempre creí en salir de allí»- de recobrar la libertad, pese a su quebradiza salud. Le hicieron cuatro operaciones, le pincharon decenas de veces en el pecho; temió que, si no podía trabajar como los demás, acabaría saliendo por la chimenea del horno crematorio. «En el 41 y el 42 había muertos todos los días. Por la noche había muchos que no podían más y se arrojaban a la alambrada electr ificada para ter minar. Todas las mañanas veíamos a esos hombres achicharrados o rematados a tiros. Españoles, franceses, italianos, había de todo». Como Matías Arranz, pasó por el campo satélite de Gusen.

«Cuando llegué, me quedé paralizado de la impresión, no podía entrar. Esto es un campo de locos, pensé. No sabía si algún día podría salir de allí. No era un campo de concentración, era un campo de exter minación, como la cantera. Los muertos de la cantera los teníamos que subir aquí al campo para contarlos. Para que no faltara ninguno y saber que no se había escapado nadie», relató en el libro. Nunca olvidó Bermejo las lágrimas, la emoción y los gritos del día de la liberación. «Fue inolvidable».

* Este artículo se publicó en la edición impresa el 17 de mayo de 2015