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La dulzaina suena 16 meses después

I.L.H.
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Los miembros de la Escuela Municipal reconocen dolor de labios y agujetas tras casi año y medio sin ensayos con el sonido más tradicional. Los músicos participan el fin de semana en la Muestra de Folclore Burgalés

En la escuela hay 5 mujeres entre un centenar de hombres. María marca el ritmo a la dulzaina con el tambor. - Foto: Valdivielso

La dulzaina no permite tocar flojo ni con sordina y la resonancia que provoca hace que sea imposible practicar en casa salvo que no tengas vecinos cerca. Es un instrumento de viento que requiere soplar con mucha fuerza y eso implica que los temidos aerosoles salgan con cierto impulso, por lo que no tocaba en una pandemia. Así que los cerca de cien alumnos de la Escuela Municipal en sus dos sedes (centro y Caspicol) llevaban mudos desde marzo. Dieciséis meses sin la música de las jotas y pasacalles, sin ese sonido de la infancia asociado a las dianas de las fiestas de los pueblos, sin la música de romerías o los actos tradicionales de San Pedro. 

Hasta que el viernes pasado retomaron los ensayos en la iglesia del monasterio de San Juan. «Estábamos oxidados. El primer día me parecía que sonábamos fatal, que nos faltaba coordinación y encima nos duelen los labios de no haberlos ejercitados», señala Isabel, una de las cinco mujeres de la escuela. Una frase asociada a este tipo de instrumentos es, concretamente, la de «hacer morro», que es como se denomina al hecho de fortalecer la lengua y labios, algo imprescindible.

La dulzaina no es un instrumento sencillo. Cansa físicamente por el esfuerzo pulmonar que exige y requiere de cierta constancia para endurecer los labios. Por eso este paréntesis de 16 meses ha sido duro, también desde el punto de vista de lo que emocionalmente les aporta. «La dulzaina engancha. Es así. Está claro que no es un capricho porque una normalita te cuesta 1.800 euros», apunta Miguel Alonso, director y profesor de la escuela.

Precisamente por aprovechar la inversión la toca Isabel. «La culpa la tiene mi hijo. Oyó a Isidro -otro dulzainero- cómo la tocaba en Yudego, le compré el instrumento y después se marchó de Burgos por motivos laborales. Y antes de que se quedara cogiendo polvo, decidí tocarla yo». Llevado también por el oído se enganchó Enrique, que paseando por San Lorenzo escuchó a los alumnos de la Escuela y subió para apuntarse. Ángel, en cambio, quería imitar a su paisano de Los Balbases, que antes de cansarse él de soplar con tanta fuerza se cansaba la gente de bailar...

Cada uno llegó a la dulzaina por un motivo y algo tendrá cuando la mayoría lleva más de ocho años (algunos incluso dos décadas) formando parte de la escuela. Un centro que, por otro lado, está pasando sus apuros después de un año cerrado a cal y canto y acumulando retrasos en el pago de la subvención del Ayuntamiento, que les debe los 20.000 euros anuales de 2018 y 2019. «Hemos dejado de pagar la luz y el agua y el teléfono nos lo han cortado», asumen con resignación.

Es el lado negativo de una buena noticia como es la vuelta a los escenarios. Divididos en dos grupos, la Escuela Municipal de Dulzaina participa este fin de semana tocando pasacalles en la Muestra de Folclore Burgalés que se desarrolla en el patio del colegio Fernando de Rojas (a las 20 horas).