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Viaje de un pintor a la antigua Yugoslavia

ALMUDENA SANZ
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Europa del Este es una constante en la obra del burgalés Sebas Velasco, que se traslada asiduamente al territorio para empaparse de su arquitectura, sus gentes y su cultura

Sebas Velasco viaja con su cámara para hacer fotografías y vídeos con los que luego juega en sus obras. - Foto: Pelayo Álvarez Iglesias

Sebas Velasco no puede ocultar su fascinación por la antigua Yugoslavia. Su obra declara ese amor a los cuatro vientos. Los barrios cuajados de esa arquitectura brutalista, las fachadas cual colmenas de luz por la noche, los identificables rasgos de sus gentes. Cada una de esas pinturas traslada al espectador hasta esas ciudades. Y esa capacidad solo se consigue cuando se patean esas calles, se cruzan descampados, se sienta a la mesa de una taberna con los lugareños. El proceso creativo de un artista incluye trabajos de investigación, viajes inspiracionales, y el pintor burgalés acaba de regresar del último, emprendido con el claro objetivo de reencontrarse con su musa. 

«Al final, el entusiasmo por estos países de Europa central y oriental lleva tantos años desarrollándose en mí que se ha convertido en una especie de obsesión y lo es desde distintas facetas, una de ellas es que encuentro mucha inspiración estética: la atmósfera, la luz, la arquitectura, los materiales... Es una atracción muy visual», introduce y añade que este interés profesional se alimenta con el personal, que, aunque no aflora en su obra, permanece latente en ella y la enriquece.

Se recuerda siempre con curiosidad por la historia, política y cultura de estos países, que, además, advierte, ha dejado huella en su paisaje urbano. Esta vieja inquietud se ha afianzado con vínculos muy personales ya que su novia es de Polonia, y son habituales sus visitas a la familia, y, viaje a viaje, ha trabado amistad con colegas de toda la zona y, casualmente, algunos de sus amigos españoles se han afincado allí. 

Su primera exposición individual en Londres el pasado mes de octubre le empujó a ahondar en su archivo de fotos y vídeos de la antigua Yugoslavia. Su proceso creativo le lleva a tirar de este material, a jugar con unas y otras miradas, poner aquí y quitar allá en favor de la composición de la pintura final. Sintió una suerte de morriña. Hacía tiempo que no viajaba, la pandemia lo había complicado todo, y resolvió hacer las maletas. 

El 2 de octubre cogió un avión en Bilbao rumbo a Belgrado. Su viejo colega Nikola Mihajlovic sería su cicerone en la capital serbia. Hospitalidad mediterránea

Sus primeros pasos se dirigieron hacia Nuevo Belgrado, una suerte de barrio, casi una ciudad autónoma, que se desarrolló en los años 60, 70 y 80 para dar solución habitacional a quienes venían de los pueblos a trabajar. «Se concibió como una misión utópica con viviendas grandes, con soluciones arquitectónicas muy innovadoras para la época, muy brutalista, pero también con grandes espacios verdes, recovecos, comunicaciones entre edificios. A mí me parece espectacular», observa maravillado solo con el recuerdo, pese a que reconoce que ese lugar ideal sufre un progresivo descuido. Hasta esa degradación resulta inspiradora. «Sus farolas, que emiten luces azules, más frías, frente a las más amarillentas de España y del resto de Europa, me provocan un contraste cromático más potente, con los verdes de los espacios verdes, los grises del hormigón... Estéticamente es muy atractivo», se entusiasma en su evocación. 

Pateó sus calles, subió a las azoteas e incluso se alquiló un piso para observar esos edificios gigantes desde otra perspectiva y ampliar las vistas. Su memoria, personal y profesional, empezaba a acumular material. Las musas estaban de su parte y con ellas continuó la ruta. Próxima parada: Sarajevo. 

Antes de llegar a la capital de Bosnia Herzegovina, se detuvieron en la serbia Valjevo, una ciudad de provincias de estética y arquitectura interesantes, y Visegrad, la urbe que inspiró al Nobel Ivo Andric su novela El puente sobre el Drina

Una atmósfera gris los recibió en Sarajevo. Otra metrópoli que sabe de brutalismo. Brujuleó por sus calles, buscó los barrios que se escapan del tradicional recorrido turístico, se perdió entre viejos cacharros en un desguace -otro de los motivos que se repiten en su obra es el Yugo, mítico coche de la antigua Yugoslavia-, compartió charla con creadores del lugar, con los que además pudo practicar el serbocroata, que lleva tiempo aprendiendo, fotografió a personas con rasgos llamativos que en algún momento aparecerán en sus retratos... 

La estancia empezaba a tocar a su fin. Apenas había dibujado, solo en su cuaderno y como recuerdo personal. No podía regresar sin mancharse las manos. Y ya de vuelta a Belgrado, ya con Mihajlovic, hicieron una visita a otro colega en Indija, una pequeña ciudad serbia, donde se darían la satisfacción de pintar un mural entre amigos, uno de los placeres de este artista que desde el inicio de su carrera derribó la frontera entre arte de calle y de salón. Una pequeña construcción en medio de la nada se perfiló como ideal para dejar la impronta en un viaje muy pródigo. 

«Ahora estoy muy emocionado. Tengo muchas ganas de empezar a procesarlo todo. Siempre vengo muy entusiasmado, pero esta vez mucho más porque he ido con un objetivo muy claro de recoger documentación para mi trabajo», concluye y asegura que, aunque no descarta alguna estancia más larga, no contempla una mudanza definitiva. Toda Europa del Este le maravilla, pero cree que echaría pronto de menos a los compañeros con los que comparte estudio en San Sebastián y que no podría vivir mucho tiempo sin ver a sus amigos del Machado en Burgos