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Pañuelo al cuello y a disfrutar

A.B.
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El color rojo de la tela rodeó el busto de los mirandeses y de las estatuas más reconocidas de la ciudad, los Leones y los Sanjuaneros

Los voluntarios de Protección Civil colocando las telas sobre los leones. - Foto: Valdivielso

La clásica blusa de vivos colores, la faja y las blancas camisetas aguardan listas para el día grande de San Juan del Monte, mañana. Sin embargo, ayer Miranda ya comenzó a ataviarse con una de sus tradicionales vestimentas: el pañuelo. El color rojo de la tela rodeó los cuellos de las personalidades de la ciudad, de los sanjuaneros -mayores e infantiles- y de los miembros de la Cofradía. Pero no solo eso. Las estatuas más icónicas del municipio también calentaron motores para lo que les espera en las jornadas próximas.

La tradicional imposición de los  pañuelos comenzó en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, bajo un calor abrasador. Decenas de personas se agolparon de pie, sobre los asientos y alrededor del hemiciclo. En esa solemne sala hubo una mezcla de emociones. Eso sí, todas positivas. Resulta difícil poner rostro a un acto en el que los protagonistas, por variados que fueran, se resumían en uno, las Fiestas de San Juan del Monte. Las palabras que unieron a todos, tras recibir sus telas rojas, fueron expuestas tanto por Álvaro de Gracia, presidente de la Cofradía, como por Aitana Hernando, alcaldesa de la ciudad. «Vivan las Fiestas de San Juan del Monte, viva Miranda», dijeron, justo antes de que la estancia rompiera en aplausos.

Al margen del elemento fundamental del evento, algunos afortunados también se llevaron otro pequeño premio. Se entregó una trabajada estatuilla del Ermitaño, con su capucha, bastón y barba tallados en un metal resplandeciente. Tanto los pregoneros de este curso, Esteban Espinosa y el PaschalMorgaru, como los de 2020 recibieron este especial obsequio. Además, una de las cinco piezas cayó en manos de la familia de Ana María Diego Mateo, una de las compañeras de la junta directiva de la Cofradía, tristemente fallecida hace dos años.

Poco después, tras el bonito pregón en la Plaza de España, se dio inicio al paseíllo sanjuanero. En mitad de ambas actividades, los gigantes y cabezudos bailaron al son de la Banda de Música.

Precisamente, los virtuosos artistas amenizaron la travesía hasta el río Ebro. Allí, aguardaban otros pañuelos rojos de unas dimensiones mucho mayores a los que portaban los mirandeses.

De esa manera, le llegó el turno a los  leones del Puente de Carlos III. Para evitar sustos, los voluntarios de Protección Civil se encargaron de colocar alrededor de las estatuas las grandes telas estampadas con el cartel de esta edición. Bajo la atenta mirada de decenas de mirandeses, los guardianes del Ebro recibieron las insignias y allí se quedaron, esperando, conteniendo la emoción de ver a cientos de ciudadanos disfrutar de un ambiente maravilloso.

El recorrido continuó, como no podía ser de otra manera, hacia el núcleo urbano del municipio. Apenas a 200 metros del Ebro, los sanjuaneros de metal, la pareja indisoluble de Miranda, yacían erguidos. Sobre sus bustos se les colocó un año más, como al resto de figuras insignes, sus pañuelos.

El rojo pasión nunca pudo quedar mejor en un acto. La vivacidad de las calles de Miranda necesitaba un color a juego con el sentimiento de su gente hacia las Fiestas. Amor y devoción por la tradición, y por el ocio intergeneracional, reinaron en la ciudad. Y vuelven a hacerlo hoy, mañana y, así, sucesivamente. Hasta el martes.